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Actualizado Domingo, 10 julio 2022

Boris Johson.
Boris Johson.Alberto PezzaliAP

Entiendo que Boris no quiera irse. Imagínense: toda una vida de mentiras y demagogia premiada con la victoria más completa obtenida por los conservadores desde 1979. En diciembre de 2019, después de haber mentido a mansalva a los británicos sobre el Brexit e incluso haber cerrado el Parlamento durante dos semanas engañando a la mismísima reina, obtuvo el 43,6% de los votos, lo que se tradujo en 365 escaños, 48 más de los que ya tenía y 80 por encima de los laboristas

Boris Johnson representa la quintaesencia del demagogo populista del siglo XXI. Se decantó por la salida de la UE tras haber ponderado cuidadosamente cuál de las dos posiciones serviría mejor a su carrera política, no a los intereses de su país. Acertó y acabó en el 10 de Downing Street. Al lado de Johnson, Trump es una figura menor: un empresario sin cultura cuyo método para forrarse era aparentar que era mucho más rico de lo que era pero, sobre todo, el recurso constante al chantaje y el matonismo. Los días buenos, Trump era un timador; los malos, un mafioso; el resto del tiempo, un zafio misógino. Pero Boris Johnson es otra cosa: un experto en Clásicas, educado en Eton y Oxford, tan versado en Grecia y Roma que puede declamar la Iliada en griego y, por ello, alguien que entiende perfectamente cómo, desde tiempo inmemorial, los políticos han utilizado su capacidad de persuasión para, manipulando las emociones de la gente común (la plebe o plebs), hacerse con el poder. Y una vez allí, valiéndose de ese vínculo directo con el pueblo, asentarse en el poder zafándose de cualesquiera límites, institucionales o temporales, se lo impidieran, enfrentando, cuando ha sido necesario, al pueblo contra esas instituciones intermedias o árbitros. Desde Grecia y Roma, la historia de la política democrática es, al fin y al cabo, la del caudillo populista que intenta hacerse con el poder y la del sistema que lo intenta rechazar.

El problema ahora, aquí Johnson sí se parece a Trump, es la tierra calcinada que deja detrás, tanto para su partido como para los rivales. El populismo de Johnson ha dejado sin espacio político tanto al Partido Conservador, que nunca podrá volver a ser el que fue, como al Laborista, para el cual es misión prácticamente imposible conectar con las clases populares del país. Poner al frente del país a un tipo cabal, sea del color que sea, es el mayor reto que tiene el Reino Unido por delante. Pero una vez vista la eficacia del método Boris, ¿quién va a creer que el sentido común lleva al poder?

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