Alfaz del Pi

La izquierda española no está bien, y cuando la izquierda española no está bien pasan cosas terribles en España.

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Izquierda española

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La izquierda española sangra por una doble brecha entre lo que predica y lo que vive y entre lo que promete y lo que da

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en una foto de archivo.
Sánchez y Pablo Iglesias, en una foto de archivo.A. DI LOLLI

Le pasan sobre todo a la izquierda y las ejecuta sobre todo la izquierda, y el entrañable espectáculo de su secular inclinación al fratricidio nos llena de asombro a todos aquellos a los que nunca se nos ocurrió la peregrina idea de pertenecer a un club tan errado e hipócrita como el de la izquierda española, pese a sus notorias ventajas a la hora de practicar el gañote cultural y recibir premios periodísticos. Uno contempla el vértigo del fuego amigo/enemigo que está diezmando a la izquierda española como Saint-Exupéry contempló la retaguardia barcelonesa de 1936: «Aquí se fusila como quien tala árboles». El problema, naturalmente, surge cuando se cansan de dispararse entre ellos y se conciertan para disparar a los demás.

La izquierda española se ha entregado a la balacera cainita porque anticipa, sondeo en mano, que va a perder el poder y alguien tiene que tener la culpa, además de los españoles que declaran su rotunda intención de votar a la derecha española. Para Sánchez la culpa es de los fumadores de puros en cenáculos madrileños. Para Yolanda Díaz es que el Gobierno no tiene alma, excepción hecha, claro está, de la vicepresidenta segunda, donde sobra el alma que les falta a los 21 desalmados compañeros de gabinete de Díaz. Rufián no está en el Gobierno pero como si lo estuviera, no solo porque es su socio sino porque esta coalición por colisión nos ha enseñado que la primera premisa para gobernar con Sánchez es avergonzarse de gobernar con Sánchez, razón de que Rufián vaya a convertirse en líder de la oposición en un debate parlamentario donde Feijóo no puede intervenir. Y luego está Iglesias, que finge creer que su perú no lo jodió el chalé sino Ferreras, sin el cual nunca habría podido comprar ese chalé.

El izquierdista español, absorto en su puño de hierro, ignora su quijada de cristal. Habituado a la superioridad moral, al placer onanista del justiciero, se rompe cuando otro vicioso de la mano zurda lo acusa de derechista y procede a someterlo a un sadismo desconocido por el victimario tradicional. Y así es como la historia va depurándose de fanáticos, imbéciles, puristas y criminales, valga la cuádruple redundancia.

La izquierda española sangra por una doble brecha entre lo que predica y lo que vive y entre lo que promete y lo que da. Pero no debe temer al porvenir. Cuando gobierne la derecha las culpas se realinearán mágicamente, con súbita claridad, y la dividida izquierda española recuperará la unanimidad de los pelotones de fusilamiento.