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Los ucranianos que huyeron a territorio enemigo: «Nadie pidió a Rusia que nos salvase»

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  • XAVIER COLÁS

Tras bombardear Mariupol, Rusia ha sacado de Ucrania a cientos de miles de civiles tras interrogarlos y ‘filtrarlos’. Algunos escapan del enemigo cruzando a pie la frontera con Estonia

Yulia (d) y Alina (i), madre e hija, de Mariupol, en el centro de refugiados de Narva (Estonia) tras salir de Rusia.
Yulia (d) y Alina (i), madre e hija, de Mariupol, en el centro de refugiados de Narva (Estonia) tras salir de Rusia.XAVIER COLÁS

«Mis últimos días en Mariupol transcurrieron de la misma manera que el último mes: sin teléfono, no había agua, ni electricidad, ni gas. Ni una sola tienda funcionaba. Los proyectiles impactaron repetidamente contra mi apartamento y no quedó nada de él. Y un día, cuando salí a la calle y vi una ciudad completamente destruida y quemada, me di cuenta de que no tenía sentido quedarme en ella». Con los soldados rusos a las puertas, Igor afrontó la elección más difícil: morir en tu ciudad o huir al país enemigo. Igual que han hecho más de dos millones de refugiados ucranianos, Igor escogió la segunda opción: fue a la boca del lobo.

Tras entrar en Rusia, algunos desplazados acaban en remotos campos de ‘acogida’ en la parte oriental de Rusia. Los medios de comunicación rusos lo venden como una operación humanitaria para gente que «huye del nazismo». Pero la realidad es bien distinta.

Sin apenas medios ni documentación y con el espacio aéreo al oeste cerrado, cientos de refugiados ucranianos emprenden estos días un segundo éxodo: la aventura de abandonar Rusia saliendo por tierra hacia un país europeo. EL MUNDO encuentra en el lado estonio de la frontera rusa a varios de los recién llegados. Su segunda huida tras escapar de la guerra.

Igor era cocinero en un restaurante de Mariupol. En su teléfono conserva fotos del antes y el después: «Esto es lo que quedó del lugar después de que el ‘Ruski Mir’ [un término para definir la civilización rusa] llegase a Mariupol«. En ese último vistazo solo hay escombros. Los muertos se acumulaban en las calles, comidos poco a poco por perros e, incluso, gatos. Los vivos salían de su agujero solo para buscar agua.

La ciudad en su conjunto fue triturada en menos de un mes. «Había explosiones a mi alrededor, era como estar dentro de una película de Bruce Willis, y escapé gracias a no tener tatuajes», cuenta Alexander, otros de esos hombres ucranianos en edad de combatir que huyeron hacia el país enemigo. Salió en bicicleta entre explosiones y hierros chamuscados.

Antes de entrar en Rusia, la mayoría tiene que pasar por el duro proceso de los campos de filtración cerca de la frontera. «Me desnudaron, buscaban tatuajes, símbolos nacionalistas, cicatrices de guerra, muestras de haber empuñado un arma», cuenta Alexander, rubio, fuerte, algo fatalista, también de Mariupol. Se siente ucraniano, pero no tiene ganas de aprender el idioma.

Fue interrogado en la localidad de Bezimene, ocupada por los separatistas controlados por Rusia desde 2014. Allí el censo de 2001 mostraba un 53% de hablantes de ucraniano frente a un 45% de ruso, pero la guerra ha eliminado cualquier matiz. Se habla ruso y circula el rublo. La artillería ucraniana ha causado víctimas allí recientemente, y los vínculos con Kiev están rotos.

Otras veces, la ‘purificación’ se lleva a cabo en la misma ‘frontera’, un coladero de armas que, desde hace ocho años, conecta a Rusia con sus ‘repúblicas’ satélite, Donetsk y Lugansk. «Tras desvestirme, inspeccionaron mi teléfono, miraron mis redes sociales y mis fotos», completa Igor. Tanto él como Alexander recuerdan que en los interrogatorios les preguntaron su opinión sobre la guerra y el gobierno ucraniano. Como no tenía conocidos militares, Igor superó «más o menos fácilmente» la filtración, «aunque hubo casos en que a otros se los llevaron a no sé dónde y los mantienen allí durante meses; los golpean y los intercambian por soldados rusos».

Una vez en Rusia, algunos desplazados cuentan que pudieron quedarse en casas de amigos y familiares. El idioma y los contactos son un punto a favor para la mayoría. Para otros, es difícil encajar allí con una guerra en marcha. Callar, agachar la cabeza y dar las gracias para seguir conviviendo. «Los rusos nos miraban mal», recuerda Yulia, acogida en Sochi. Su hija acudió a la escuela local una temporada: «Allí me di cuenta de que mis compañeros de clase no se habían enterado de nada viendo la tele rusa, un chico decía que su padre estaba en Ucrania sirviendo en el ejército ruso para salvar a los niños ucranianos, el resto solo se preguntaban por qué McDonald’s ha salido de Rusia y cuándo van a volver», recuerda Alina, de 16 años.

Yulia no culpa a sus compatriotas que han decidido quedarse en Ucrania. «La gente en Mariupol estaba en pánico, se hubiesen ido a la Luna si alguien se lo propone». El gobierno ruso les promete, además, una ayuda de unos 170 euros -que no siempre llega-, pero a la vez se les pide que firmen documentos que incriminan al gobierno y al ejército ucranianos. En algunos casos temen regresar a Ucrania y ser acusados de traidores.

En Rusia la gente esperaba que les agradeciesen haberlos liberado del «nazismo». «En Mariupol no había nazis hasta donde yo sé, teníamos conocidos del Batallón Azov y nunca se metieron con nosotros. Ni sufríamos presiones por ser rusoparlantes«, dice Yulia. Su hija matiza: «No había presiones, pero, en los últimos años, el sistema educativo trataba que pasásemos al ucraniano«. «Yo iba a la escuela en ucraniano», lo cual complicaba las cosas porque algunos profesores habían vivido media vida en la URSS «y lo hablaban peor que nosotros, los alumnos».

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«SEMANAS EN UN SÓTANO»

Madre e hija cuentan su historia cogidas de la mano. Forman un compacto dúo de supervivencia. Acaban de llegar a la apacible ciudad estonia de Narva y, todavía, repiten una palabra: «Milagro». Recuerdan cómo estalló el cielo en su ciudad. Un lugar «que creíamos que, por estar junto al mar, sería seguro», pero que fue un horror del que finalmente intentaron escapar hacia el oeste, sin éxito. «Los soldados ucranianos no nos dejaron pasar. Tampoco pudimos volver a casa porque el cerco se estaba cerrando, así que nos alojamos con un pariente lejano». Pasaron semanas en un sótano, comiendo mendrugos de pan y bebiendo agua de una piscina.

«Caían bombas, un día salimos al exterior y encontramos en llamas o destruidas las casas que rodeaban la nuestra, igual que nos había pasado antes de huir la primera vez», recuerda Yulia. Cree que un ángel va con ellas. «Con el tiempo te acostumbras a las explosiones», interrumpe Alina con la mirada fija en la pared mientras se hace una coleta. En su mirada, la sensación de tener todo por delante. No querían huir a Rusia, pero resultó ser la única opción. Lo mismo con sus vecinos de mesa. «Miran tu teléfono, se quedan con tus huellas dactilares», cuenta Vitaly, que cruzó a Rusia junto a su mujer y su hijo pequeño poco después que ellas. Hoy está a salvo en Narva, en un centro de acogida donde según la ONG Friends of Mariupol han pasado ya 1.200 ucranianos desde el pasado mes de abril. Huyó de Mariupol porque «era una masacre».

Lo primero que notaron estos refugiados ucranianos al llegar a Rusia es que, aunque entiendan el idioma, no comprenden el relato oficial. La misma ‘Z’ que llevan dibujada los tanques rusos que irrumpieron en su país es un símbolo presente en las paredes de cada ciudad rusa de acogida. Los canales de Moscú parlotean todo el rato sobre una realidad inventada: una Operación Militar Especial que, en teoría, no daña viviendas ni mata civiles. Los que mueren, son nacionalistas. Los que resisten, son nazis. Y los que huyen son vecinos agradecidos de haber sido salvados del nazismo: «Pues muchas gracias, pero nadie les llamó para que viniesen», zanja Yulia.

Así cobró cuerpo la idea de hacer de nuevo las maletas. Salir de Rusia, su vecino invasor y, al mismo tiempo, su país de acogida. Dos días de tren de Sochi a San Petersburgo, después a la frontera estonia. Cruzaron a pie y, ahora, sentadas ante un cuenco de pan y otro de fruta, piensan a qué ciudad de Alemania irán. Por el camino hacia la frontera con la UE los ucranianos encuentran la solidaridad desinteresada -y secreta- de algunos rusos. En San Petersburgo hay varios grupos de Telegram donde voluntarios ayudan a llegar hasta el paso fronterizo de Ivangorod, la última localidad rusa antes de la linde de Estonia.

Anton, 22 años, de Donetsk, en el centro de refugiados de Narva (Estonia) tras salir de Rusia.
Anton, 22 años, de Donetsk, en el centro de refugiados de Narva (Estonia) tras salir de Rusia.XAVIER COLÁS

«NO QUIERO MATARLOS»

Anochece en Narva. Al fondo del comedor hay un joven callado. La historia quiso que fuese enemigo del resto de las personas que salen en este artículo. Que disparase a Vitaly o Alexander desde el otro lado de la trinchera si se hubiesen quedado a luchar. Pero Anton no es separatista ni prorruso. Simplemente nació en Donetsk «y la guerra de 2014 me sorprendió con 14 años. La pandemia, con 20, todavía sin pasaporte, ya no pude salir». En mayo decidió marcharse: «Hay movilización general. Te pueden confiscar la casa, el coche o llamarte a filas y yo no quiero luchar, tengo muchos familiares al otro lado, en Ucrania, no quiero matarlos«.

Con el brazo izquierdo tatuado, su bello rostro de hombre joven se interrumpe en sus ojos, tiene la mirada cansada de alguien de más de 50. Escapó a Rusia porque «no había otro camino». En Rostov malvivió sin poder regularizar su situación y decidió ir a San Petersburgo para cruzar la frontera con Estonia. Removiendo el café con una cucharilla gastada, descansando en el centro para refugiados, dice que sueña con vivir en Noruega y tomar la nacionalidad. Por primera vez tendría papeles.

Aunque prefieren no mirarla, en el móvil Yulia y Alina llevan la foto que les mandó un vecino de su bloque de apartamentos en Mariupol, que quedó destruido en la ofensiva final. «Quisiéramos vivir en Mariupol, en una casa como la de antes, pero está claro que no podrá ser». No saben qué encontrarán más adelante, pero es lo único que hay. Detrás no queda nada.