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  • JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ

Actualizado Viernes, 8 julio 2022

En las memorias silenciadas de Joan Puig i Ferreter se detalla la operación de los dirigentes de ERC para sacar, en 1936, el oro de la Generalitat catalana

Reunión de los diputados de ERC, en la Generalitat, en junio de 1931.En primera fila, sentados, de izquierda a derecha, Lluís Companys, Frances Macià y Jaume Aiguader. Detrás, de perfil, Joan Puig i Ferreter.
Reunión de los diputados de ERC, en la Generalitat, en junio de 1931.En primera fila, sentados, de izquierda a derecha, Lluís Companys, Frances Macià y Jaume Aiguader. Detrás, de perfil, Joan Puig i Ferreter.

Es domingo y la reunión ha sido convocada en un piso de la calle Floridablanca, en la parte izquierda del Ensanche de Barcelona, mucho más popular y ajeno a esa ostentación tan burguesa -la propia de las fachadas modernistas- que distinguió desde el principio al flanco derecho de la nueva ciudad que ideara el ingeniero Ildefonso Cerdá medio siglo antes. Y hace calor. Un calor húmedo, pegajoso y sofocante, tan húmedo, pegajoso y sofocante como sólo puede ser el calor de Barcelona en agosto. Aunque ese concreto agosto, el de 1936, todavía va a resultar mucho más asfixiante de lo habitual. Por lo demás, del dueño del piso nunca conoceremos el nombre, pues en las páginas memorialistas donde se relata lo allí acontecido sólo se le menciona como el amigo X (l’amic X). Guardamos constancia cierta, en cambio, de cuáles eran las otras personas llamadas a aquel encuentro estrictamente confidencial. Así, además de X, comparecieron dos consejeros en activo del Gobierno de la Generalitat, Martí Esteve y Josep Maria Espanya, junto a otro importante miembro del Ejecutivo de Companys en aquel inicio de la Guerra, enigmático personaje al que el autor del texto se refiere en todo momento como el Comendador (el Comanador) y de quien sólo al final del libro se nos hará partícipes de su nombre.

También acudieron el presidente del Parlamento de Cataluña, Joan Casanovas, y, claro, el propio autor del testimonio, Joan Puig i Ferreter, por entonces consejero de Servicios Sociales en el mismo gobierno del que formaban parte los otros, y miembro, como todos los congregados, de Esquerra Republicana (ERC). En cuanto al secretismo de la cita, estaba justificado, como pronto se verá, por la delicada naturaleza de la cuestión que se iba a tratar. Pues, ante la posibilidad de que los anarquistas de la CNT local -todavía comandados por García Oliver y Durruti– tomasen al asalto la Generalitat para proclamar el comunismo libertario, primera hipótesis; o, segunda, que el general Franco desencadenara una ofensiva relámpago que llevase a sus tropas a las puertas mismas de Cataluña en un periodo breve, dos escenarios hipotéticos que la dirección de ERC consideraba en aquel momento como verosímiles, se imponía adoptar ciertas cautelas de tipo financiero. Ante una eventual salida precipitada de España de los integrantes del Gobierno de Cataluña, consideraba el núcleo rector de la Generalitat que procedía trasladar de modo discreto a Francia un importante capital en forma de monedas de oro, huelga decir que de propiedad pública, con el fin expreso de garantizar la subsistencia material en el extranjero tanto a los cuadros dirigentes de ERC como de los consejeros del Ejecutivo de Companys.

MONEDAS DE ORO.

La única materia del orden del día en aquella extraña reunión del piso de Floridablanca sería, pues, cuándo, cuánto, cómo, dónde y, sobre todo, quién llevaría el dinero en forma de sacos repletos de monedas de oro al otro lado de la frontera. El Comendador tenía claro, y así se lo comunicó a sus interlocutores, que la persona encargada de custodiar y administrar el oro expatriado en secreto a Francia no podía ser otra que Joan Puig i Ferreter.

Lo que nadie había previsto era que, años después, el designado, airado ante ciertas habladurías insidiosas en los cenáculos del exilio, optara por contarlo todo por escrito. He ahí la razón oculta de que el nombre de uno de los mejores y más prolíficos escritores catalanes de todos los tiempos, acaso el mejor a ojos de Joan Fuster, padre e inventor de los Países Catalanes, resulte impronunciable en los círculos rectores de la cultura oficial catalana. Porque Puig i Ferreter fue, sobre todo, un buen escritor al que todavía hoy, casi cien años después de todo aquello, nadie integrado en la pomada institucional osa hacer mención en público a causa de su paso por la política. Puig i Ferreter es, de hecho, el último catalán clandestino. Tan clandestino que cuando la editorial Proa publicó, allá por 1981, en el nada casual interregno entre las presidencias de Tarradellas y de Pujol, una pequeña edición de sus Memòries polítiques, obra de trascendencia histórica en la que se relata de modo pormenorizado la peripecia peregrina de aquel oro de la Generalitat cuando Companys, nadie en la prensa local hizo mención al asunto. Como tampoco nadie ha vuelto a hacerlo después, un muy disciplinado silencio coral y espeso al que ayudaría el que tampoco se haya reeditado el libro.

PARÍS-LONDRES.

Pero volvamos a aquel tórrido agosto del 36. La última semana del mes, anota Puig i Ferreter en Memòries polítiques, el Comendador ya había dispuesto un avión en cuyas bodegas varios mozos de escuadra habían amontonado la primera partida de sacos con las monedas de oro que nuestro autor, ahora nombrado oficialmente Delegado de la Generalitat en París, debería escoltar hasta su destino final en una caja fuerte de la capital francesa. Sería el primero de una larga serie de envíos clandestinos desde Barcelona, casi todos coordinados por un pariente de Pilar Rahola, el funcionario de la Consejería de Finanzas Frederic Rahola. En aquel tiempo, el comercio libre de oro entre particulares acababa de ser prohibido por el Gobierno francés, que obligaba a que todas las transacciones se efectuasen al precio establecido por el Banco de Francia, la única institución autorizada a realizar compras de ese metal. Sin embargo, en Londres seguía funcionando con plena normalidad el mercado no intervenido entre agentes privados. Así, un negocio sencillo y muy rentable podía consistir en trasladar a Inglaterra el oro de París para, acto seguido, venderlo allí a un precio sensiblemente superior al oficial establecido por las autoridades francesas.

Reparto de beneficios. Y, puesto que nadie ajeno a la alta dirección de ERC iba a tener noticia en Cataluña de la existencia de esas ganancias fruto del arbitrio entre los dispares precios del oro en dos países, los beneficios así obtenidos podrían repartirse entre los integrantes del Gobierno de la Generalitat. Dicho y hecho. La idea de privatizar el oro, original del consejero Martí Esteve, según Puig, se complementaría con el diseño de un segundo mecanismo financiero destinado a aumentar el volumen total de los recursos de la Generalitat que habían decidido repartirse los miembros del Ejecutivo de Companys. La técnica elegida, genuino primer antecedente histórico del célebre 3%, consistiría en reclamar comisiones a los proveedores e intermediarios de material militar para el Ejército, misión, la de adquirir suministros bélicos, que también ejercía Puig i Ferreter en Francia.

Esas comisiones, que llegarían, según confiesa en el texto, a alcanzar cifras altísimas en las compras de aviones y de tanques, igualmente fueron desviadas por órdenes de sus superiores en Barcelona para añadir su monto a los fondos que los gobernantes catalanes habían acordado desviar a fin de costear su sustento y el de sus respectivas familias en el exterior. Por lo demás, llegado el momento, todo el dinero fue repartido a partes iguales entre sus destinatarios, unos beneficiarios entre los que figuraba, por cierto, Martí Barrera, el padre de Heribert Barrera, célebre racista y secretario general de ERC en la Transición. En cuanto al Comendador, el enigmático responsable político de la operación más secreta emprendida por la Generalitat durante la Guerra, su nombre quizá le suene al lector. Se llamaba Josep Tarradellas i Joan.

Juan Puig i Ferreter, un escritor prolífico

Antes de ser nombrado consejero de la Generalitat en 1936, Joan Puig i Ferreter (La Selva del Campo, 5 de febrero de 1882-París, 1956) tuvo una reconocida carrera literaria, vinculada al movimiento modernista. Hasta 1922 estuvo plenamente dedicado al teatro, pero a partir de esa fecha, tras una crisis creativa, cultivó la novela, con éxitos como Els tres al·lucinats, de raíz dostoievskiana, o la premiada El cercle màgic. En el exilio completó su gran ciclo narrativo, de 12 volúmenes, titulado El pelegrí apassionant.