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Que Xi Jinping haya advertido a Biden de que «quien juega con fuego se quema» no es una bravuconada

Joe Biden, con Xi Jinping, en una cumbre virtual en 2021.
Joe Biden, con Xi Jinping, en una cumbre virtual en 2021.EFE

La visita a Taiwan de Nancy Pelosi, presidenta del Congreso de EEUU, ha sido desaconsejada por el Departamento de Estado, la CIA y los Jefes del Estado Mayor del ejército de EEUU. Su mensaje ha sido claro: con una guerra en Ucrania y con la diplomacia estadounidense haciendo un esfuerzo extraordinario para que Pekín no ayude a Moscú a zafarse de las sanciones occidentales y reponer sus maltrechos arsenales, alimentar una escalada de tensión en la región dista de ser una buena idea.

Que Xi Jinping haya advertido a Biden, literalmente, de que «quien juega con fuego se quema» no es una bravuconada. Xi está en un momento crucial. Aspira a conseguir su reelección para un tercer mandato al frente de China. Ese tercer mandato representa una suerte de golpe de Estado blando, pues rompe con una tradición de liderazgos rotatorios acotados a 10 años destinados a evitar la emergencia de un dictador que acumule todo el poder. Xi lleva años preparando el Congreso de este otoño que habrá de avalar su jugada colocando sus peones al frente del partido y las principales regiones del país (también purgando o debilitando a sus principales rivales). Ha tropezado con una pandemia que ha gestionado de forma brutal (aunque eficaz) en primera instancia pero que ahora ha chocado con la evidencia del fracaso de su sistema científico y sanitario (sus vacunas no valen y su sistema de salud no podría gestionar los contagios). A lo que hay que sumar una gran crisis de deuda hipotecaria y bancaria que podría estallar en cualquier momento. Lo último que necesita Xi es parecer débil. Y Pelosi se lo pone en bandeja. De ahí las maniobras militares anunciadas por Pekín, cuyo objeto es hacer visible lo fácil que sería para China bloquear navalmente Taiwan y con ello estrangular un poco más la economía mundial y las cadenas de suministros de componentes críticos como los microchips.

Un buen puñado de historiadores y expertos en relaciones internacionales consideran que EEUU y China están condenados a enfrentarse militarmente. Arguyen que solo cuatro de las 16 transiciones de poder entre grandes potencias habidas a lo largo de la historia han sido pacíficas (entre EEUU y el Reino Unido, por ejemplo). Es una tesis discutida y discutible. En cualquier caso, no hace falta ser un determinista para darse cuenta de que la separación de poderes (en Washington con Pelosi actuando por su cuenta y en Pekín con Xi intentando acumularlos todos) puede ser la chispa que prenda una guerra.

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