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El juguete morado

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Es un niño encerrado con un solo muñeco, y prefiere romperlo antes de que la lista de la clase lo peine a su manera

El juguete morado
MARISCALEFE

Empieza a cundir el convencimiento de que Pablo Iglesias se cortó la coleta para que no le estorbara el manejo del piolet. Cuando renunció al escaño a la vez que a la cabellera todos pensamos en los arquetipos del indio o del torero: imágenes del fin, de descabello o retirada. Pero Iglesias, en un claro ejemplo de maskirovka soviética, se estaba yendo para quedarse. Quería el poder sin sus horarios, consciente de lo difícil que resulta conciliar la responsabilidad de un cargo electo con la ingesta masiva de series de televisión. A medida que su melena sansoniana se extinguía, la de Yolanda Díaz ganaba volumen y brillo. Demasiado brillo, concluyó pronto su arrepentido mentor. En el campamento preelectoral de Galapagar aún conocido como Unidas Podemos ha sonado el grito de guerra, y en la mejor tradición de la extrema izquierda se trata naturalmente de una guerra civil.https://omny.fm/shows/el-mundo-al-dia/iglesias-vs-yolanda-d-az-claves-de-una-guerra/embed

Lo que iba a ser un frente amplio se ha quedado en frente a secas, frentismo de piolet sobre la nuca de Díaz, que confiaba en heredar la finca ubicada a la izquierda del PSOE tras la desbandada de mayo, cuando la facturación municipal y autonómica de Podemos parezca una carretera de Arizona a mediodía, atravesada únicamente por la silla de Echenique. Contra ese horizonte desierto se perfilaría el liderazgo solitario de la vicepresidenta. Pero la menguante herencia roja está muy disputada, porque no solo el patriarca morado se resiste a asumir su otoño sino que Sánchez se erige en azote del BCE en plan Tsipras de Pozuelo. Uno le encabrona el partido y otro le arrebata el programa, y así no hay manera de que el yolandismo cobre realidad de movimiento fuera de cuatro tuiteros de Malasaña. De momento la operación que mejor identifica a Sumar es la resta.

Hubo un tiempo, queridos niños, en que Podemos podía. Uno no cree en el horóscopo ni en la encarnaciones individuales de la voluntad popular, pero él colocaba su chatarra por los platós que ahora detesta y que le hicieron más rico y famoso de lo que prometía un destino de profesor asociado. Lo fascinante no es que de profesor llegara a vicepresidente sino que haya decrecido hacia lo escolar: hacia la revolución de asamblea. Su biografía no es lineal como los ríos de Manrique, sino capicúa. El español nace, crece, va de rojo, se enamora, trabaja, procrea y acaba defendiendo la propiedad privada y la moderación fiscal. Pero Pablo no solo no ha culminado su proceso de madurez sino que quiere impedir a Yolanda que madure. Es un niño encerrado con un solo muñeco, y prefiere romperlo antes de que la lista de la clase lo peine a su manera