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Arden las fiestas

EL RUIDO DE LA CALLE

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  • RAÚL DEL POZO

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La fiesta es una necesidad cuando no hay nada que celebrar porque las catástrofes se suceden

Arden las fiestas
ULISES CULEBRO

El ruido de mi barrio no me deja dormir los fines de semana, pero no me molesta porque me recuerda la Babilonia que fue Madrid. Las fiestas duran dos o tres días en algunas casas de mis vecinos. Veo desde mi ventana como hombres y mujeres se tiran vestidos y desnudos a las piscinas. Nadie protesta después de tantos meses de ruido de ambulancias interrumpiendo los sueños y los insomnios.

El año pasado se anunció que volvían los días locos, después de la pandemia y de los confinamientos, como los del jazz, tango y charlestón después de la gripe española. No fue así; el sexo, el despilfarro y la marcha han vuelto este verano. La movida fue el estallido de los cuerpos después del cinturón de castidad cuatro décadas; este despelote estalla tras la invasión del coronavirus que no dejaba enterrar a los muertos. Faltan pocas horas para el chupinazo de la fiesta de las fiestas, desde que Hemingway observó que la gente se divertía esperando que el toro matara a Belmonte, mientras el torero mostraba su prominente mandíbula con aire despectivo.

La fiesta es una necesidad cuando no hay nada que celebrar porque las catástrofes se suceden. Se anuncia una séptima ola del virus, nuevas variantes, vuelven a pedirse mascarillas y vacunas y los cuerpos mortales piden guerra. Quizá todo termine otra vez con un crack, como en el siglo pasado. Europa se asusta ante el gas, y pide de tapadillo que se rinda Ucrania, aceptando unos nuevos Sudetes; la posguerra nos amenaza con la recesión y la escalada de la inflación. La manera de parar el alza de los precios sería una nueva recesión, que se intenta evitar cuando se anuncia descenso de los PIB. Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, dice que no entraremos en recesión, que tendremos que soportar la inflación, pero avisa de la incertidumbre brutal en 2023 si los rusos embargan el gas.

Las fiestas nacieron para honrar a los dioses o a la patria; luego se convirtieron también en reivindicaciones obreras. Entre vírgenes, santos, fiestas nacionales y regionales había muchas festividades que nos debían y este año se ven más bautizos, bodas y comuniones, fiestas de barrio, botellones, noches gays y días de orgullo que nunca. En cada barrio, en cada esquina, en cada ciudad la gente después de tanto sufrimiento tiene el deseo de arder.