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Jonathan Littell: «Lo único que puede derribar a Putin es el recuerdo del hambre de la Rusia de los 90»

GUERRA UCRANIA-RUSIA

El activista y escritor, que profundizó en la historia de Ucrania con su libro ‘Las Benévolas’, reconstruye las etapas del «plan ruso». «No me creo que Putin sea un paranoico, ha sido muy racional en sus maniobras», afirma

Jonathan Littell, el pasado 27 de septiembre, en Kiev
Jonathan Littell, el pasado 27 de septiembre, en KievEvgen KotenkoZuma Press

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  • ROBERTA SCORRANESE

Actualizado Jueves, 7 abril 2022 – 

Esta es una de las pocas entrevistas concedidas por el escritor y activista Jonathan Littell. Nacido en 1967 en el seno de una familia de origen judío que llegó a Estados Unidos desde Polonia, se crió en Francia y desde hace años reside en Barcelona. Ganador del Premio Goncourt en 2006 por Las benévolas (Galaxia Gutenberg), acaba de volver de Kiev. «Hasta hace tres semanas era una ciudad normal, con gente paseando por el centro», comenta por videollamada. «¿Putin? No sé más que usted». Un nombre disuelve la desconfianza inicial de Littell: Andy Rocchelli.https://omny.fm/shows/el-mundo-al-dia/grupo-wagner-la-otra-rusia-qui-nes-son-los-neonazi/embedEl fotoperiodista italiano murió mientras documentaba la guerra del Donbás en 2014. ¿Lo conocía?No, pero la otra persona asesinada junto a él, Andrej Mironov, un activista y disidente ruso, era mi amigo. Ambos son víctimas de la lucha fratricida entre rusos y ucranianos, víctimas de una guerra que comenzó de forma confusa, a menudo catalogada como «asunto interno ruso». Y ello a pesar de que, desde hace años, periodistas, activistas, escritores y personas implicadas en el tema vienen advirtiendo a Occidente sobre el «peligro ruso».Pasó unas semanas en Kiev entre enero y febrero. ¿Nadie se esperaba un ataque?Esa tierra ha estado en guerra durante años. Primero con los disturbios en Kiev, luego con los enfrentamientos más o menos directos en las regiones separatistas… Por supuesto, visto desde aquí podría parecer un ‘asunto interno ruso’, pero luego nos dimos cuenta de que se necesita muy poco para involucrar al mundo entero y transformar un conflicto que percibimos como local en uno internacional. Nadie en Ucrania esperaba un ataque como éste, entre otras cosas porque durante décadas Europa y Estados Unidos pensaron que Putin podía evitarlo. Putin se ha convencido de que somos débiles, al menos según su idea de fuerza. También porque durante años ha estado estudiando las debilidades de los países occidentales. Nunca me ha convencido la teoría de que era un líder paranoico, en mi opinión ha sido muy racional en sus movimientos.¿Las palabras de Anna Politkovskaya, la periodista rusa que se opuso a Putin y fue asesinada en 2006, adquieren ahora otro color?No se trata sólo de ella. En los últimos 20 años muchos periodistas y activistas han pagado un precio por su determinación a la hora de advertir al mundo sobre Putin. Sencillamente, no se les prestó la suficiente atención o las ‘invitaciones’ para que dejaran de alzar sus voces llegaron a ser contundentes.

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«Cuando todo esto pase, Europa volverá a hacer negocios con Putin y sus amigos»Esta es la cuestión: la ambigüedad. Usted también ha comentado esto en sus textos sobre Chechenia, destacando tanto el desarrollo económico del país impulsado por el presidente Kadyrov como la fuerte represión contra figuras clave para dar ejemplo.Exacto. Putin en todos estos años ha estado en el filo de la ambigüedad y ha intentado normalizar la situación. Una vez se apropió de parte del silencio de Occidente, luego se atrevió con la guerra híbrida y después fue acusado de violar los derechos humanos sin que esto supusiera un problema para otros países. En los medios de comunicación occidentales, las maniobras de Putin seguían siendo un asunto circunscrito a Rusia, pero el quid de la cuestión es que los derechos humanos son un problema común.¿Ve una estrategia clara, diseñada a lo largo de los años?Paso a paso se ha ido completando un rompecabezas, con piezas como Georgia en 2008 y Crimea en 2014. Al fin y al cabo, la anexión de esta última fue posible gracias al envío de tropas a un territorio soberano del continente europeo. Conozco esas regiones, el conflicto siempre ha estado ahí y Putin se ha aprovechado. Él estaba desafiando a Occidente, pero Europa y Estados Unidos no comprendieron el alcance de sus acciones. Luego se produjo un desafío abierto. Algo inesperado para ambas partes porque, como han señalado ahora muchos analistas, Rusia fue la primera que no esperaba una respuesta tan unánime.Usted conoce bien Ucrania, porque fue allí donde reunió material para su novela más famosa, Las benévolas. Una novela en la que se pone en la piel de Maximilien Aue, un alsaciano al servicio de las SS del Tercer Reich. ¿Cómo puede ser que mucha gente se creyera las palabras de Putin cuando repetía que Ucrania es una «guarida de nazis»?Putin es un mentiroso.Eso no es suficiente. De un escritor como usted, uno espera un análisis más detallado…De acuerdo, pero primero permítame decir que el presidente Zelenski es judío y, además, habla ruso. Así que la declaración de Putin es, como mínimo, cuestionable. Es cierto que en el pasado Ucrania se puso, al menos en parte, del lado de los nazis durante la agresión alemana contra la URSS. Pero fue principalmente una reacción a la violencia estalinista. La hambruna que sufrió el país entre 1932 y 1933, provocada por la colectivización forzosa de la agricultura por parte del Kremlin, había causado millones de muertos y era una herida abierta, gasolina para los nacionalistas.Pero luego las cosas cambiaron.Hoy existen grupúsculos de lo que muchos llaman «extrema derecha», pero que bien podrían integrarse en las filas de los nacionalistas/soberanistas, un poco como los seguidores de Matteo Salvini o Marine Le Pen en Italia y Francia. Posiciones racistas y homófobas, para ser más precisos. Piense que en las últimas elecciones ucranianas estos grupos ni siquiera entraron en el Parlamento… Así que, nada, podemos decir que no tienen un espacio político. He viajado a lo largo y ancho de Ucrania, y es increíble cómo se puede pasar del ruso al idioma local en pocos kilómetros. No es un paisaje bien definido, el panorama nunca ha estado claro en Europa, así que la propaganda tiene su propio mecanismo.Pero la invasión de Ucrania está siendo una guerra muy bien documentada, y hay quien está hablando incluso de periodismo ‘a la antigua’, con fotos, vídeos e información obtenidos sobre el terreno.Sí, pero también lo fue la guerra de Bosnia. Una guerra que conozco bien porque pasé siete años en los Balcanes. Contada con tecnologías diferentes, por supuesto, sin Internet, pero documentada con millones de imágenes, reportajes y horas de televisión. Sin embargo, el genocidio se cometió igualmente. ¿Y sabe por qué?¿Por qué?Depende del relato. Seamos sinceros: en Europa, el peso de la noticia -y, por tanto, del interés de la opinión pública- depende de la proximidad geográfica o de la implicación emocional. Por ejemplo, Afganistán: nuestros soldados estuvieron allí, así que aquí tenemos una visión sesgada, del lado, eso sí, de los que van a luchar y sacrifican sus vidas. Pero se ha escrito poco sobre las historias de quienes han vivido una guerra en su propia casa. No basta con un despliegue de medios, hay que aprender a leer los conflictos.

China nunca ha conocido la verdadera democracia en su larga historia

Sus libros muestran la violencia ejercida por el Estado ¿Cuál es el aspecto que más le ha llamado la atención en sus muchos años de análisis de Rusia?La corrupción y los símbolos de poder asociados a la mafia. Y luego ciertas analogías más delicadas. He estudiado durante mucho tiempo el lenguaje de Adolf Hitler y encuentro el mismo mecanismo en Putin: el de un dictador narcisista que traslada sus miedos e inseguridades a la Historia. Su persona se convierte en un hecho histórico.En sus obras literarias, el mal nunca se convierte en un estallido moralista, sino que conserva su propia austeridad. Áspero, discutido, rechazado, pero muy cercano a la Historia. ¿Qué buscaba ahora en Ucrania?Trabajaba en una novela sobre la masacre de judíos que tuvo lugar en Babi Yar, cerca de Kiev, en 1941. Y también me interesé por una película sobre Ucrania ambientada antes de la desintegración de la Unión Soviética. Proyectos que, por supuesto, están congelados ahora mismo.Usted es buen conocedor no sólo de Ucrania, sino de todo el territorio ruso ¿Cuál es el resorte que podría empujar a la sociedad a plantar cara a gente como Putin?Muy sencillo: el recuerdo del hambre de los años 90. El momento en el que la URSS se desplomó debería haber coincidido teóricamente con la conquista de los instrumentos democráticos, pero el recuerdo de esa época se asocia más bien con la pobreza, la pérdida de puestos de trabajo, la moneda devaluada… Por eso creo que la gente como Putin no teme tanto que la élite intelectual salga a la calle o de que se le acuse de violar los derechos civiles y humanos, de que el ciudadano de a pie proteste porque tiene hambre o ha perdido su empleo. Hoy en día, estoy convencido de que mucha gente comparte sus posiciones, pero es un consenso ganado con métodos dictatoriales. Además, en Rusia no hay encuestas transparentes que nos muestren cómo son las cosas realmente. Por último, nunca hemos tenido noticias del propio Putin.En la mente de muchos rusos de hoy, la idea de la democracia está asociada a la pobreza.Y añadiría algo más: China, que ha tenido una posición ambigua en este conflicto, nunca ha conocido la verdadera democracia en su larga historia. Y esto debería hacernos reflexionar. Pero China ha invertido en tecnología, servicios e industrias. Ha sido capaz de convertirse en una potencia que mira al resto del mundo cara a cara, mientras que Rusia no. Allí se ha visto lo que ha pasado con el gasto militar, la corrupción, el reparto de la riqueza.¿Ha visto el documental-entrevista sobre Putin que hizo hace unos años Oliver Stone?No, es sólo propaganda, no me interesa.