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Vera Putina, la centenaria que reclama la maternidad de Putin


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La mujer asegura que el líder ruso es su hijo y que lo reconoció en la televisión por su manera de andar «como la de un pato»

Vera Putina
Vera Putina FOTO: LA RAZÓN LA RAZÓN

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No es fácil llegar a esta mujer con el rostro tan cuarteado que se hace difícil pensar que pudo ser menos vieja en otro tiempo. Desconfía si el curioso es ruso, pero si quien se acerca es occidental, la suspicacia viene de arriba. Vera Nikolaevna Putina nació en 1926 y asegura que es la madre biológica de Vladímir Putin. En sus pómulos vencidos cuesta apreciar similitud. Tal vez en sus ojos, de un azul grisáceo que debería llamar a la calma. Es muy bajita, pero no le impide sostener el relato. Si la historia que cuenta es cierta, puede que la primera guerra que librase el presidente ruso fuese intrauterina. En 2006, la periodista Irina Bobrova reconstruyó la crónica en el diario ruso «Moskovski Komsomolets». Vera Putina nació en el distrito ruso de Ochyorsky, en la región de Perm Krai. Se graduó en la escuela local de secundaria e ingresó en la facultad de Mecanización Agrícola, en la que conoció a Platon Privalov, un hombre trolero, mediocre y bebedor. Una vez embarazada, supo que estaba casado y que su intención era robarle el bebé para su esposa estéril.

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Putin habría nacido en 1950 y a los nueve años fue enviado a los Urales con los abuelos maternos siguiendo el capricho del segundo esposo de Vera, un soldado que despreció y maltrató al hijastro golpeándole con un palo y obligándole a pasar noches a la intemperie. El abuelo, un áspero bolchevique, le dejó en un orfanato y de ahí pasó a un matrimonio. Vera no supo más de él. En 1999, al ver su imagen en televisión, tuvo un pálpito. «Era Vova. El corazón de una madre nunca falla», confesó a los reporteros. Le llamó la atención su idéntica forma de andar, «como un pato», según describió. La anciana vive actualmente en Metekhi, un suburbio de Tbilisi, la capital de Georgia, extremadamente pobre. Cuando Putin fue nombrado presidente, se compró una pequeña televisión que colocó frente al viejo sofá. Se sintió dichosa, aunque acababa de enterrar a su marido. «La vida es así. Una franja negra reemplaza a otra blanca», contó. El Kremlin tacha de disparatada esta versión. El periodista ruso Artyom Borovik murió en un extraño accidente aéreo cuando trató de llegar a ella para un documental. También el reportero italiano Antonio Russo fue asesinado el 16 de octubre de 2000 mientras cubría la Segunda Guerra de Chechenia. Según se publicó después, tenía previsto entrevistar a Vera Putina. Su cuerpo, torturado y magullado, fue hallado en una cuneta.

Vera Putina y su hijo
Vera Putina y su hijo FOTO: RUSSIAN LOOK RUSSIAN LOOK

También Vera ha recibido presiones para que guarde silencio, pero hay testimonios que validan la historia, como un registro de su escolaridad en la escuela de Metekhi, en 1959. Su compañero, Gabriel Datashvili, le recuerda como un niño reservado. Nora Gogolashvili, la maestra, destaca que era un alumno taciturno del que se burlaban. Siempre iba con los pantalones remendados.

La periodista Kristina Kurchab-Redlich, autora de «Vova, Volodva, Vladímir. Secretos de la Rusia de Putin», la visitó en 2019 y la encontró muy encorvada y viejita. En su libro añade las teorías científicas que hablan del apego materno como el sentimiento humano más importante. «Si se pierde, todo lo que construya a partir de entonces estará echado a perder», Putin se crio con la ausencia paterna y la ira de la madre por su condición de bastardo. Ahí pudo brotar su carácter vengativo. Vera guarda bajo la almohada una fotografía que arrancó de un libro. La tragedia la carcome cada noche desde las guerras chechenas. Cuando le preguntan si se reuniría con él, responde con un tajante no