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Manolete, esqueleto inmutable del toreo

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  • ZABALA DE LA SERNA

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Manolete espera en el patio de cuadrillas de una plaza de toros.
Manolete espera en el patio de cuadrillas de una plaza de toros.EFE

«¡Qué ganas tengo de que llegue octubre!». Los ojos lacónicos y agotados de Manolete reflejan sus palabras de amarga victoria en aquel verano del 47. El pueblo necesita dioses y estraperlistas para olvidar la hambruna y las heridas supurantes de la posguerra, y encuentra en él la grieta del muro de las lamentaciones. La calle tira de colchones para empeñar el sueño por una entrada. Una España negra y devastada enloquece con el aura, la personalidad y el nuevo toreo de Manuel Rodríguez, la enhiesta verticalidad del ciprés, la hierática ligazón, la revolución sobre la cual la arquitectura de la tauromaquia moderna da otro giro de tuerca más allá de Belmonte. No estudiarán los niños en las escuelas quién fue aquel torero de Córdoba pintado por El Greco, que hace 75 años murió y resucitó en Linares entre las astas ciegas de un miura, el hombre que aun sin aliento no renunció un milímetro a la verdad y la estocada: Fiel a ti mismo, de perfil te veo./ Como ya te verás eternamente,/ esqueleto inmutable del toreo.

Hasta aquella tarde del 28 de agosto, madrugada hemorrágica del 29, persiguen a Manolete los fantasmas del sanedrín de la pureza y el clasicismo que lo condenaba por la imposición sistemática del afeitado -seguro que les suena-, del toro chico -el que sobrevive a la destrucción de la guerra incivil-, de poner el toreo de perfil, esquemático de suertes -«un torero corto», decían-, del incremento del precio de las entradas y del veto a Luis Miguel Dominguín, testigo mudo de la tragedia.

«Manuel se ha metido en un callejón sin salida», profetizó Pepe Luis Vázquez, espejo de la ortodoxia, la naturalidad y la filigrana sevillana, el torero que más torea -la rivalidad no existió, por imposible- con el estoico tsunami que barrió España desde el año 40 al 47, vaciando de vida su mirada.

Y la guinda de la leyenda, el amor proscrito. Lupe Sino lo deseaba antes de conocerlo. «Yo me vuelvo loca cuando torea. Mire, en la corrida de Beneficencia (…) no pude contenerme y grité: ‘Eres lo más grande del mundo’. Me miró, me dio las gracias, muy atento pero sin sonreír. ¡Ah, si Manolete sonriera!», confesaba al semanario Dígame en 1943 la actriz leve, chica de Chicote. Todavía no había nacido el amor maldito, el romance en huida, el escándalo moralista, el acoso de los santones protectores de la reserva espiritual, del espíritu y la fortuna del mito. La frenaron en la puerta de la enfermería de Linares cuando la mano de Manolete ya caía, fría y afilada.