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La sequía recrudece la ‘guerra del agua’: «Prefieren tirarla al mar que traerla al Levante»

LOS PROBLEMAS QUE NO ARREGLA LA POLÍTICA (IV)

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Actualizado Jueves, 25 agosto 2022 – 

La instrumentalización política de la necesidad de conjugar agricultura y medio ambiente en medio de la peor sequía europea en 500 años

Felipe Marcos y Reme Mateo recorren sus campos en Abanilla (Murcia).
Felipe Marcos y Reme Mateo recorren sus campos en Abanilla (Murcia).SONIA MUÑOZARABA PRESS

Faltan tres meses para recoger sus limones ecológicos, pero Felipe Marcos Reme Mateo recorren sus bancales en Abanilla (Murcia), casi 40 hectáreas que producirán un millón de kilos y una facturación de 700.000 euros. Muchos de ellos los plantaron hace cinco años, «el tiempo que necesita un limonero para dar buen fruto», explica Felipe, que ha ido ampliando aquellas cuatro hectáreas que heredó de su padre, con quien se ve compartiendo la misma preocupación de siempre: el agua. Es el eterno quebradero de cabeza de los agricultores, especialmente los de la cuenca mediterránea, donde las condiciones climatológicas son tan ideales para el cultivo que la han convertido en la huerta de Europa, pero donde la principal materia prima de la que se nutren no está garantizada. No hay nadie que les asegure si tendrán agua suficiente y asequible para producir. Menos aún en el peor contexto de sequía en Europa desde hace 500 años.

La instrumentalización política de la gestión de los recursos hídricos no ha hecho más que generar un «problema perverso» que enfrenta visiones e intereses contrapuestos entre territorios sin que haya una solución a la vista.

Felipe Marcos es el presidente de la Comunidad de Regantes La Santa Cruz de Abanilla, cuya única fuente de agua es la que les llega del trasvase Tajo-Segura. El abastecimiento por el canal hizo cambiar los almendros, olivos y la cebada de secano por frutales. «Ni tenemos pozos ni acceso a aguas depuradas ni conexión con la desaladora de Torrevieja. Si nos cortan el trasvase, desaparecemos», advierte. Ése es el camino que ven con mucha preocupación, tanto que han invertido 2,5 millones de euros en la construcción de dos grandes balsas para acumular medio millón de hectómetros cúbicos. «No tenemos ninguna seguridad. Estamos otra vez con el miedo por el agua», admite Reme.

El recién aprobado Plan del Tajo incluye un incremento de los caudales del río en su cabecera, lo que recortará el volumen que llega al Segura. El Ministerio de Transición Ecológica les aboca para compensar el déficit a la compra de agua desalada y a pagar en lugar de 0,12 céntimos/m3 trasvasado a 0,48 céntimos. «Y eso en tarifa bonificada, que sin ella se multiplica», asegura. No consideran estos regantes que sea una opción viable, como tampoco que tengan que pagar más por el agua que otros agricultores del país. «Así es muy fácil pedirnos que desalemos. Que pongan el mismo precio del agua en todo país, verías cómo la percepción cambiaba», advierte.

Su tono se eleva cuando se habla de la falta de soluciones y la escasez del recurso. «¿Que no hay agua? Lo que prefieren es tirarla al mar. La que se nos niega acaba en Portugal y a nosotros nos dicen que desalemos. Todo un despropósito. Si hay que redotar la cabecera del Tajo, que lo hagan invirtiendo en infraestructuras para distribuir el agua, como hicieron los romanos con los acueductos. Lo que no podemos es dejar perder riqueza y puestos de trabajo. ¿Alguien ha pensado en cómo se van a poner los precios de los productos hortofrutícolas si desaparecen explotaciones por falta de agua?», se pregunta Felipe, que insiste en que China está canalizando agua «para convertir una zona desértica del tamaño de Chile en un vergel. Pero aquí hay que acabar con el trasvase», insiste.

La falta de agua no solo afecta a los riegos de Levante, sino también a la corona de Doñana, la Tierra de Barros extremeña o el Alto Guadiana. Aunque el ruido político es menor, también hay voces que apuntan en una misma dirección: la necesidad de redimensionar el regadío.

ENCARECIMIENTO DE ALIMENTOS

Eso es algo de lo que los regantes no quieren ni oír hablar. «Lo más fácil es siempre echarle la culpa al agricultor», reflexiona Felipe entre el lamento y el enfado. Su tono vuelve a subir por el convencimiento con que expresa esta sentencia: «Igual que no es solución cerrar polígonos industriales para bajar consumo energético, tampoco lo es reducir el regadío. Este país tiene recursos naturales suficientes, solo hay que invertir en aprovecharlos para generar riqueza y trabajo. De otra manera vamos a miseria y al encarecimiento de alimentos».

Con la misma pasión se defiende en otros lares la necesidad de proteger su agua, «que tiene un componente emocional e identitario, no solo económico o técnico». Lo dice Nuria Hernández-Mora, cofundadora de la Fundación Nueva Cultura del Agua, que advierte de que la gestión hídrica en determinadas cuencas se ha convertido en un «problema perverso e instrumentalizado políticamente». «En Murcia o Alicante se han construido mayorías absolutas en torno a esta ‘guerra del agua’, como en Castilla-La Mancha, donde se mantiene la incoherencia de pedir el fin del Tajo-Segura mientras se trasvasa del mismo Tajo al Guadiana, se ha construido la tubería para abastecer a La Mancha Oriental o se ha puesto en peligro el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel por priorizar el sector agrario», asegura esta investigadora y analista de políticas de agua.

Para Hernández-Mora hay una necesidad de transparencia. «Tiene que haber corresponsabilidad entre el Ministerio y las autonomías para aceptar que no hay agua para todo ni para todos. Es una evidencia. El 10% que requiere el abastecimiento está garantizado, pero los usos económicos basados en el paradigma hidráulico del siglo XX de que el agua es un factor de desarrollo tienen que tener límites», asegura.

Desde su punto de vista, el problema es el crecimiento exponencial de la demanda de agua, que supera con mucho a los recursos «y que, en un escenario de cambio climático, lo que se espera es que se reduzca». Esa demanda surge de dos usuarios: el sector agrícola y el hidroeléctrico, que han creado la llamada «comunidad política del agua», de que venido nutriendo las distintas posiciones partidistas. «Esta situación solo cambiará cuando no se niegue la evidencia. Ningún político puede hacer la estrategia del avestruz, porque puede verse ante una prevaricación en el futuro. Enfrentarse al discurso hegemónico tiene un coste político que deben asumir», asegura.

Parte de ese coste, en opinión de la experta, pasa por advertir de la necesidad de «reconversión del sector agrario»: «Las reivindicaciones de los agricultores son correctas, pero deberían exigir también a sus comunidades de regantes y a los gobernantes que empiecen a mantener diálogos honestos y con base científica para que trabajar en cómo garantizar su futuro y el de sus hijos. No es un tema de un partido político, Castilla-La Mancha o los ecologistas, es que el trasvase Tajo-Segura, por ejemplo, tiene los días contados porque las aportaciones hídricas están bajando por el cambio climático. Es una evidencia».

Hernández-Mora es consciente de que el agua del trasvase no se compensa con desalación, «porque la demanda sigue estando un 30% por encima». «Es una alternativa que los agricultores rechazan por precio, pero las agroempresas lo pueden pagar. Otra cosa son los pequeños, y entonces habría que hacer un análisis serio de rentabilidad por hectárea». A las dos visiones de Felipe Marco y Nuria Hernández-Mora, distantes entre sí y ejemplo perfecto de la dificultad de soluciones, se suma la de Borja Montaño, doctor en Economía, investigador del Instituto del Agua y Ciencias Ambientales de la Universidad de Alicante.

REDISTRIBUCIÓN DEL AGUA

Para este especialista en economía de los recursos naturales, el primer paso es articular una visión nacional de la gestión de agua, «redistribuyendo el agua entre cuencas, como se hace en otros países, y dejando de lado las guerras regionales y la polémica irritante». Desde ahí se puede articular, en su opinión, una postura intermedia basada en la combinación de recursos del trasvase y la desalación. «En el caso del Tajo-Segura es una infraestructura hecha y muy eficiente, que puede complementarse con la optimización de las desaladoras, que tendrían que abastecerse con energías renovables para abaratar con tecnología el sobrecoste de producción y reducir la contaminación», describe.

Recuerda Moñano que hay una investigación en marcha para cubrir con paneles solares zonas del propio trasvase, de manera que se evite la evaporación y se produzca energía limpia utilizada por las comunidades locales o para el bombeo del agua hacia las zonas de regadío. La optimización de cada gota de agua es absoluta en la cuenca del Segura, pero aún hay experiencias de combinación de recursos hídricos para la agricultura donde tienen la lupa puesta. «En Arabia están desalando con energía solar y el metro cúbico cuesta 0, 30 céntimos de dólar. En Israel están llevando agua del Mar de Galilea a todo el país y en Singapur están apostando por el proyecto New Water de depuración profunda en cuatro etapas de las aguas residuales», relata.

Por eso no ve tan inevitable la necesidad de una reconversión del regadío. «No tengo claro que se tenga que llegar a eso mientras haya tecnología, aunque requiera una inversión a largo plazo, que pueda optimizar cada gota de agua. El nutririego que se aplica en Israel es ultraeficiente y permite hasta cultivar en el desierto», asegura antes de apuntar una reflexión clave: «Quizá como país no interese perder un sector verdaderamente competitivo como el agrícola mediterráneo». Las sucesivas decisiones políticas desde 1978 no han hecho más que alimentar posturas enfrentadas sin que se haya generado un consenso de Estado para la gestión del agua justo cuando empieza a ser un bien escaso y preciado.

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