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GASTRONOMÍA | Bares de juventud

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    ¿No puedes verlo bien? pulsa aquí  Historias con delantalSábado 11 de junio de 2022    Bares de juventud   VICENTE AGUDO  Hola ManuelCalzaba un flequillo que ya mostraba síntomas de debilidad pese a mi juventud. Te estoy hablando de los 18 o 19 años. En este época, mis gustos gastronómicos no eran muy exigentes, salvo el de no llegar a intoxicarme. En este escenario aparece un bar al que iba con los colegas del pueblo los sábados por la noche: Ca Tisarra , comandado por el tío Alfredo. Para nosotros no era un local más, era nuestro bar. Recuerdo que la primera vez que puse un pie allí sabía que no iba a ser la última. Sentado junto a una barra enorme había un hombre delgado, con melena muy oscura, de mediana edad con unas Ray-Ban verdes cuya patilla sujetaba con un imperdible. Le llamaban el Argentino. Quizá porque le gustaba filosofar y hablar sin parar. Esa era el tipo de fauna que merodeaba el local. Esa y nosotros.No era el sitio más pulcro que fueras a encontrarte, pero con 20 años eso nos daba igual. Sólo pensábamos en salir de allí y que por cuatro duros no necesitáramos hacer botellón. Esa era la idea. Por norma general, el bocadillo siempre lo llevábamos de casa. La cartera tampoco estaba para tirar cohetes; y para qué negarlo, la bebida se llevaba la mayor parte. Las tapas eran sota, caballo y rey. No había cambio de carta en cada estación ni una larga lista de vinos. El que servía el tío Alfredo salía de dos enormes toneles que envejecían en el comedor. Pero lo que si mantenía a rajatabla era la estacionalidad: en invierno servía una habas hervidas deliciosas y en veranos caracoles en salsa ligeramente picantes. Unos tacos generosos de salchichón y chorizo completaban la lista de todo lo que se podía pedir en Ca Tisarra. Nada más. Ni papas.Para el tema del bebercio el problema es que nadie se atrevía a beber en los vasos, así que tirábamos de porrón hasta el final. Y digo hasta el final porque el carajillo también lo metíamos ahí. Es más, hubo una temporada que nos dio por pedir cava con un nombre que nunca he conseguido recordar…y también iba al porrón.Cuando la cerveza apretaba la vejiga y ya no había marcha atrás, la visita al baño era todo un desafío. Si alguien venía nuevo no se le avisaba, que aprendiera de la experiencia. Así que se dirigía hacia el corral y en la penumbra atisbaba la puerta donde se encontraba el inodoro. También veía entre sombras que había un perro atado. Bendita inocencia. Lo que no sabía es que la cadena era tan larga que se enconrtaba a su merced. Y ahí estábamos nosotros, sentado en la mesa descojonados de risa esperando a que apareciera corriendo. Te preguntarás dónde íbamos al baño; pues muy fácil, el bar estaba rodeado de campos de naranjos. Había sitio para elegir.Hay ocasiones en las que echo de menos Ca Tisarra. Dejando a un lado el rollo melancólico, va bien de vez en cuando volver a este tipo de bares, con la justa cantidad de suciedad en el suelo, su olor característico, sus sempiternos personajes apostados en la barra con las mismas discusiones de siempre o esos platos que, pese al paso de los años, saben a lo que tienen que saber. Ahora me serviría como un centro de rehabilitación y desintoxicación para eliminar de mi cerebro esa cocina barroca con más pretensiones que talento; la de esos cocineros que piensan que un chorretón de reducción de vinagre balsámico realza una ensalada y que poner un pseudofoie con mermelada de violetas es el sumum de la vanguardia. No te alarmes, esto es así. Y seguro que conocerás más locales que se atreven, con más pena que gloria, con ceviches y baos y después te presentan unas bravas o calamares que no hay Dios que se las coma.Me encantaría poder sentarme ahora en la barra con el Argentino con una cazalla de por medio para que pudiera quitarme toda la tontería que llevo encima con uno de sus aforismos. Que el tío Alfredo, con su semblante serio y su mano temblorosa, nos pusiera un plato de caracoles de esos que no puedes parar de chupar los dedos para no perder ni una gota de su salsa. A veces hay que poner en valor este tipo de bares para poner los pies en el suelo. Para comprender que muchas veces lo sublime reside en lo sencillo

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