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La casita de chocolate

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OpiniónPREMIUM

Actualizado Domingo, 17 abril 2022

¿Por qué no pactan esos dos un programa moderado y acaban con extremismos, nacionalismos y populismos?

DAVID MUDARRA
DAVID MUDARRA

Comprende uno bien el desánimo de muchas personas cuando miran la realidad española. Incluso sus desahogos, más o menos flamígeros, al ver qué cosas dicen, primero, y hacen, después, tantos políticos.

Ahí tenéis a Sánchez y a Feijóo, llamados a justar, partiendo el campo.

Son hombres todavía jóvenes, ambiciosos, confiados en su buena estrella. Su voz se ha vuelto últimamente algo meliflua: tratan de atraer al votante como la bruja a los niños a la casita de chocolate. Dice uno, suspirando: «Ah, si el Pp se centrara; es lo que necesita España». Dice el otro poniendo la vista en la cúpula celeste: «Ante la errática derrota del gobierno, España nos está pidiendo la estrella polar, la brújula de la moderación que guardamos nosotros en la bitácora».

Uno y otro parecen decididos a orillar la crispación y nos hablan con vaho, como los que hipnotizan.

El votante ingenuo (yo mismo), antes de quedar dormido, alcanza a armar dentro de sí una pregunta sencilla: y si tanto le conviene a España la centralidad, la moderación: si esos dos son tan partidarios de ellas, ¿por qué no pactan entre sí de una vez por todas un programa moderado y garantizan en España la estabilidad para diez o doce años y acaban con extremismos, nacionalismos y populismos?

Acto seguido caemos catatónicos, roncaremos incluso beatíficamente, mientras esos políticos se ponen a lo suyo, sin cortapisas ni vigilancias, a degüello.

Es decir, Sánchez no está dispuesto a hacer lo que le pide a su adversario, y continúa sus alianzas con los indeseables, dentro y fuera de su gobierno, comunistas, nacionalistas, exetarras, golpistas… Se permite incluso una pequeña farsa, y en cuanto puede nos recuerda, escandalizado, poniendo el grito en la misma bóveda celeste que sus adversarios andan pactando con la extrema derecha de Vox (y cuánto echarán de menos en Vox a aquella vicepresidenta que se llamaba Carmen Calvo, nadie ha dicho nunca lo de «la extrema derecha y la derecha extrema» como ella lo decía, frunciendo las equis, sonaba tan sexi que en el tiempo que ella estuvo repitiéndolo a diario Vox duplicó sus efectivos. Y si nunca creyó uno que el Pp fuera «una máquina de crear independentistas», porque los nacionalistas se han bastado solos para ese cometido durante cuarenta años, alguien tendrá que explicar que Sánchez y el Psoe no hayan sido una máquina de crear voxistas).

Por su parte a Feijóo, que viene de una Galicia en la que ha practicado un nacionalismo de baja intensidad, le parece una broma que quien está encadenado a los indeseables le pida a él romper con unos que, al fin y al cabo, no han dado ningún golpe de Estado, ni justificado el crimen político, ni han pasado aún, en la verbena patriótica, de banderitas y gallardetes. En vista de lo cual, como le parecen mucho más aborrecibles los socios de Sánchez que los suyos propios, ha decidido prescindir en todas partes de la única fuerza moderada y centrista con la que gobernaba en algunas regiones, Ciudadanos, y se prepara a gobernar con Vox, como el Psoe está gobernando con… etcétera.

Y así llegamos a ese punto en que Maquiavelo (El Príncipe, XV) llegó a la conclusión de que en política la distancia entre «lo que se hace» y «lo que se debería hacer» no es ningún problema si media una buena cuenta de resultados. Al contrario, cuanto más alejados estén lo hecho y el propósito, mejor, más reforzado saldrá el cinismo.

Decía Machado, hablando de los gitanos, que «se mienten, pero no se engañan». Tal es el cinismo en su noble acepción filosófica. En su innoble acepción, como sucede en la política española, consiguen hacer de la vida algo insoportable, y el desaliento cunde: mienten como pocos y engañan como ninguno: Sánchez hará lo indecible para que el Pp siga gobernando con «la derecha extrema» y Feijóo para que al Psoe no se le ocurra soltar a última hora el lastre extremista cuando vayan llegando las elecciones y haya que presentarse hablando vaho. Y uno y otro, carroñeando a Ciudadanos.

España necesita la centralidad, desde luego, pero ni al Pp ni al Psoe les hace falta. Sánchez ha repetido la única verdad de todo su ciclo: agotará la legislatura con los indeseables; y Feijóo, cierto, no acudirá a Castilla y León a la jura de Santa Gadea, pero, como suele decirse, estará allí con el pensamiento. ¿Ignoran que una gran coalición resolvería problemas seculares? ¿Reformar la Constitución? Podrían. Incluso cosas más sencillas: devolver el poder judicial a los jueces o cambiar, por fin, la ley electoral, restableciendo el principio de «un ciudadano un voto» y no «el uno y medio mío por uno tuyo» de los nacionalistas y otros españoles demediados.

Es el momento en que el hipnótico (usted, yo) mira al retortero. Desorientado, perplejo, algo abatido. No reconoce la casita de chocolate donde le han metido, y busca la puerta con la mirada, sin poder moverse aún. Para salir de allí, si eso es real, o para despertarse, si se trata de una pesadilla.

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