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A los españoles ha dejado de importarles con quién jode la gente, los únicos preocupados por este asunto parecen ser los Lgtbiz

Irene Montero, Ione Belarra y Yolanda Díaz.
Irene Montero, Ione Belarra y Yolanda Díaz.EFE

Esta mujer Díaz, vicepresidenta de un Gobierno, se exhibe con una chapa que dice: Existo, luego te jodesNo parece que se refiera a ella misma, aunque habría razones y no sexuales, sino a su solidaridad con el colectivo Lgtbiz. Cualquier carcamal interpretaría que ese verbo en la solapa de una alta carga la convierte en una grosería. Pero quia. Es lo más natural en nuestra época. Hace unos días este periódico reflejaba con primor el lenguaje del pueblo en dos páginas distintas de la misma edición: «Estrenar en salas es hoy un puto milagro» decía una del cine. «Soy creadora de contenidos y me toco los cojones», anunciaba una del tubo en la última página. Por su lado, la prensa socialdemócrata proseguía en la radical estilización de sus editoriales titulando así uno: «Las humanidades lo petan». Y yo mismo, en el prime time de Onda Cádiz, instruí a los independentistas para que dejaran de «tocar los huevos a los españoles», aunque bien es verdad que estaba cocinando y los profesionales del oficio tiramos de bronca y cuchillo en cuanto lo pide el guiso.

En cualquier caso, la chapa de la vicepresidenta no podía reflejar nada más verídico. Hace tiempo que a los españoles ha dejado de importarles con quién jode la gente. De hecho los únicos preocupados por este asunto parecen ser los Lgtbiz. Paralelamente las molestias -jodiendas, dirían- causadas por este club, privado aunque con anchuroso derecho de admisión, aumentan exponencialmente. En el orden intelectual por su espantosa adherencia al más inicuo postmodern. En el orden moral por la creciente radicalización de su identitarismo, que como cualquier otro -y la chapa es prueba- fabrica enemigos para mantener viva la flama. Las maneras intimidatorias del club cuajan también en lo práctico y la prueba la tiene cada año la ciudad de Madrid, sometida durante una semana cada vez más dilatada a la pachanga gay. Una prueba, y asombrosa, de este sometimiento la ha dado una de las órdenes dictadas estos días por el alcalde Almeida. En impávida prosa administrativa obliga a todos los vecinos del centro a trasladar sus coches, legalmente aparcados en virtud del empadronamiento, a otras zonas de la ciudad. Aunque generosamente, y para facilitarles el traslado, les ofrece el servicio de la grúa municipal, por el módico precio usual del servicio. El que piensa que tales sometimientos destensa el ceño de nuestros Lgtbiz está de broma. Cuando las autoridades les suplican que después de las 2.30 de la madrugada bajen el volumen de sus receptores declaran terminantes: «Estos niveles comprometen seriamente la viabilidad del Orgullo». Debe de ser que tras tanto tiempo jodidos ya no se conciben sin joder.