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Objetivo: tumbar a Putin, «criminal de guerra» y paria en los foros mundiales

GRAN ANGULAR

EEUU y la UE escalan la ayuda militar a Ucrania para que la victoria de Kiev mine al presidente ruso en su propio país

Mural con la imagen del ruso Vladimir Putin llevando un niño muerto con su propia cara.
Mural con la imagen del ruso Vladimir Putin llevando un niño muerto con su propia cara.V. PETROVA / AP

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Actualizado Domingo, 8 mayo 2022 –

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Occidente ya no quiere a Vladimir Putin. Es cierto que nunca fue un personaje muy apreciado desde la frontera de Bielorrusia hacia el oeste, pero había que lidiar con él. En cambio, desde el 24 de febrero, fecha inicial de la invasión a Ucrania, en las cancillerías europeas y norteamericanas ya se le considera parte del pasado. La derrota de los rusos en Kiev y el descubrimiento de los pavorosos crímenes de guerra cometidos por los soldados rusos en Bucha pusieron el último remache en ese objetivo común: «Hay que tumbar a Putin». Nadie quiere un mañana con él al frente de Rusia, aunque nadie lo explicite directamente.

El caudillo ruso ya no es un interlocutor admisible en Occidente tras su descenso a los infiernos en Ucrania y sus sucesivas amenazas nucleares. El mundo libre lo considera un personaje amortizado y superado por sí mismo. Ahora viene la parte difícil del asunto: cómo hacer para que caiga el tirano. De momento, Bruselas y Washington ya han dejado claro que las sanciones no se negocian: sobrevivirán a la guerra porque el objetivo no es ya que Rusia firme el alto el fuego, sino que Putin caiga.

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De momento, ante el desastroso comportamiento del ejército ruso en la batalla de Kiev, los aliados de Ucrania cambiaron el plan: de proporcionar armamento defensivo de corto rango se ha pasado, en esta segunda fase de la guerra, a mandar armas mucho más letales y de largo alcance, como artillería, drones suicidas, helicópteros y hasta cientos de tanques y blindados. Además, EEUU y Reino Unido han enviado una montaña de dinero a Kiev.

El objetivo ya no es que Ucrania resista, sino que gane la guerra, porque no hay nada más disruptor en el imaginario del Kremlin, que ha fomentado esa figura del líder fuerte que cabalga, caza y pesca en Siberia a pecho descubierto, que un líder que vuelve a casa habiendo perdido una guerra. Rusia no quiere a los perdedores porque así se lo han hecho ver tipos como Putin, mientras que la Casa Blanca ha dejado claro que quieren que gane Ucrania y que el ejército ruso quede derrotado «para evitar que Putin vuelva a intentar hacer lo mismo de nuevo con otro país». «La única forma en que esto termine es que alguien en Rusia elimine a este tipo», ha llegado a decir el senador de EEUU Lindsey Graham.

El coste de armar a Ucrania está siendo muy alto, así como el de reducir la dependencia del gas y el petróleo rusos, pero en Bruselas, Londres y Washington todo este gasto se considera una inversión de futuro. Sin Putin al frente, creen, el planeta puede ser un lugar mejor. Hasta Alemania, tras semanas de titubeos, lo ha entendido así y ha aprobado el envío de sus potentes antiaéreos Gepard, que ayudarán a Ucrania a derribar aviones rusos.

Un vistazo a las últimas andanzas del régimen de Moscú debería incluir, por ejemplo, los intentos nada disimulados de influir en las elecciones de EEUU o el Brexit, el hacer de banquero para toda la extrema derecha europea, la exportación de sus mercenarios a lugares como Libia, República Centroafricana o Mali, con nefastas consecuencias, haber superado todas las líneas rojas en Siria para mantener al tirano Bashar Asad y que la UE tuviera que encargarse de un millón de refugiados que huían de sus bombas, ataques informáticos a estructuras clave en países europeos (entre ellos, España), la difusión de una propaganda tóxica disfrazada de información y hasta el derribo de un avión de pasajeros en cielo ucraniano, el MH17 en 2014. Y, pese a todo, nadie había roto con Rusia.

Es sin embargo su agresión a Ucrania, bajo excusas a veces ridículas, como la supuesta desnazificación, lo que hace rebosar el vaso de la paciencia de Occidente. Putin ha sido el gran desestabilizador, pero ahora ha subido de nivel tratando de que no se le escapen zonas de influencia. Y Ucrania, según su mente de espía amueblada por el KGB, es parte indivisible de Rusia.

«Putin no es Hitler ni Benito Mussolini, ni siquiera es Joseph Stalin, es un problema moderno, y resolver un problema como él requiere nuevas habilidades, nuevos sacrificios y nuevas leyes», escribe el periodista de investigación Oliver Bullough, uno de los que mejor conoce la cleptocracia rusa, en The Guardian.

La estrategia, fallida con el caudillo ruso desde hace años, donde se le marcaba una línea roja (el uso de las armas químicas en Siria) para que luego lo superara sin ningún tipo de consecuencia ha sido letal. Ahora, la idea de los líderes occidentales es otra: no dejar de tensar la soga hasta que no pueda respirar por muchas amenazas que lance. Hasta Suecia y Finlandia, países neutrales durante décadas, han solicitado su entrada en la OTAN, temerosos de que Putin vuelva a invadir a otro vecino después de haberlo hecho con Ucrania. La UE ya ha declarado su intención de armar también a Moldavia para evitar otra invasión de Moscú. Las amenazas de Putin ya no frenan a nadie.

Por ejemplo, este miércoles el ministro de Defensa de Rusia, Sergei Shoigu, volvió a repetir que los envíos de armas de la OTAN son un objetivo legítimo a atacar. Pero el ritmo de entrega de material bélico no sólo no se interrumpe, sino que crece. Ni la alusión a las armas nucleares ha hecho que Occidente se mueva un milímetro de su idea inicial.

Uno de los hitos que marcan ese desprecio es, como dice Mira Milosevich-Juaristi, investigadora principal del Real Instituto Elcano, «la definición de Vladimir Putin como un criminal de guerra por parte de Occidente. Por ejemplo, Slobodan Milosevic no fue definido como criminal de guerra hasta después del bombardeo de la OTAN en 1999, aunque él fue el principal responsable de la guerra de Croacia y Bosnia Herzegovina (1992-1995). Milosevic, incluso, llegó a firmar la paz de Bosnia Herzegovina, aunque sus tropas la habían ido destruyendo sistemáticamente durante casi tres años». El primero en llamar criminal de guerra a Putin fue Biden, y luego llegaron todos los demás, casi al unísono, como si fuera una estrategia pactada. Uno de los que más ha insistido en este argumento es, por cierto, el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell. ¿Puede alguien negociar con un criminal de guerra? ¿Validarán el resto de líderes occidentales a alguien a quién están contribuyendo a juzgar, enviando equipos forenses a Ucrania para presentar pruebas en su contra?

«El argumento a favor del final de Putin generalmente se basa en su guerra genocida contra Ucrania», escribe el politólogo Alexander J. Motyl en The Hill. «Putin no sobrevivirá porque el aumento de las bajas en la guerra y el colapso económico llevarán a muchos rusos a las calles e inducirán a las élites económicas y políticas a conspirar contra él», asegura. «Antes de la guerra, el riesgo de sufrir un golpe de Estado para Putin era cercano a ceroY ahora el riesgo es ciertamente mayor», dice Brian Taylor, profesor de la Universidad de Syracuse y autor de El código del putinismo. Y Occidente lo alimentará por todos los medios posibles.

LOS CASTIGOS A PUTIN

Las sanciones económicas de momento no han golpeado duro a la economía rusa pero lo harán en unos meses, sobre todo cuando se acabe el efecto del dopaje estatal sobre la compra de rublos que lanzó el Kremlin. Para el ejército será muy difícil reponerse del mazazo ucraniano si no se declara oficialmente la guerra, porque sin esa declaración no hay ley marcial, y sin ley marcial no hay leva de reservistas, y sin leva de reservistas no se podrán cubrir las miles de bajas producidas en la invasión. Con los tanques y aviones pasa lo mismo: Moscú tardará años en reponer el material bélico perdido, porque las sanciones no permiten la llegada de determinados componentes tecnológicos esenciales para este armamento.

El descontento interno ya ha comenzado: Putin está castigando a los funcionarios de alto rango del FSB, la agencia sucesora de la KGB, por los fracasos de la guerra, sobre todo azuzado por los mandos del ejército. Ha puesto a Sergei Beseda, el líder de la rama de Inteligencia extranjera del FSB, bajo arresto domiciliario y ha purgado a más de 1.000 agentes, así que tenemos ya a los espías en contra de los uniformados y viceversa.

Cabe preguntarse si el séquito de Putin, los llamados siloviki o «ejecutores» apoyan a sus viejos camaradas del FSB purgados por Putin o a los generales de entorchados dorados que les han señalado como los traidores y los culpables de la derrota en Kiev.

EEUU y sus aliados esperan que esta crisis, unida al envío masivo de ataúdes a las madres rusas con sus hijos abatidos en Ucrania, comiencen a cambiar la percepción de un país galvanizado por una propaganda cada vez más belicista.

DE DONDE NO SE VUELVE

Es posible que una de las cuestiones más lesivas para la Rusia de Putin es el daño reputacional sufrido en Ucrania. La credibilidad, totalmente perdida por Moscú, costará años de diplomacia recuperar. La última encuesta del CIS indicó que el 90% de los españoles consideran que Vladimir Putin es un «criminal de guerra». Esta opinión se repite de forma parecida en todos los países europeos con la excepción de algunas naciones balcánicas y Hungría, con evidentes vínculos entre Orban y Putin. Tan sólo Gadafi se recuperó de algo así… para volver a caer.

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