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Actualizado Martes, 16 agosto 2022

Cinco años después del atentado de Las Ramblas, éste ha quedado en el olvido, como si hubiera sido una anécdota y no la consecuencia de la penetración del salafismo en España

Ofrenda política de 2020 por el atentado de Las Ramblas.
Ofrenda política de 2020 por el atentado de Las Ramblas.EFE

El 17 de agosto de hace cinco años el mismo integrismo que ha apuñalado a Rushdie atentó en Las Ramblas de Barcelona, provocando dieciséis muertos y 131 heridos. Otro de los muchos ataques terroristas en nombre de Mahoma a los que en Occidente nos hemos ido acostumbrado hasta asumirlos como un fenómeno atmosférico inevitable y, por lo tanto, que forman parte de nuestra cotidianidad más desagradable, como la sociedad vasca hizo con la violencia de ETA. Principalmente, por la superstición de creer que mirando hacia el lado opuesto de donde corre la sangre se evita acabar salpicado, así como por el complejo de asumir que el islam, «la forma más tóxica adoptada por una religión», apuntó Hitchens, hasta que no demuestre lo contrario es incompatible con la democracia liberal. En tanto que desprecia uno de sus pilares: la libertad individual. Empezando por la de las mujeres.

Así pues, pasados cinco años del crimen cometido por un grupo de jóvenes musulmanes de Ripoll, catalanohablantes como la Generalitat manda, éste ha quedado en el olvido, como si hubiera sido una anécdota y no la consecuencia de la penetración del salafismo en España. Una indiferencia que ha permitido al nacionalismo catalán secuestrar el relato en torno a lo ocurrido para seguir acusando «al Estado» de haberlo propiciado y/o permitido para abortar el procés. Una infame teoría de la conspiración, sostenida en la idea de que el imán de Ripoll habría actuado en comandita con el CNI, que el Gobierno de Puigdemont, preocupado por las consecuencias que aquella tragedia tendría en sus planes secesionistas, soltó como sucio rumor a las pocas horas, y que posteriormente el abogado y dirigente de JxCat Cuevillas introdujo en el juicio del 17-A.

Un embuste en el que ha contribuido devotamente Roures, palanca premium de Laporta, y sus medios y programas. Por ejemplo, regalando a Villarejo el prime time sabatino en TV3 para insistir en la participación del CNI o con la teledirigida entrevista que Público ha hecho al ex consejero del Interior, Joaquim Forn, conocido por sus escasas luces y sus muchos fracasos: falló en 1992 en el boicot a la inauguración de los Juegos Olímpicos y lo hizo en otoño de 2017 en el intento de poner a los Mossos al entero servicio del golpe. «Del atentado hay muchas cosas que todavía no sabemos, sobre todo por parte del Estado», insiste Forn, incapaz de entender, claro, que la esencia del fanatismo que él profesa no está tan lejos del integrismo de los chicos de Alá. Patria, Dios o viceversa.

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