Benidorm

Cadáveres de soldados rusos apilados en camiones frigoríficos

GUERRA EN UCRANIA

El vicealcalde de Dnipro afirma que Moscú «no quiere recuperar» los restos y solicita a las madres del país vecino que vengan a recoger cientos de cuerpos de uniformados

Camión frigorífico con cuerpos de soldados no identificados.
Camión frigorífico con cuerpos de soldados no identificados.Javier Espinosa

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  • JAVIER ESPINOSA

Actualizado Jueves, 21 abril 2022 – 

¿Cuánto vale el cadáver de un soldado? Una cuestión que podría parecer escabrosa pero que ha encontrado una respuesta en el pasado más reciente. Israel consideró en 2004 que los restos de tres uniformados caídos en el 2000 merecían la liberación de 400 presos palestinos y más de una veintena de libaneses. EEUU gasta cada año más de 100 millones de dólares (101 millones de euros) en la búsqueda de los militares que desaparecieron en Vietnam.

Mykhailo Lysenko asiente con la cabeza. El vicealcalde de Dnipro es consciente de que el viejo lema de las legiones romanas -‘Nemo residio’ (nadie se queda atrás)- siempre ha sido un principio básico de los ejércitos. Por eso dice que pese «a ser consciente de la brutalidad de las tropas rusas», se quedó «conmocionado» cuando empezó a recibir despojos de los uniformados del país vecino y «nadie quiso recuperarlos».

Situada en el centro de Ucrania y no lejos de frentes tan activos como Jarkóv o el Donbás, Dnipro se ha convertido en referente para la distribución de ayuda humanitaria, acogida de heridos y recepción de víctimas mortales. También de cientos de uniformados rusos.

«Empezamos a recolectarlos el 4 de marzo. No podíamos dejarlos tirados por ahí. Es un principio humanitario. Pese a la crueldad que están mostrando, ellos también tenían madres y deben ser enterrados con dignidad«, asegura sentado en su despacho.

El número dos de la municipalidad ucraniana es una de esas singulares figuras que se prodigan en los conflictos. Recibe a las visitas en un despacho adornado con retratos del ex presidente estadounidense Ronald Reagan, el papa Juan Pablo II, un gato apodado Biden que deambula con una réplica de la bandera de la nación americana al cuello, un maniquí de tienda ataviado con un casco de piloto y una enorme pantalla donde aparece su página de Facebook. Sobre la mesa mantiene la pistola que suele llevar al cinto.

Lysenko no es un novato en cuestiones militares. Dice que fue uno de los fundadores de batallones de fuerzas voluntarias como Dnipro-1 o Donbás, que se significaron en las confrontaciones de 2014 y 2015 en el este del país.

Sin embargo, nunca se había enfrentado a un desafío como qué hacer con los cientos de despojos humanos rusos que han recalado en la morgue de Dnipro. Escoltado por un reducido grupo de uniformados equipados con ametralladoras, el funcionario local acompaña al periodista hasta uno de los depósitos de cadáveres locales donde se aparca uno de los grandes camiones frigoríficos que en tiempos prebélicos se utilizaban para transportar alimentos.

La normalidad en Ucrania se rompió en pedazos hace semanas. Ahora en el vehículo se apilan despojos humanos hinchados, deformes y renegridos por la descomposición en bolsas de plástico.

«Hemos llegado a contabilizar cerca de 1.500, pero ya se han llevado a 600», afirma mientras cierra los portones del contenedor. «A la mayoría los reconocemos por los uniformes. Algunos, los que son miembros de unidades de élite, llevan unas placas de metal en el cuello. A otros simplemente les tomamos fotos, muestras de las encías y de las uñas, y los metemos en bolsas con un número», argumenta.

El funcionario de Dnipro no es el único que lleva semanas pidiendo públicamente a Rusia que se haga cargo de sus muertos. Oleksiy Arestovych, uno de los asesores del presidente ucraniano, declaró a principios de abril que en las morgues locales se habían acumulado hasta 7.000 cuerpos de soldados rusos y que Kiev había intentado devolver 3.000 de ellos a Moscú el tercer día del presente conflicto y la respuesta de sus adversarios fue que se negaban a recibirlos porque no se creían tal cifra.

El vicealcalde de Dnipro, Mykhailo Lysenko, en su despacho.
El vicealcalde de Dnipro, Mykhailo Lysenko, en su despacho.Javier Espinosa

En 2015, Vladimir Putin declaró que las muertes de sus soldados eran un secreto militar y, por ello, los medios afines a su régimen siguen aferrados a la cifra oficial de fallecidos que ofreció Moscú el 25 de marzo: 1.351 soldados muertos. El ministerio de Defensa ha exigido asimismo que los familiares de los uniformados que han sido abatidos en el conflicto tramiten la compensación que reciben por medio de las instituciones militares y no las civiles para reforzar, así, el control sobre esta sensible cuestión.

La actitud de Moscú se inscribe dentro de su comportamiento en el pasado, según ha denunciado la dirigente del Comité de Madres de Soldados, Valentina Melnikova, una de las agrupaciones más activas a la hora de denunciar la política del Kremlin. Melnikova ha afirmado, en la única entrevista que ha concedido recientemente a un canal de YouTube, que durante la guerra de Chechenia, miles de cadáveres rusos quedaron abandonados durante un mes en «las calles de Grozni -la capital chechena- medio comidos por los animales».

«Entiendo perfectamente cuál es la lógica de Putin para negarse a recibir estos cadáveres. ¿Se imagina usted el problema que supondría tener que admitir que ha perdido 21.000 soldados?», apunta Lysenko.

Las autoridades ucranianas crearon hace semanas un canal en la plataforma Telegram donde difundieron fotos de cadáveres de soldados rusos, un gesto que suscitó ciertas críticas de activistas versados en la legislación sobre los conflictos. Kiev adujo que pretendía facilitar la identificación de estos cuerpos por parte de sus familiares.

«Hemos recibido una avalancha de llamadas de madres rusas, tanto en Kiev como en la propia alcaldía. Solo podemos decirles que tienen que ser ellas las que vengan aquí para recoger a sus hijos», añade Lysenko.

Los muertos son el resultado más obvio de una guerra, y caen de ambos lados. Por eso, los subalternos de Lysenko han excavado ya hileras de tumbas en el cementerio militar de la localidad -uno de los mayores del país- a la espera de los próximos fallecidos que generará la nueva ofensiva rusa en el cercano Donbás. El camposanto tiene dos sectores. El que alberga a los ucranianos que cayeron en los primeros años de la confrontación, tras el debut de las operaciones rusas en 2014, y el destinado para los difuntos de este periodo. Docenas de tumbas -cerca de 200- como la de Eugeni Ketov, de 35 años.

Las refriegas militares que se sucedieron a partir de 2014 siempre estuvieron muy presentes en la memoria de Ucrania y, especialmente, en Dnipro, que fue entonces como ahora, un nudo estratégico de comunicación en el conflicto.

Por eso, hace 5 años, se inauguró aquí el primer museo dedicado a lo que entonces era solo la «guerra del Donbás». Una colección de vehículos acribillados a balazos, engendros militares creados a base de imaginación y placas de metal, y señales de tráfico que aluden a nombres que irónicamente se vuelven a convertir en titulares a base de nuevas tragedias: desde Mariupol, a Kramatorsk, Slovyansk o Marinka.

La escritora Hanna Terianik ha vuelto a viajar al Donbás como ya hizo en 2014. Entonces se dedicaba a evacuar a heridos. «Solo teníamos una ambulancia», apunta señalando a la furgoneta oxidada que hacía las veces de vehículo sanitario en esas fechas. Esta vez se dedica a rescatar a civiles que quieren huir de la guerra. «La gran diferencia entre 2014 y hoy en día, es que esta vez estamos preparados. ¿Ve esa ametralladora antiaérea? -declara mirando a un precario artilugio incluido en la exhibición-. La tuvieron que fabricar cogiendo piezas de otras 4. Ahora tenemos Stingers», indica.

Antes del 24 de febrero, Terianik se desempeñaba como guía para los visitantes que acudían a ver este museo. La ucraniana admite que le resulta difícil recordar batallas tan sangrientas como la de Ilovaisk o la del aeropuerto de Donetsk. «Frente a lo que está ocurriendo en Mariupol o lo que pasó en Bucha, la guerra del Donbás ahora me parece algo pequeño. Este museo se ha quedado antiguo. Cuando acabe la guerra tendremos que actualizarlo«, concluye.