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Sánchez no tiene cura

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  • JORGE BUSTOS

Actualizado Miércoles, 13 julio 2022

Pedro Sánchez recibe el aplauso de la bancada socialista en el debate del estado de la nación.
Pedro Sánchez recibe el aplauso de la bancada socialista en el debate del estado de la nación.EFE

El español que se asome a los análisis del discurso de Sánchez se encontrará con expresiones más o menos consensuadas por esas víctimas habituales de la inmediatez y el tópico que son los periodistas. Expresiones como giro a la izquierda, podemización, iniciativa política, reconexión con los votantes, vuelta a los orígenes, huida hacia adelante. Todos estos análisis, acertados o no, parten de un error perceptivo que a estas alturas no podemos perdonar: el error de tomarse en serio lo que Sánchez dice, anuncia, promete o jura sobre la tumba de Pinocho.

Hablamos de Sánchez, damas y caballeros. No es que hablemos de humo: es que hablamos del efímero rizo de la sombra que el humo que sale del calcinado valor de su palabra proyecta sobre el aire combustible de una tarde de verano. Hablamos del centro exacto del donut, de la consistencia de la espuma de afeitar, de la credibilidad de un taxista mauritano. Todo en él es mentira salvo su ambición de resistir un día más en el poder. Ahora tocaba fingir izquierdismo desorejado porque se le estaba descomponiendo el tinglado Frankenstein, pero no conviene olvidar que sigue simulando. Para durar unos meses más tenía que embutirse en unas calzas verdes, plantarse una pluma en el sombrero y proclamarse Robin de los Bosques, el que roba a los ricos para socorrer a los pobres. Llegado el momento, después de haberle madrugado a Yolanda Díaz todos los disparates peronistas, romperá con Podemos bajo la acusación de socio radical incompatible con la estabilidad y el europeísmo y convocará elecciones. Es Sánchez. Acusa al PP de curandero, pero cualquier curandero se negaría a tratarle a él.

Que nadie me malinterprete: la impostura estructural de este hombre no nos saldrá gratis. El ídolo de carpeta de Tezanos ha decidido coronar la larga escapada de su presidencia con el mismo colofón que Thelma y Louise pusieron a su aventura. Solo que en el maldito coche viajamos todos. Empezando por los hipotecados, que verán repercutido el impuesto a la banca en su cuota ya tensionada por la subida de tipos; siguiendo por los consumidores, en cuyo recibo las empresas energéticas aplicarán la subida proporcional; y terminando por todos y cada uno de los españolitos, cuyo esfuerzo fiscal cebará la bomba de un gasto extemporáneo con tal de pagarle el último año de alquiler a don Pedro de las calzas verdes y su simpática tribu de forajidos. Porque, queridos niños, vivimos en una economía de mercado y el dinero público sí es de alguien: en concreto de nuestros cabreados acreedores, a los que habrá que explicarles cómo se dice Rodalies en alemán.

Es lástima que el numerito de Sánchez no vaya a alterar el fatalismo demoscópico que le ha sentenciado, porque la ejecución técnica de su discurso no ha sido mala. Sería irónico que tuviese que abandonar la presidencia justo cuando empezaba a sonar presidenciable, al menos en las formas. Miraba menos el papel, entonaba, controlaba los espasmos maxilares del bruxismo. En cuanto al fondo, se condujo como el Sánchez más Sánchez: el maestro de la división; el ayatolá esquizo que lanza la fetua del fascio sobre la derecha un segundo antes de exigirle apoyo; el mentiroso inmutable, feldespático; el enemigo de los jueces, meros palos franquistas en las ruedas del tren de aterrizaje de su Falcon; el inverosímil cogobernante de pandemias y volcanes; el ladrón de propuestas ajenas -ay, la operación Campamento-; el demagogo con vitíligo moral que no se sonroja cuando truena que «gobernaremos para la mayoría social aunque suponga molestar a los más poderosos». Ciertamente, la Muralla China y el Cuajo de Sánchez son los únicos monumentos debidos al hombre que se ven desde el espacio.

Para qué recordar que la mayoría social andaluza acaba de pronunciarse; que para fuertes con el débil, la maquinaria nacionalista contra los padres de Canet de Mar; que fue él quien instauró el tradicional selfi con el Ibex para abrir el curso político; que votó como diputado a favor de los recortes salvajes de Zapatero en 2010, momento al que nos dirigimos a toda velocidad por las mentiras de los mismos; que se ha beneficiado de un manguerazo histórico de fondos que ni siquiera sabe gastar; y que advertir de que se acaba la vista gorda fiscal de Europa no es ser «profeta del desastre», sino respetar el futuro de gente a la que el sanchismo está hipotecando injustamente. Porque es injusto sacrificar la capacidad de reacción de un país angustiado a la supervivencia de un solo hombre. Uno que al concluir su intervención se sentó en su escaño, se empapó de la ovación húmeda de su servidumbre y se mordió los labios en un gesto de presidente-Martini, como quien paladea el inigualable sabor de su propia boca. Enfrente, Feijóo, sin abrir la suya, se agigantaba discretamente como alternativa.

«Hemos reorientado el rumbo del Gobierno», se jactaba Ione Belarra a la salida. Efectivamente, el PSOE ha asumido el mismo destino que Podemos: la marginalidad. En el único cenáculo madrileño digno de tal nombre, oculto en la colina de La Moncloa, seguramente un puñado de chupatintas jubilosos está dando rienda suelta a su fatuidad figurándose que acaban de esculpir la jeta de Pedro junto a la de Roosevelt en el monte Rushmore. Despertad, muchachos. Claro que vais a por todas. Las vais a encajar como panes, una tras otra. Y entonces os harán falta médicos, curanderos y hasta matasanos