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Guerra de máscaras

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  • RAÚL DEL POZO

Actualizado Domingo, 24 abril 2022 – 

Guerra de máscaras

En una entrevista que Aimar Bretos le ha hecho a Moisés Naím (La revancha de los poderosos), el ilustre intelectual ha dicho que las sociedades que tendrán éxito son aquellas en las que haya alianzas entre gente que se detesta. Es una esperanza para los españoles, que tanto se odian políticamente.

Quizás algún día abandonen el fanatismo que ahora les ciega al grito de «que se vayan todos», quizás lleguen a un acuerdo lejos de la crispación más abultada de Europa. Aunque la tensión ha subido durante la guerra de las mascarillas. Los pelotazos en plena pandemia han probado, una vez más, que los partidos no luchan contra la corrupción, sino contra los otros partidos; que actúan por sectarismo. Unos se acusan a otros de haber firmado contratos sospechosos en los días más angustiosos del coronavirus. Como respuesta a las acusaciones de la izquierda por los errores en la gestión de las caretas en el Ayuntamiento y en la Comunidad de Madrid, el PP ha conseguido que el Gobierno y algunos ministros sean investigados por la misma causa.

Es la España de hoy, tan incivil. La del capitalismo de amiguetes, la del esperpento separatista, la de la izquierda que juega con la amenaza a la unidad de la nación y con la persecución del idioma más luminoso del mundo.

El fanatismo del mercadeo ha dejado ya un cuarto trastero de gobernantes quemados, una cacharrería de juguetes rotos. Ciertos políticos no pueden salir a la calle porque les insultan. Como dijo hace unos meses Alfonso Guerra, algunas personas lo mismo abuchean a un presidente del Gobierno que aplauden a una cabra. Es la respuesta de la antipolítica a la mediocridad y el sectarismo de algunos de nuestros gobernantes.

Sobran empleados en el Estado y faltan hombres de Estado en las instituciones, como los hubo en la Transición. Se necesitan políticos con «ese orgullo inocuo y ciego que caracteriza a los grandes hombres» (Sartre). Gobernantes de «virtudes magnánimas», por encima de las pequeñas pasiones de partido. Ortega pone como ejemplo a Mirabeau que, aunque fuera venal, mentiroso y cínico, tenía una visión certera de la política; lo que distingue a un estadista de un simple enchufado. Sobran demagogos y políticos sucios como malos cocineros. Pero, de momento, confórmense con lo que han votado: empleados del Senado y el Congreso.