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Santillana: «Me enteré por la prensa de que sólo tenía un riñón; fue terrible'»

En 1952, nació Carlos Alonso, probablemente el mejor cabeceador de la historia. Sus 17 años en el Madrid dejaron 16 títulos y fotos de ciencia ficción, pero los números mejor los da él: «778 partidos y 352 goles. No me hables de amistosos, esa camiseta es sagrada y cada gol cuenta».

Santillana: "Me enteré por la prensa de que sólo tenía un riñón; fue terrible'"

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Actualizado Lunes, 20 junio 2022 – 22:42

Hay que ser muy grande para apropiarte del nombre de tu pueblo y que a todos tus vecinos les parezca bien. Carlos Alonso González lo hizo y lo puso en órbita. Ante lo común de sus apellidos optó por utilizar Santillana y el resto es Historia. Diecisiete temporadas en el Real Madrid, 56 partidos con España, 16 títulos, quinto máximo goleador del equipo blanco con 290… «Espera, espera, espera», me corta el mejor cabeceador que han visto estos ojos (y los de cualquiera, me atrevería a decir).

¿Qué pasa?Nada de 290, yo he metido 352 goles. Esto es una cosa que no acabo de entender. Para mí, todos los goles con el Real Madrid cuentan igual, sea en la Copa de Europa o en el Teresa Herrera. Siempre que uno se luce ese escudo vale lo mismo, no hay oficiales y amistosos. En el trofeo Bernabéu jugabas delante de tu afición contra el Milan, el Ajax o el Bayern. Ese partido era tan serio como cualquiera. Mi resumen es que he jugado 778 partidos y he metido 352 goles. Punto. Ponerse la camiseta del Madrid es sagrado, ¡qué coño va a haber amistosos!Hombre, haberlos, haylos.Mira, solíamos hacer la pretemporada en Orense y, para el primer partido, bajábamos del monte a jugar en León con la Cultural. Ese era el partido más difícil y más importante del año, porque eres el Madrid y no puedes permitirte el desprestigio de perder con la Leonesa. Para ellos era el día de su vida y nosotros estábamos aún lentos, así que las pasábamos canutas todas las veces. Pero ganábamos. Eso es para mí el Real Madrid. Una vez que te pones esa camiseta, hay que ganar. Y ya está, cada gol cuenta lo mismo.¿No tienes uno preferido?Tengo guardado con especial cariño el quinto gol al Derby County en el 75, en Copa de Europa. Habíamos perdido allí 4-1 y ganamos 5-1 en la prórroga en el Bernabéu. Metí el decisivo, que fue muy bonito y salen siempre las imágenes cuando se habla de la historia del club. Me pasó Vicente [Del Bosque], controlé con el pecho, hice un sombrero al defensa y marqué de volea con la izquierda. Sin exagerar, había 120.000 personas en el campo y fue una sensación incomparable, maravillosa.

El camino de Carlos para convertirse en héroe sería inimaginable hoy, pero en la España de los 60 la distancia que separaba Santillana del Mar del Real Madrid no se medía en kilómetros sino en años luz. Así se explica que uno de los grandes delanteros centros españoles no viese unos postes hasta avanzada la adolescencia. «En mi pueblo no había nada parecido a una portería. Cuando era niño, para juntar gente íbamos andando a los pueblos de al lado y siempre poniendo unas piedras en el prao donde pastaban las vacas. Mis circunstancias me pusieron muchísimas dificultades para acabar siendo futbolista. No teníamos dinero y yo no jugué con un balón de cuero ni pisé un campo de fútbol ni metí un gol en una portería hasta los 14 años», explica.

¿Recuerdas dónde marcaste ese primer gol?A esa edad me fui a jugar a Barreda, un pueblo cercano que sí tenía equipo. Fue todo muy duro, la verdad, ahora me sorprende que lo consiguiera. Para ir a entrenar, en Santillana me subía al camión del lechero que iba recogiendo las perolas de leche vacías por todos los pueblos de la zona, me dejaba en un bar de Barreda, se iba a Santander a descargar y a la vuelta me volvía a coger y ya me llevaba a casa. Así cada día. No había autobuses ni manera de movernos entre pueblos. Pero eso me forjó un carácter más luchador y más humilde que me ayudó luego en mi carrera.Una carrera inesperada.Totalmente, no pensaba ser futbolista ni en broma. Empecé a ver un atisbo de que podía hacer algo cuando me llamó la selección juvenil española, con Santamaría de entrenador. Yo jugaba en el juvenil Satélite de Barreda y, de golpe, me juntaron con los del Madrid, el Barcelona y el Atleti, que para mí eran como dioses. Me preguntaban dónde jugaba y cuando se lo decía no entendían nada: «¿Pero eso qué es?». Yo estaba allí acojonado, pero empecé a pensar que igual…Que igual eras un futbolista y no lo sabías.Exacto. Debuté con esa selección en París, en el Parque de los Príncipes, y alucinaba. Salir de mi pueblo e ir allí fue… Yo no había viajado fuera de Cantabria nunca, ir a Madrid en coche a la concentración ya me había impresionado, pero coger un avión a Francia… ¡Hostia! Fue increíble y ya me empecé a creer algo. Entonces me fichó el Racing, estuve sólo una temporada, fui pichichi de Segunda con 18 años. Ahí ya llegó el Madrid y vi que igual sí me iba a dedicar a esto.¿A qué pensabas dedicarte hasta entonces?Hice el preuniversitario con la intención de estudiar Químicas, pero el fútbol lo torció todo. Luego, ya en Madrid, empecé Empresariales, pero lo dejé porque era imposible. Estaba Miljanic, entrenábamos mañana y tarde, por la noche iba a la universidad, los viajes europeos… No había manera. Así es la vida. Fíjate, del químico que hubiera debido ser a delantero centro sin saber bien cómo.También fuiste monaguillo y por ahí no seguiste.(Risas) A ver cómo te crees que te sacabas unas perras de niño en el pueblo. Iba todos los días de la semana a ayudar en misa y el domingo me daban dos pesetas. Con eso eras el rey, te podías comprar hasta una Fanta.

Volviendo al fútbol, me cuesta creer que no vieras antes que eras mejor que el resto.De verdad, yo no creía que fuese muy bueno. En el Satélite jugaba con algunos mucho mejores que yo y pensaba: «Si este no parece que vaya a llegar, ¿dónde voy yo?». Allí aún no jugaba de nueve, sino en mediocampo con el ocho, y al llegar a la selección juvenil estaba Dani Solsona, del Espanyol, que para mí era Pelé: regateaba, la bajaba, era técnicamente buenísimo. Me veía a su lado y no sabía qué pintaba allí, no me veía ningún futuro, no tenía esas cualidades técnicas. Como jugador del norte era peleón, rematador… Los campos de Santander en aquella época siempre estaban embarrados, así que no podías ni plantearte hacer una pared. Desplazamientos largos, entrar por la banda si te dejaba el agua, centrar y rematar. No podíamos jugar de otra manera. Veo los campos de ahora y me entra la risa.¿Cuándo pasas a ser delantero centro?Siendo juvenil, echó mano de mí el primer equipo del Barreda que estaba en Regional. Ahí aún jugaba de centrocampista, pero marqué muchos goles, fui el pichichi del equipo y el Racing, cuando me fichó, ya me puso directamente de nueve. Fernández Mora era el entrenador y lo vio claro. Teníamos dos extremos muy buenos, Isidro y Aguilar que luego estuvieron también en el Madrid, que centraban de maravilla y allí llegaba yo a rematar. Empecé a entrenarlo y es cuando aprendí a cabecear bien.Algo más que «bien», Carlos.Sí, supongo. Creo que era una cualidad que tenía, pero no había depurado. En el Racing me pusieron entrenamientos muy específicos y es cuando me especialicé. Igual había algo innato, pero como jugaba en mediocampo no lo sabía.Aún hoy, 34 años después de tu retirada, ante cualquier buen gol de cabeza se te nombra.Es cierto y no voy a decir que no me emocione un poquillo escuchar lo de «un remate a lo Santillana». Metí muchos goles, estuve mucho tiempo en el Madrid, ganamos muchas cosas… En la mente de los aficionados he quedado y es un placer ver que aporté mi granito de arena para hacer más grande a este club maravilloso que es el Madrid. Me emociona especialmente que el Bernabéu me recuerde todos los partidos en el minuto 7 gracias a Juan [«Arriba con ese balón, que Juanito la prepara, que Juanito la prepara y Santillana mete gol»]. Es muy emocionante.¿Has visto a alguien cabecear mejor que tú?Bueno, como yo no me he visto no puedo juzgar y evito este compromiso (risas). A veces me veo en un reportaje y me sorprendo. Cuando uno tiene ese don, te cuesta valorarlo. Sabía dónde iba el balón, saltaba un instante antes que el rival, me mantenía en el aire un ratito y giraba el cuello. Eso era todo. Además, todo eso se hace en un segundo de modo intuitivo. No te voy a mentir, muchas veces me he sorprendido a mí mismo: «Joder, qué golazo he metido».

Lo cierto es que el Madrid le fichó casi sin querer. La estrella de aquel Racing de Santander era Ico Aguilar y ambos clubes pactaron su traspaso por 16 millones de pesetas, pero el equipo cántabro tenía una deuda de 23 millones y vio la oportunidad de saldarla íntegra, así que propuso al Real que le diera esos 23 y se llevase dos o tres jugadores más, los que quisiera. Ese relleno fueron Santillana y Corral. «Dilo, dilo sin miedo, fuimos el carrito del pescao«, se ríe Carlos. Y así, sin saberlo y por hacer un favor al Racing, se compró una leyenda.

No pintabais mucho los futbolistas en aquella época.Nada de nada. No te vas a creer cómo me enteré de que me iba al Madrid. Estaba sentado en mi pensión de Santander preparando los exámenes y vino la señora a avisarme de que mi entrenador, Fernández Mora, estaba al teléfono. Lo cojo y me dice: «Carlos, enhorabuena, tío, has fichado por el Madrid». Y yo: «¿Qué? No me tomes el pelo que estoy muy liado con la Física». No sabía absolutamente nada de que estuvieran negociando. Se habían reunido y me habían vendido. Yo no había hablado con nadie, ni con mis padres, ni había negociado mi contrato. Nada. «Carlos, tú no te preocupes que está todo hecho». No sabía ni por cuántos años, ni el dinero, ni si a mis padres les iba a parecer bien… Lo habían decidido todo por mí.Pero allá que te fuiste.Sin contrato ni nada. Nos montamos Aguilar, Corral y yo en el coche acojonados y nos plantamos en el Bernabéu. Éramos muy jóvenes, estábamos en un equipo de Segunda… Era un escenario que ni se nos había pasado por la cabeza, pero tampoco dudamos. Con esa edad, yo hubiera firmado cualquier cosa que me pusiera el Real Madrid delante. Ahora se hubieran presentado allí en mi nombre media docena de representantes, pero yo nunca tuve uno. Eso también te endurece y te espabila. Siendo casi un niño me sentaba delante de Saporta o de Bernabéu a negociar mis cosas. Nadie te defendía, ibas asustado, pero ibas. Así fue mi fichaje y lo volvería a repetir encantado. Ya tendría tiempo luego de ganar dinero. Ir al Madrid era la ilusión de mi vida, una que no creía posible.¿Impresionaba tanto Santiago Bernabéu como cuenta la leyenda?Don Santiago imponía, pero a mí me quería mucho. Me veía tan indefenso que pensaba: «Pobrecito este niño» (risas). Cuando llegué estaban Amancio, Pirri, Velázquez, Grosso, Zoco… Una generación que para mí eran dioses y don Santiago me protegía mucho. Cuando coincidíamos en algún sitio se acercaba con mucho cariño y siempre me decía las tres mismas cosas. Primero se interesaba por mí y mi familia: «¿Qué tal estás en Madrid? ¿Necesitas algo? ¿Están bien tus padres?». La siguiente frase era: «Carlos, recuerda, hay que ser humilde, para triunfar en el fútbol y en el Madrid hay que ser humilde». Y lo último, como yo llevaba un poco de melena, era: «Oye, cuando estás jugando, ¿no se te mete el pelo en los ojos?» (risas). Nunca me dijo directamente que me lo cortara, pero eran otros tiempos y sabías lo que había. He tenido compañeros en el Madrid a los que les hicieron afeitarse el bigote. Y toda esta conversación, firme con las manos a la espalda y respondiendo sólo «sí, señor» y «no, señor». Eran otros tiempos, se lo cuento a mis hijos y piensan que vivía en el Cuaternario.En Madrid también vivirías en una pensión.Sí, en una de la calle Santa Isabel llena de estudiantes. Allí nos metió el Madrid a unos cuantos soltericos, lo que pasa es que tampoco aprovechamos mucho, porque no te daban llave y por la noche no se podía llegar tarde. Ni ligar ni subir a una chica ni nada, estaba vigilando la señora Pilar, que era la que llevaba el hostal, y no pasaba ni una. No te digo ya una chica, te digo una cerveza. Nada. Pero yo era feliz, para mí era un sueño todo, ¡había pisado un campo de fútbol por primera vez cuatro años antes! Alucinaba.¿Y tus padres cómo llevaron esa vorágine?Cuando eres tan joven no piensas en tus padres, sólo en tu vida y en la oportunidad que tienes, pero con el tiempo me di cuenta de que lo pasaron mal. Ellos jamás habían salido de casa, no habían cogido un tren para ir a algún lado, no sabían nada de nada y todo aquello les asustaba. Me apoyaban, pero ahora sé que sufrieron.

¿Existe el ADN madridista, del que tanto se ha hablado en esta última Champions?Existe y se transmite en ese vestuario de generación en generación. Con el tiempo y la evolución del fútbol se ha ido haciendo más complicado y ha habido momentos en los que he dudado que siguiera vigente, pero en un jugador como Benzema lo ves clarísimo. Llegó siendo un chavalín totalmente ajeno a esta historia y hoy es un líder en el que detectas todos los valores del Madrid. Si miras hacía atrás, vas viendo la cadena de transmisión: Ramos, Raúl, Hierro… Cuando yo llegué, Amancio nos pegaba unas broncas que te ponían firme: «El que no salga muerto de este partido, no vale para jugar aquí». A él se lo habían transmitido Gento o Alfredo (Di Stéfano) y, luego, Camacho o yo, que estábamos asustados ahí, se lo acabamos transmitiendo a la Quinta del Buitre. En realidad, el ADN es bastante sencillo: esta camiseta la han vestido Di Stéfano, Gento y Puskas, ese prestigio hay que defenderlo y aquí no se puede perder sin pelear hasta lo imposible. Lo que te hace ser un ganador es saber que toda esa historia recae sobre ti. Y eso lo detectan los rivales: si te despistas un minuto contra el Madrid, estás muerto. Eso lo saben y da miedo. Lleva siendo así un siglo.Tras cosas como la de este año, ¿cómo le explicas a los jóvenes que jugases 17 temporadas en el Madrid y no ganases la Copa de Europa?Eso no se lo perdono a la Quinta del Buitre, se lo digo a Butragueño cada vez que le veo. Perdimos la final del 81 con el Liverpool, en el mismo campo [el Parque de los Príncipes] donde luego perdí también la final de la Eurocopa 84, pero la realidad es que aquel equipo no era un gran equipo. Sin embargo, no es admisible que luego no fuésemos campeones de Europa con la Quinta. Aún no lo entiendo porque ese sí era un equipazo. La mezcla de jóvenes y veteranos era para haber ganado no una sino dos. La del PSV en concreto es absolutamente incomprensible que se nos escapase. Aún me duele. ¡La Quinta era la repera, una calidad como no se había visto en España! Me acuerdo que, cuando llegaron, siempre pensaba: «Estos me hacen campeón de Europa dos veces». Y mira… Es una espina que siempre llevaré clavada. Es una deuda que tiene el fútbol con esas dos generaciones: la Quinta y la de Juanito, Camacho y yo. Fútbol es fútbol, ¿no?Lo que sí viviste de pleno son las remontadas del miedo escénico, que eso también queda.Claro, eso es leyenda. ¿Cómo no va a serlo con las que liábamos en la ida? Por nuestra forma de jugar sufríamos mucho fuera, no teníamos contraataque. Nuestras eliminatorias empezaban en el momento que el árbitro pitaba el final del partido de ida. Ya entrábamos al túnel de vestuarios jurando en hebreo y dándonos los unos a los otros los motivos por los que íbamos a remontar en Madrid. Estábamos hechos para esos partidos de ataque en tromba. Teníamos en las bandas a Míchel y a Gordillo, dos de los mejores extremos del mundo, a Martín Vázquez y Butragueño creando por dentro y en el área Hugo o yo, que metimos goles toda nuestra vida. Si teníamos el balón, éramos indefendibles. Esas eliminatorias no son de casualidad, aunque siempre necesitas una dosis de suerte grande. Me hace gracia cuando llaman remontadas a lo de ahora, porque no tiene nada que ver. Cuando tu pierdes 5-1 o 4-1, como nosotros, tienes que salir a presionar arriba desde el minuto 1 y el nivel de esfuerzo y de exposición es enorme. Nosotros no podíamos esperar al minuto 80 como ha hecho el equipo este año.Todo esto que hemos hablado estuvo a punto de truncarse cuando, con 21 años, los médicos descubrieron que sólo tienes un riñón.¿Sabes qué fue lo peor de aquello? Que me enteré por la prensa de que sólo tenía un riñón y mi carrera peligraba. Estaba en la pensión, cogí el diario Pueblo y en la portada leí: «Santillana tiene que abandonar el fútbol». Fue terrible. Yo no sabía nada, mis padres también se enteraron por el periódico, un disgusto de la hostia… El club lo sabía y se lo había callado mientras me hacían más pruebas, pero un médico de los que me había visto lo dijo y estalló todo. Esa fue la primera vez que mis padres salieron de Santander para estar conmigo. Psicológicamente fue muy duro.¿Nunca habías tenido problemas?Jamás, yo había hecho una vida totalmente normal. Todo esto se descubre porque, en un partido contra el Espanyol, Pedro de Felipe me dio un rodillazo en el bajo vientre y ya al caer al suelo me di cuenta de que algo iba mal, porque no me podía levantar. Me retiran en camilla, orino sangre y ya me empiezan a hacer pruebas. Ahí es cuando descubren dos cosas: que la lesión del riñón se iba a curar sin problema… y que sólo tenía uno. Entonces es cuando surge el gran debate: si un futbolista puede jugar con un único riñón. Ese era el problema que veían los médicos, que existía el riesgo de que otro golpe me quitase el único riñón que tenía. Así estuvimos meses, sin que ningún doctor se la quisiera jugar, hasta que el Madrid me llevó a Barcelona a ver al doctor Puigvert, que era una eminencia mundial en urología.¿Qué te dijo?Me acompañaron Saporta y mis padres y estuvimos en casa de José Antonio Samaranch, que nos concertó la cita y nos arropó en todo momento. En realidad, mi mayor problema era psicológico porque yo ya me había recuperado del riñón, pero tenía miedo tras escuchar tantas dudas médicas. Puigvert me dijo: «Mira, Carlos, tienes sólo una cabeza y si te cae una maceta, te mata. Punto, se acabó. Tienes sólo un hígado, un mal golpe, te lo revientan y al otro barrio. Y no por ello dejas de hacer cosas. Pues con el riñón, lo mismo. Juega sin miedo». Y ahí me decidí a seguir, aunque me costó mucho volver a jugar bien y sin miedo. Pero al final me acostumbré y hasta hoy, que he estado con los veteranos hasta hace nada.Antes hemos nombrado de pasada la Eurocopa 84. Esa selección estuvo cerquísima de pasar a la historia, pero ha quedado un tanto olvidada.Yo con la selección tuve dos experiencias muy malas, en los Mundiales del 78 y del 82. He jugado dos Mundiales y guardo mal recuerdo de ambos, que ya es mala suerte. Por los resultados, por el ambiente, por todo… Pero todo eso lo compensa el 84. Teníamos un equipo muy bueno y, sobre todo, muy sólido. Ganarnos era muy complicado. Si metíamos un gol, estaba casi todo hecho. Maceda, Goiko, un Arconada increíble… Se recuerda siempre el fallo de la final, pero hace un torneo fantástico. Marcarnos era una hazaña y siempre he pensado que, contra cualquier otro rival que no fuera Francia, somos campeones de Europa.Ese torneo es la consecuencia del 12-1, en el que metes cuatro golitos.Es curioso lo de ese partido. Todo lo que pasó antes de empezar, la planificación, las conversaciones, la confianza, me hace pensar que fuimos muy grandes, pero el partido no me deja esa sensación, porque no había rival. Nuestros enemigos eran el reloj y nosotros mismos, no Malta. Habíamos calculado que necesitábamos 30 ocasiones de gol para meter esos 11 o 12 goles, una cada tres minutos. Era una contrarreloj, no un partido de fútbol. Fuimos muy grandes porque nos propusimos esa meta y cumplimos, pero fue una hazaña sin rival. Fue extraño. Lo que aún me impresiona es que la mayoría de los goles fueron muy bonitos, bien elaborados. Rincón marcó unos golazos que no volvió a marcar en toda su carrera (risas).Ahora, ¿a qué dedicas el tiempo libre?A disfrutar de la vida, que ya tengo edad. Estuve 23 años trabajando en Reebok, lo dejé y ahora estoy disfrutando de la familia y de los nietos. Con el fútbol no se podía vivir demasiado, siempre entrenando, jugando, de viaje, concentrado… Está muy bien, pero no vives de verdad hasta que acabas.¿No te tentó seguir en el mundo del fútbol?Nada. El fútbol me ha encantado, lo he amado desde niño, pero para jugarlo. La alegría incomparable de meter un gol es maravillosa, pero ser entrenador me ha parecido siempre una tortura. He visto de cerca lo que sufrían, lo injusto que es el fútbol con ellos y lo injustos que son ellos. Nunca me atrajo. Recuerdo que Camacho, Juanito y Valdano ya se estaban sacando el carnet cuando jugábamos y me intentaban convencer, pero nunca me interesó.¿Tuviste muchos entrenadores injustos?Todos. Cometen injusticias porque no les queda más remedio. Siempre hay futbolistas que están entrenando de maravilla y no les puedes poner el fin de semana porque hay otro que es más vago y trabaja la mitad, pero ha nacido con más talento y sabes que te puede resolver el partido y salvarte el puesto. Ese tipo de injusticias me ponían enfermo aunque las entendiera. El aficionado sólo ve futbolistas, pero cuando estás dentro ves padres de familia que se juegan su futuro y éste queda en mano de los entrenadores. Yo no quería esa responsabilidad. He sido mucho más feliz así.

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