Alfaz del Pi

Desnudos que cambiaron el cine.-‘La trastienda’, Cantudo y el espejo de España

Jorge Grau convirtió de forma involuntaria una ácida crítica a la hipocresía social española en la bandera del destape que vendría

María José Cantudo en la escena de 'La trastienda'.
María José Cantudo en la escena de ‘La trastienda’.

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  • LUIS MARTÍNEZ

Actualizado Martes, 9 agosto 2022

«Se prohibirá el desnudo, si no está exigido por la unidad total del film, cuando se presente con intención de despertar pasiones en el espectador normal o incida en la pornografía». Así rezaba la norma recién aprobada en febrero de 1975 y que sustituía el viejo reglamento de 1963. Un año después, muerto el dictador, en febrero de 1976 se estrenaba La trastienda, de Jorge Grau. Y en ella, en mitad de esta fábula moral entregada a hacer diana en la hipocresía social de una Pamplona ahogada por el Opus dei y convertida en símbolo de todo el país, un desnudo. El gran desnudo. El primero de todos los que vendrían.

María José Cantudo, en el papel de la enfermera enamorada de su adorado y azorado médico, avanza a oscuras por un apartamento al que se adivinan las formas recargadas y perezosas de, efectivamente, una vida en permanente recorte energético. Sin luz. La cámara le sigue. Se quita la camisa. Luego, todo lo demás. Primer plano de la mano que enciende la luz. Primer plano del rostro en el momento preciso que muerde una manzana. Los ojos sorprendidos de la actriz miran al fondo, contemplan su propia imagen reflejada en un espejo. Ella. Desnuda.

Jorge Grau planificó el momento, que al poco se descubriría decisivo, como si de una secuencia de terror se tratara. No en balde venía de dirigir Ceremonia sangrienta y No profanar el sueño de los muertos. Cantudo mira su imagen reflejada con el mismo estupor con el que probablemente Narciso se vio a sí mismo sobre la superficie del agua. En contra de la lectura clásica del mito que condena al joven a enamorarse de sí mismo, lo que en verdad sorprende al vanidoso efebo no es tanto su simple y evidente belleza como el horror de verse convertido en otro. Su reflejo le confunde como una parte, un simple elemento más, del mundo. El yo es, en verdad, otro. De golpe, una simple imagen reduce el reino inexpugnable de la mismidad, de lo único, en el espanto de lo anónimo, de lo banal, de lo corriente. Cantudo se contempla como Eva, libre y desnuda, y todo cambia. La realidad es otra. España entera en ese preciso momento era ya distinta. O pretendía serlo.

Injustamente tratada como la precursora del rancio destape, La trastienda aspiraba a mucho más. Y es mucho más. Su director había sido reducido y castigado a la serie B tras ser despedido como primera firma de Tuset Street por su pelea con la diva Sara Montiel y buscaba el momento de regresar a sí mismo y sus obsesiones. En la historia de un triángulo amoroso entre el doctor, la sanitaria y su mujer, Jorge Grau vio la oportunidad de volver a su tema preferido: el de una sociedad -la nuestra- condenada por culpa de sus secretos, sus olvidos culpables, sus mentiras, sus profundas infidelidades. A eso alude con poca trabajada sutileza el título. La película mezcla el verismo de unas imágenes capturadas como si de un documental se tratara en plenas fiestas de San Fermín con los modales rigurosos y hasta rígidos de un docudrama agobiante. El resultado es una película tan perfectamente incómoda, tan certera en sus dudas, tan cruda en su escabrosidad, que bien puede ser considerada ella misma uno de los primeros desnudos a los que se arrojó el cine español.

Pero la España de entonces no estaba para tanta sutileza. La película, que recaudó la cifra récord de 186 millones de aquellas pesetas convirtiéndose en la más vista desde El último cuplé, pronto se convirtió en la medida de todas las cosas, en la aspiración de todos los deseos y en el principio -para bien, mal o regular- de todo lo demás. Y no por la voluntad de implosión y denuncia que esconde el argumento sino por Cantudo, por la piel desnuda de Cantudo mientras se mira en el espejo. Se miraba ella y quién sabe si no lo hacía con ella un país entero.

Recuérdese, hablamos de un tiempo en el que aún resonaban las palabras de Pío XI sobre el cine («El cine, lejos de exigir un esfuerzo de abstracción o de raciocinio, que las masas incultas serían incapaces de realizar o que rehusarían imponerse, se contenta con agradar a los sentidos, procurando, asimismo, al espíritu un placer extremo»). Hablamos de una España machista y reprimida en la que, como recordaba José Vanaclocha en el número especial que la revista Triunfo dedicó al por fuerza escabroso cine erótico español en agosto de 1975, todo lo que se había visto eran «los castos amores imperiales, el escote de Sara Montiel, las piernas de Carmen Sevilla, la espalda de Analía Gadé, el trasero de Ana Belén y el busto de Amparo Muñoz». Y así.

El espejo en la historia del cine ha sido algo más que una simple herramienta para ampliar la mirada. En cintas como Vértigo, de Alfred Hitchcock, o La dama de Shanghai, de Orson Welles, es la barrera que separa la realidad de la ficción; en Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, es el espacio del deseo; en Carretera perdida, de David Lynch, la puerta abierta al abismo de la muerte; en El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais, la representación perfecta de un pasado que se filtra en el presente; en Taxi driver, de Martin Scorsese, o Imitación a la vida, de Douglas Sirk, el lugar del reconocimiento radical de uno mismo… En La trastienda es, si se quiere, todo a la vez. El personaje de Cantudo se ve a sí misma y ahí reconoce tanto el absurdo del mundo como la naturalidad de su piel sin lograr evitar que el pasado de represión se filtre en la memoria como la más cruel de las ficciones perfectamente reales y presentes. Y luego esté el simple y puro deseo. Todo a través de un espejo en el que, a su modo, también se vio un país entero.