Alfaz del Pi

Diez años para destruir o salvar el planeta

El récord en emisiones de gases de efecto invernadero, las toneladas de microplásticos en los océanos o el hambre son los problemas más acuciantes

Estado del planeta
Estado del planeta FOTO: M. ROSELLÓ

CREADAÚLTIMA ACTUALIZACIÓN05-06-2022 | 02:29 H

Una sola década. Eso es lo que la agenda 2030 impulsada por las Naciones Unidas y seguida ciegamente por muchos gobiernos ha dado al planeta para empezar a resolver sus principales problemas. En la década de los 30, algunos de los retos medioambientales catalogados como más acuciantes han tenido que empezar a encontrar solución.

Bajo la premisa de la agenda 2030 se han puesto en marcha políticas energéticas de descarbonización, planes de mitigación del impacto ambiental de la industria, reconversiones económicas de gran calibre, rediseño de políticas migratorias, inversiones millonarias y anuncios planetarios. No deja de ser una fecha simbólica, que no se sustenta en una certeza científica definitiva (¿Por qué 2030 y no 2040?), pero ha puesto sobre el tapete algunos de los problemas relacionados con el medioambiente que más urgen atajar. Con sus pros y sus contras, sus grados distintos de evidencia científica y sus diferentes niveles de urgencia. Estos son los más destacados.

Misión: enfriar la Tierra

Sin duda, la palabra mágica es clima. Desde que el concepto de cambio climático se instaló en las conciencias de todo hijo de vecino, la mayor parte de las decisiones que se toman relacionadas con el cuidado de la Tierra se hace mirando al cielo, en concreto a la atmósfera y a las emisiones de gases de efecto invernadero que la están impactando.

Lejos de tratarse de una cuestión resuelta, a pesar de que durante décadas se ha transmitido la idea de que los gobiernos no cejan en su empeño por combatirlas, las emisiones de CO2 y otros gases no han dejado de crecer y han apuntalado la certeza de que la inacabable sucesión de cumbres del Clima ha servido para bien poco.

En 2021, con un incremento total de 2.000 millones de toneladas, las emisiones alcanzaron un nuevo récord histórico. De nada sirvió el parón de la pandemia y los teóricos esfuerzos de la comunidad internacional por descarbonizar la economía.

Para colmo, la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania ha forzado a muchos países a quemar más carbón y retrasar el ya aparentemente imposible sueño de reducir la curva de contaminación. Desde 1990 la cantidad de CO2 emitida por la actividad humana ha aumentado un 50%. El objetivo de mantener el aumento de las temperaturas por debajo de los 2 grados, marcado por el Protocolo de París, parece ya una utopía. Puede que la idea de la lucha contra el cambio climático se convierta en uno de los mayores fracasos históricos del empeño humano (al menos del empeño gubernamental).


Cada año, 5 millones de personas en el mundo mueren de forma prematura por inhalar aire en malas condiciones

Organización de las Naciones Unidas (ONU)

El CO2 no es un gas contaminante. Es causante de efecto invernadero, pero no es tóxico a los niveles a los que lo absorbe la atmósfera. Sí lo son, y mucho, otras emisiones derivadas de la quema de combustibles tales como el Anhídrido Carbónico o las partículas PM 10 y PM 5, por ejemplo.

El aire contaminado se ha convertido probablemente en una de las amenazas para la salud más universalmente extendidas. Según la ONU, cada año se producen en el mundo 5 millones de muertes prematuras por inhalar aire en malas condiciones. Se entiende por muerte prematura el fallecimiento por causa de una enfermedad que se ha agravado o cronificado por culpa del contacto con contaminación atmosférica. Dos terceras partes de esas muertes se producen en infrahogares de todo el planeta donde millones de familia siguen calentando las estancias o cocinando con el fuego producido tras quemar keroseno, gasóleo, madera o carbón.

El principal problema de la contaminación del aire no está (al menos no solo) en las carreteras del mundo desarrollado, sino en las paupérrimas casas de los países más pobres. Nunca como en este caso se ha demostrado de manera tan directa la relación entre desarrollo económico, medioambiente y salud.

Océanos limpios

En las últimas décadas, la ideología «verde» ha empezado a tornarse azul. Y es que, si hace unos años el epítome de medioambiente era una jungla frondosa o un bosque reverdecido, hoy lo es un mar limpio. Los océanos se han convertido en depósitos de buena parte de nuestros residuos, sobre todo de los plásticos.

Se piensa que, para el año 2050, el 78% de los mamíferos marinos del planeta entrará en contacto con alguna fuente de basura plástica en algún momento de su vida. Millones de toneladas de microplásticos pululan por el océano poniendo en riesgo las fases más primarias de la cadena trófica: las especies de plancton y krill de las que se alienta el resto de la paleta de animales superiores del medio acuático. Los expertos han puesto el foco en este problema tanto como en el exceso de pesca y la acidificación del océano (la tendencia al aumento del Ph del agua del mar por culpa de factores como la contaminación y el calentamiento).

El hambre apunta al alza

La alimentación es otro de los problemas generalmente ensombrecidos por el brillo cegador de la causa climática pero que empieza a llamar la atención de cada vez más gestores ambientales. Este año, por primera vez en mucho tiempo, las proyecciones sugieren que la tendencia del hambre en el mundo irá al alza. Según datos de la FAO, desde el año 2001 el porcentaje de ciudadanos que sufren malnutrición no ha dejado de disminuir, desde un 12,40% a menos de un 8% . Pero algunos problemas serios, no todos estrictamente medioambientales, pueden revertir la positiva tendencia.

El primero de ellos es la pérdida de biodiversidadEntre los siglos XX y XXI hemos perdido el 8% de los animales conocidos y un 22% se encuentra en algún tipo de peligro de extinción. La pérdida de diversidad biológica no solo es una amenaza para los ecosistemas, sino que pone en peligro el equilibrio productivo de alimentos. Además, la reducción de la población en áreas agrícolas supone un paulatino deterioro de la capacidad de producir. En 2050 menos del 30% de la población mundial vivirá en zonas rurales y se habrá desplazado a ciudades. Habrá abandonado el campo y dejado sin mano de obra la actividad que debe encargarse de alimentar al resto de la población.

Estado del planeta
Estado del planeta FOTO: M. ROSELLÓ

La escasez de cereal por la guerra en Ucrania pueden traer consigo en los próximos años nuevas hambrunas en las zonas más débiles del planeta

ONU

Para colmo, la guerra de Ucrania bloquea la producción, precisamente, en uno de los graneros de alimento del mundo. Recientes informes de Naciones Unidas han alertado de que la falta de provisión de cereal desde el centro de Europa y la presión de demanda en otros mercados derivada de la guerra pueden traer consigo en los próximos años nuevas hambrunas en las zonas más débiles del planeta. Quién sabe si estamos en trance de recuperar las tristes imágenes de poblaciones desnutridas que parecía que empezaban, en cierto modo, a pasar a la historia.

Otros retos ambientales a los que nos enfrentamos son más conocidos, pero, no por ello, mejor resueltos. El estrés hídrico afecta, por ejemplo, a cada vez más áreas del planeta no solamente derivado del aumento de sequías sino también de la mala gestión de las reservas, como los acuíferos. Aunque no está del todo demostrado, algunos científicos creen que nos enfrentamos a una era de mayores desastres meteorológicos, por ejemplo, huracanes. Y el manejo de los residuos urbanos, en una población que superará los 8.500 millones de habitantes en 2030, sigue siendo un problema sin solución cercana.