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Violaciones, asesinatos, secuestros y odio: dos meses de guerra sucia en Ucrania


El ejército ruso colecciona una documentada relación de crímenes que podrían constituir incluso genocidio. En esa agresión cumple un papel fundamental el discurso tóxico de la propaganda por su deshumanización

Un ciudadano ruso camina junto a una tienda de camisetas en Moscú.
Un ciudadano ruso camina junto a una tienda de camisetas en Moscú.EFE

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Actualizado Domingo, 24 abril 2022

Después de semanas sin probar bocado, los perros de Mariupol han comenzado a comerse los cuerpos de sus dueños, tirados en las calles ya sin nadie que los entierre, asesinados en los sótanos o muertos de hambre y sed dentro de las casas, la mayoría en ruinas. Es el horizonte que van dejando las tropas rusas tras dos meses de invasión en los que han borrado varias ciudades del mapa. La geografía del horror, de Bucha a Járkov, de Kramatorsk a Zaporiyia o de Borodyanka a Mykolaiv, deja un catálogo de crímenes de una dimensión que supera los peores presagios antes de la invasión. Puede haber muchos responsables de esta guerra de agresión, pero sobresale uno muy por encima de todos los demás: Vladimir Vladimirovich Putin.

Un genocidio es, literalmente, «la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos». Es difícil que la guerra desatada por Putin en Ucrania entre en líneas generales dentro de esa denominación, como reclama el presidente Zelenski, pero hay aspectos que encajan con alguno de sus puntos. Recordemos que para que haya un genocidio ni siquiera es necesario que haya muertos, sino, por ejemplo, el secuestro masivo de niños de una determinada comunidad, como hicieron los nazis o, más recientemente, el Estado Islámico. Tanto el Tribunal Penal Internacional (TPI) como la ONU llevan semanas recogiendo pruebas de los numerosos crímenes cometidos. ¿Puede Putin ser investigado por genocidio? Es difícil, pero puede pasar.

En un solo día, el 19 de marzo, Rusia reubicó a 2.389 niños procedentes de territorios ucranianos del Donbás hacia sus propias fronteras y recolocados posteriormente en las regiones siberianas. Una de esas criaturas es Veronika, la hija de Marianna, uno de los iconos de esta guerra, ya que fue una de las madres supervivientes del bombardeo ruso a la maternidad de Mariupol.

Tras aquel crimen de guerra, Marianna salió de la ciudad arrasada en uno de los corredores supuestamente humanitarios, pero no hacia territorio ucraniano, sino hacia Rusia, lo que supone un delito de secuestro. Tras acusarla Rusia de ser una actriz en una dramatización ucraniana, fue obligada a aparecer en un vídeo de propaganda en la que ella acusa a Ucrania de haber bombardeado el hospital en vez de Rusia. Días después, en una investigación independiente de la OSCE, quedó probada la culpabilidad de los rusos en el bombardeo del hospital.

Otra característica de los genocidios es el discurso del odio, algo imprescindible para que la ideología venenosa se propague. A la narrativa deshumanizadora del Kremlin, que identifica a los ucranianos con «nazis y drogadictos» se han unido los terminales propagandísticos de Moscú en la propagación de ese mensaje. Al comienzo de la invasión, la agencia estatal rusa RIA Novosti publicó un texto en el que se reclamaba una «solución final para la cuestión ucraniana» en el que se negaba el derecho de Ucrania a existir como estado y que definía al gobierno de Kiev como una «junta fascista», cuando la realidad es que en su Parlamento el partido neonazi Pravi Sektor no consiguió ni un solo diputado en las últimas elecciones.

En la televisión estatal, el presentador Vladimir Solovyov asegura cada noche en prime time que Rusia debe «borrar el nombre de Ucrania, a los ucranianos y a la idea de Ucrania de la Historia». «No debe haber misericordia», dijo por ejemplo ayer, además de pedirle a Putin que continúe con la invasión hacia otros países europeos «de forma mucho más dura».

Mientras, la propaganda estatal de RT y Sputnik, expertos en fabricar realidades paralelas como ha reconocido su propia directora en Rusia, como la del supuesto derribo del avión comercial MH17 por parte de Ucrania, cuando está comprobado que fueron los rusos, tratan de tapar los crímenes de los soldados de Moscú en Ucrania exigiendo «investigaciones independientes» que nunca llegan a ningún lado porque luego es Moscú el que las dinamita. En ese mismo espacio televisivo público ruso, la directora de RT, Margarita Simonyan, dijo que «una parte significativa de la nación ucraniana estaba en las garras del frenesí nazi» y definió a los prisioneros ucranianos como «monstruos» y «bolsas de mierda».

¿Puede ser un medio de comunicación responsable de un genocidio por emitir el discurso del odio? Recordemos Radio Mil Colinas, aquella emisora ruandesa que en 1994 llamaba a los tutsis «cucarachas» y que convocaba a los hutus para perseguirles hasta la muerte. Valerie Bemeriki, la locutora de aquel espacio, sigue cumpliendo su cadena perpetua.

Los crímenes de guerra son masivos y comienzan a estar ampliamente documentados. Uno de ellos es la violación de mujeres. En algunas zonas los soldados rusos se han ensañado con las mujeres ucranianas que no quisieron o no pudieron huir. Es el caso de Bogdanivka, un pueblo del distrito de Brovary, desde el día 8 de marzo en el que comenzó la ocupación. Con una pistola en una mano y una botella en la otra, las tropas de la Z fueron casa por casa buscando mujeres a las que violar, a veces delante de sus maridos encañonados, a veces delante de sus hijos. Fueron decenas en una simple aldea en la que quedaba poca gente por huir.

Las supervivientes de estos asaltos nombran como responsables a los soldados del 90 regimiento de tanques al mando del coronel Andrey Zakharov, que murió días después. Los militares rusos también mataron a los hombres. Viktoria, una de las mujeres que contaron su historia, asegura que uno de los soldados rusos que irrumpió en su casa exigió a su marido que le diera cigarrillos: «Hace mucho que no fumo», dijo él. El ruso le disparó en la cabeza y luego se divirtió con otros militares disparando a perros y gatos de los vecinos.

En Borodyanka, hasta ahora sabemos que 25 adolescentes fueron violadas en grupo y nueve de ellas están embarazadas. Varios cuerpos de niños fueron encontrados desnudos con las manos atadas a la espalda y sus genitales mutilados. Un soldado ruso violó a un bebé. En la guerra de la ex Yugoslavia se llamaban «campos de violación» y los jueces del TPI describieron aquellas prácticas como «instrumentos del terror».

A los conocidos y masivos crímenes de Irpin, Bucha y Borodyanka se unen los cometidos en aldeas y poblaciones de granjeros o jubilados por todas las zonas ocupadas, documentadas a golpe de dron, donde la artillería rusa ha demolido pueblos enteros en los que no había ni resistencia. Druzhnya, Andriivka, Makariv o Lypivka han sido saqueadas primero y borradas después. Existen en Google Maps, pero sólo quedan ruinas y muertos civiles entre ellas.

El bombardeo de las colas de civiles en Mariupol del 9 de marzo, a plena luz del día, también constituye un crimen de guerra que recuerda a matanzas acaecidas en la guerra siria. Uno de los objetivos de la artillería y la aviación rusa han sido los supermercados y tiendas en los que la población podía comprar para alimentarse en medio del cerco.

Ha pasado ya un mes desde el descubrimiento de los cuerpos de hombres, mujeres y niños asesinados en Bucha con las manos a la espalda y siguen apareciendo fosas comunes. Sólo en esa población van más de 1.000 civiles muertos. Cada pueblo liberado es un nuevo horror. Cada metro liberado es un caso abierto contra el invasor.

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