Benidorm

Entrevista con mi secuestrador: «Había gente hacia la que me sentía más proclive a pegar, y tú eras uno de ellos»

ENTREVISTA

Ocho años más tarde, el periodista se encuentra con Alexanda Kotey, uno de los responsables de su rapto y el asesinato de más de media docena de rehenes occidentales en Siria

Alexanda Kotey.
Alexanda Kotey.AP

PREMIUM

  • JAVIER ESPINOSA

Actualizado Domingo, 3 julio 2022

Para Alexanda Kotey y sus correligionarios, la vida está diseñada al detalle por Alá, el Dios único y supremo. El catálogo de brutalidades que acumularon en Siria es tan vasto y estremecedor que más bien habría que secundar la ironía con la que Simon Wiesenthal aludía a ese hipotético ser celestial cuando intentaba comprender el atroz sufrimiento que enfrentaba en el campo de concentración. «Dios está librando y no ha dejado a ningún sustituto», escribió en su libro ‘Los girasoles’. El sarcasmo siempre será más fácil de digerir que tener que asumir que esa eventual divinidad aceptó que se creara un sistema tan desquiciado como el edificó el Estado Islámico (ISIS) y sus acólitos.

Han pasado ocho años desde que el periodista se encontró con Kotey por última vez. Entonces uno vestía uniforme militar -el extremista británico- y otro el atuendo de un reo secuestrado por el movimiento radical. La historia suele ser inmisericorde con los delirios. El califato no fue una excepción.

Quién porta ahora el ropaje propio de los recintos carcelarios es el militante islamista. Kotey aparece enfundado en el mono verde habitual de las prisiones estadounidenses y los pies atados por una cadena. Los privilegios de la misma democracia que decían odiar le permiten asistir a la charla con un café de Starbucks.

A sus 38 años, Kotey se ha ganado una infame reputación al formar parte de la cruel camarilla de militantes ingleses –‘Los Beatles’, según el apodo que recibieron de sus víctimas- que se dedicó a secuestrar a más de una veintena de occidentales y acabó asesinando a siete de ellos. Las autoridades de EEUU les achacan la decapitación de al menos 27 cautivos, si se le añaden otras nacionalidades al margen del grupo inicial que reunieron en el norte de Siria y más tarde en Raqqa.

El encuentro con el fundamentalista se desarrolló el pasado día 22 en unas instalaciones oficiales del estado de Virginia. Kotey fue capturado por las milicias kurdas en enero de 2018 y transferido en 2019 al control de la justicia norteamericana. El pasado 29 de abril el militante fue condenado a ocho cadenas perpetuas por su participación en estos crímenes.

«Hola, ¿qué tal todo?». La cita comienza con un improvisado apretón de manos y una inusual conversación sobre las familias de ambos.

Kotey es padre de cuatro hijas. La mayor, fruto de su primer matrimonio en Inglaterra, tiene ya 19 años. Las otras tres las tuvo en Siria con su segunda esposa, que reside ahora con las niñas en Turquía.

«Mi hija mayor quiere ser ‘influencer’. Está todo el día mirando cosas de estilismo», explica el islamista con una amplia sonrisa sin recordar que el único «estilismo» que permitían a las mujeres sometidas a su férula era cubrirse de la cabeza a los pies con un sayo negro.

Javier Espinosa abraza a su hijo tras ser liberado.
Javier Espinosa abraza a su hijo tras ser liberado.CARLOS GARCÍA POZO

Kotey aceptó la culpabilidad de todos los cargos que se le imputaban y accedió a reunirse con todas sus víctimas y los familiares de aquellos a los que ejecutaron. La madre del periodista James Foley, Diane Foley, se ha encontrado con él en tres ocasiones. La primera el pasado mes de octubre. «No podemos romper el ciclo de violencia si no estamos dispuestos a escucharnos unos a otros. Me obligué a hacer esto porque creo que Jim -el apodo de su hijo James Foley, uno de los que fueron degolladas por el comando islamista- hubiera querido que sucediera», declaró Diane a la cadena norteamericana NBC hace algunas jornadas.

Aunque su inquebrantable fe le ha llevado a intentar la aproximación a Kotey para buscar su arrepentimiento, Diane considera justo que tanto él como su compañero El Shafee Elsheikh deben pasar «el resto de sus vidas encarcelados con tiempo para reflexionar, rezar y reparar sus horribles acciones».

Kotey está muy lejos de la contrición. De hecho, su dialéctica parece un reflejo casi calcado del catálogo de argumentos que elaboraron los expertos Gresham Sykes y David Matza en la década de los 50 para explicar cómo los criminales justifican sus acciones. Desde la negación de la responsabilidad, a la atribución de responsabilidad a sus víctimas, la crítica de los que les critican o el alegato de que todo se hizo por un objetivo «superior».

El miliciano admite que su ideario ha evolucionado y que cometió «errores» durante su estadía en Siria, producto -afirma- de su «escaso conocimiento de la teología» islámica. «Ni siquiera sabía escribir bien en árabe», apunta.

Durante las dos horas de charla que mantuvo con el reportero, dijo sentirse «avergonzado» por la crueldad que tuvieron que soportar sus víctimas, pero por razones más pragmáticas que cercanas a la compasión. «No encontraba ningún beneficio en que se ejecutara a los rehenes», señaló.

El militante radical asegura que él fue uno de los que me golpeó. «Había gente hacia la que me sentía más proclive a pegar y tu eras uno de ellos».

«¿Por qué?».

«No lo sé».

«¿Sabes que el islam prohíbe el maltrato de los prisioneros?», le inquirió el periodista.

«Nosotros fuimos comedidos. Hasta Daniel (Rye, otro de los rehenes del grupo) me lo dijo. Sabía que le podía haber pegado más fuerte, que le podía haber roto la pierna, pero no lo hice».

«Comedidos» es una palabra imposible de compaginar con las despiadadas sesiones de tortura física y psicológica que sufrieron los cautivos bajo el control de Kotey y sus acólitos. Un reflejo de la posición que ha adoptado el prisionero, que ahora se refiere al Estado Islámico como si fuera un ente ajeno, del que no formó parte activa.

«No reniego de la idea de que necesitamos un califa y un Estado Islámico, y volvería a Siria, pero quizás ahora evitaría residir en los territorios controlados por el ISIS. Teníamos que aceptar al califa (se refiere a Abu Bakr al Baghdadi), aunque cometiera errores», dice.

La conversación con Kotey confirma lo que todos presuponían. El rapto de europeos y norteamericanos en lugares tan dispares como Alepo, Latakia, Hama o Raqqa formaba parte de un proyecto tan turbador como diseñado hasta el detalle. Un plan supervisado -según Kotey- por Abu Mohamed al Adnani, ex portavoz del ISIS.

«El plan inicial fue establecer un Guantánamo B. No queríamos obtener un rescate sino intercambiaros por prisioneros. Fue una idea de Al Adnani. Quería reuniros a todos en un sólo lugar», relata.

Siempre proclives a retorcer los preceptos religiosos en su provecho, los fundamentalistas decidieron que incluso si los rehenes eran periodistas marcados por el régimen de Bashar Asad -al que decían combatir- o miembros de organizaciones humanitarias dedicadas a la asistencia de los mismos sirios a los que el ISIS pretendía defender, a sus ojos pasaban a ser personajes «no protegidos» y por tanto susceptibles de ser secuestrados. «No estabais protegidos porque la gente que os otorgó la protección (los opositores sirios que peleaban contra Asad) no eran considerados musulmanes», aduce Kotey aferrado a ese absurdo en el que los miembros del ISIS se atribuyen la potestad de decidir quién es musulmán y quién no lo es.

«¿Sabes que fuisteis vosotros los que destrozasteis la ‘revolución’ siria? ¿Qué habéis matado a más musulmanes que ningún otro país o grupo armado?«.

La pregunta coloca a Kotey a la defensiva. Dice que no está de acuerdo. Recurre a la hipotética «eficacia» de las milicias radicales en la lucha contra las tropas de Damasco y finalmente endosa a los rebeldes y la «intervención extranjera» la responsabilidad de la atroz confrontación que promovieron a partir de 2013.

Los cuatro integrantes de 'Los Beatles'.
Los cuatro integrantes de ‘Los Beatles’.E. M.

«El Ejército Libre de Siria (la oposición que inició la pelea armada contra las tropas de Asad) era muy corrupto. Establecía controles en las carreteras sólo para exigir dinero a los sirios. Nosotros no queríamos esa guerra. Fueron ellos los que atacaron», razona.

De la quimera que crearon en 2014 queda muy poco. Sólo un trágico recuerdo y un interminable listado de obituarios. El califato que proclamó Al Baghdadi en junio de 2014 fue aplastado en marzo de 2019. Su fundador se inmoló meses después. Adnani le precedió en ese destino funesto. Murió en 2016. Mohamed Emwazi, el tristemente célebre ‘Yihadi John’, el principal ejecutor del comando al que pertenecía Kotey, fue asesinado por un dron estadounidense ese mismo año.

Tras ser declarado culpable, El Shafee Elsheikh recibirá su sentencia en agosto y el cuarto ‘Beatle’, Aine Davis, fue encarcelado en Turquía en 2017.

La desaparición de Emwazi ha permitido a Kotey atribuirle la mayor parte de la responsabilidad de las tropelías ejecutadas por el comando, incluido su «liderazgo» cuando los rehenes pudieron comprobar en repetidas ocasiones que el «cerebro» del grupo era El Shafee Elsheikh.

Los desmanes que Kotey atribuye a Emwazi incluyen el asesinato de la norteamericana Kayla Mueller. Obstinados en esa pauta de conducta donde la mentira es una herramienta casi omnipresente, el Estado Islámico difundió un tuit en febrero de 2015 en el que aseguraba que la rehén -que tuvo que sufrir los abusos sexuales del propio Abu Bakr al Baghdadi– había muerto en un bombardeo de la aviación jordana.

«Emwazi dijo que si los norteamericanos no iban a negociar para liberarla lo mejor era meterle un tiro. ¿Qué le podía decir? Era obvio que nuestra religión no nos permite matar mujeres. Y eso fue lo que hizo», relata Kotey intentando minimizar una vez más su supuesta inacción ante un crimen que además contravenía sus propias creencias.

«Si no estabas de acuerdo con todas estas acciones, ¿Por qué no lo hiciste saber? ¿Por qué no te marchaste del grupo?».

La cuestión del reportero parece desconcertar una vez más al reo. Su respuesta semeja ser una reflexión apresurada muy alejada de los argumentos religiosos que suele usar Kotey para añadir consistencia a su discurso. «Teníamos un deber que cumplir y lo hacíamos».

«Eso fue lo que dijeron los miembros de la SS en Nuremberg», le respondí.

La réplica obligó a Kotey a seguir rebuscando motivos para añadir a su descargo, todos ellos contradictorios con el mismo ideario que le llevó a enrolarse en un movimiento. «Los musulmanes no se sacrifican sin ningún objetivo. Sacrificarme así no tenía sentido. Y además yo no estaba solo. Tenía a mi familia, a mis hijos. Tenía que pensar en ellos», aseguró.

En una larga misiva de 25 páginas que envió al tribunal que le juzgó, el preso se escuda en el fragor de la guerra y el entorno atroz en el que convivía día a día para explicar la «indiferencia» que sentía hacia sus rehenes, pero se atreve a decir «que no se albergaba malicia, personalmente», hacia ellos. Para él, la tortura, el sadismo o las humillaciones no son malicia.

Cuando se le evocan algunos de aquellos episodios, asegura que no los recuerda o que no estaba presente. Es la misma posición que adoptó durante su caso donde dijo que no había participado personalmente en la ejecución de ninguna de las víctimas. Todo fue cosa de Emwazi.

«¿Quien decide que es más humano fusilar a alguien o ejecutarlo en la silla eléctrica, que decapitarlo?», inquiere en el diálogo con el visitante.

Ni siquiera condena abiertamente un episodio tan atroz como el asesinato del piloto jordano Muath Safi Yousef al-Kasasbeh, que fue quemado vivo en 2015 por los fanáticos. «Si se hubiera probado que el piloto jordano fue responsable del lanzamiento de bombas que quemaron a gente, su ejecución de esa manera sería acorde a la sharia. Nosotros tenemos la ley del ojo por el ojo».

El fundamentalista indica que desconoce cual fue la suerte del único rehén cuyo paradero todavía se desconoce, el periodista John Cantlie, al que se vio por última vez en Mosul (Irak) en diciembre de 2016. «Lo único que sabemos es que estaba en Mosul y todos creemos que murió allí».

Su percepción de la realidad es cuanto menos particular. Asegura que ‘Los Beatles’ tenían una especial «predilección» hacia Cantlie, omitiendo el hecho de las salvajes palizas y las sesiones de tortura con asfixia que sufrió el prisionero.

«Pero si estabas humillándole siempre.. Le hacías imitar a un burro para reíros de él».

Una vez más Kotey se escuda en el «no me acuerdo».

Para el miembro del Estado Islámico la guerra en Siria e Irak fue «despiadada» y «salvaje» -esas son las palabras que usa en la carta- y según él hay que atribuir culpas por igual. «Esencialmente, no importa lo deplorables que puedan parecer algunas de nuestras propias acciones de forma aislada. No parecerían tan desproporcionadas si se las compara con las de nuestros adversarios», escribió en el mismo texto.

La redacción abunda en las mismas reflexiones que compartió con el periodista en Virginia. Que la bestialidad que ejerció el ISIS fue la respuesta a los ataques de Occidente y que algunas de esas acciones exigieron renunciar a ciertos valores «morales» en un entorno de barbarie generalizada donde «las líneas entre los justificable y lo injustificable se difuminaban de forma constante».

«Sería erróneo asumir que estaba de acuerdo con todas las decisiones y políticas» del ISIS, proclama Kotey.

Alexanda Kotey arrestado por las fuerzas kurdas.
Alexanda Kotey arrestado por las fuerzas kurdas.AP

El perfil del convicto se ajusta al de otros muchos «conversos». Nacido en Londres en un matrimonio mixto -su madre, descendiente de una familia griega, y su padre, con raíces en Ghana-, Kotey perdió a su progenitor cuando sólo tenía dos años. El joven británico creció bajo la influencia de su tío, un conocido traficante de drogas del suburbio capitalino donde habitaban y muy pronto decidió emular a su mentor. Los altercados callejeros y el coqueteo con las drogas y el alcohol se convirtieron en una rutina, que no interrumpió hasta que se convirtió al Islam cuando tenía 19 años.

«Fui criado en la cristiandad pero en la adolescencia comencé a juntarme con gente de otras creencias, especialmente con musulmanes del Norte de África. A veces me abrumaba la hospitalidad y el genuino vínculo de hermandad que existía entre ellos», relata el Kotey en su escrito. El extremista reconoce que incluso después de haberse convertido a esa religión siguió implicado en «las actividades criminales a las que me había visto arrastrado en mi adolescencia».

En el texto, Kotey admite que esos años de delincuencia marcaron su carácter y «me hicieron acumular una indeseable tolerancia hacia la violencia».

Siguiendo lo que parece ser un patrón de conducta mil veces repetido, el joven delincuente pasó a convertirse en seguidor de la rama más extrema del Islam, el salafismo yihadista, aunque Kotey afirma que siempre estuvo abierto «al debate y al diálogo con los que estaba en desacuerdo» y «evitó el fanatismo», una singular expresión para alguien que se alistó en las filas de un movimiento tan radical como el Estado Islámico.

Kotey entró en contacto con ex presos de Guantánamo y reconoce que su visión del mundo se vio modelada por el desastroso «coste humano» que tuvo la invasión ilegal de Irak que apadrinó Estados Unidos en colaboración con naciones como España.

A partir de ahí, el militante islamista intenta justificar todos sus desmanes aludiendo a las «circunstancias» de las que hablaban Gresham Sykes y David Matza. Esa guerra, ciertamente atroz, que se supone le obligó a actuar como lo hizo o las devastadoras trasgresiones cometidas por las tropas de EEUU, que en su óptica requerían de una respuesta al mismo nivel de ferocidad.

Por eso dice que le cuesta admitir que cometió «actos ilegales» -ni siquiera usa la palabra delito o crimen– «ya que EEUU no ha reconocido su propia culpabilidad en la perpetuación de un conflicto que objetivamente ha sido el catalizador de ‘incidentes’ -ese es el término exacto con el que se refiere a los asesinatos, decapitaciones incluidas, en las que participó- en los que me vi implicado».

Dentro de pocas jornadas, Kotey pasará a cumplir su pena en una prisión de máxima seguridad, bajo un severo régimen carcelario. Desde su llegada a EEUU, el islamista ha estado confinado en solitario en una celda durante 23 horas diarias y su único entretenimiento ha sido leer, ver la televisión o dar vueltas en un pequeño gimnasio en los únicos 60 minutos en los que puede salir de ese calabozo.

El régimen de su posible próximo destino, la prisión de «super-máxima» seguridad de Florence (Colorado), no se antoja como ninguna mejora. Al contrario. Un escrito difundido por su abogado asegura que en ese recinto el aislamiento es incluso más estricto. La habitación donde estará retenido no supera los siete metros cuadrados, de la que salen esposados y con grilletes durante una hora al día, donde se les permite caminar dentro de una jaula. Como describe uno de los expertos citados por la defensa de Kotey, «la celda, el escritorio y la plataforma donde se tiende el colchón están hechos de hormigón, situados junto a un agujero que se usa como retrete».

Por todo ello, su defensa pretende evitar que sea asignado a ese durísimo complejo argumentando que «a diferencia del Estado Islámico bajo Abu Bakr al Baghdadi, el sistema de justicia de EEUU no busca la venganza por el mero hecho de la venganza. Aplica el castigo necesario, pero sólo lo necesario».

Alexanda rememora los días en los que estuvo retenido por las milicias kurdas en el norte de Siria y las «torturas» que afirma tuvo que enfrentar en esa cárcel. Un trato que añade le hizo «comprender mejor» lo que habían padecido sus víctimas.

Al contrario que antaño, cuando era un rehén, el reportero tiene el privilegio esta vez de despedirse con unas últimas palabras: «Vas a tener mucho tiempo para pensar, espero que lo aproveches y algún día seas capaz de pedir perdón a las familias de los que asesinaste. Hiciste mucho daño«.