Benidorm

Las cinco enfermedades profesionales que no publica el BOE y retrasa la jubilación de las ‘kellys’: «Hay compañeras que desayunan 4 pastillas»

«No me voy a morir haciendo camas, pero tampoco me podré jubilar a los 67 años porque vamos a llegar todas enfermas», se queja la presidenta de la plataforma estatal de las camareras de piso en Baleares

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Sara del Mar no quiere morirse haciendo camas. No sabe qué condiciones laborales regirán cuando ella vaya a fallecer, pero sueña con que la persona que haga su cama, esa en la que ella yazca ya muy viejecita, posea una situación más halagüeña de la que las camareras de piso enfrentan diariamente. Puede parecer una reflexión algo trágica, pero para un Día de Difuntos como este 2 de noviembre, tal vez no sea del todo impertinente.

A Sara le queda una larga vida con la que soñar por delante. Tiene 51 años, una hija de 19 y casi el mismo tiempo de contrato en una empresa familiar dueña de cuatro hoteles en Mallorca (en la concurrida zona de Magaluf y Palmanova). Lanza soplidos al aire cuando calcula su jubilación o recibe ‘dardos’ como los del ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, replanteando que la retirada del mundo laboral debe retrasarse entre los 67 (y hasta 75 años)y asevera que lo peor es que no sepan que en su profesión nadie llega a esa edad, ni una sola mujer. «Nosotras no llegamos a los 65, señor ministro», espeta. Antes las camareras de piso tienen que retirarse, abandonar o prejubilarse y «todas enfermas», declara a ABC al otro lado del teléfono. «Tengo compañeras que se deasyunan con 3-4 pastillas al día. Tenemos cervicales, lumbalgia, lesiones desde el dedo de la mano hasta el hombro, necesitamos todo el cuerpo para levantar una habitación», afirma; pero todas esas lesiones no están estipuladas por ley.

«Hemos vuelto a 2019, pero a lo peor»

Sara es una de las mujeres que han dado voz a las reivindicaciones del colectivo de las camareras de piso que han mantenido este martes una videoconferencia vespertina con el Ministerio de Igualdad, en concreto con Toni Morillas, directora del Instituto de las Mujeres. Es la segunda (incluso, tercera) vez que desde la pandemia una representación de las también llamadas ‘kellys’ son escuchadas por algún departamento del Gobierno. Primero fue la hoy vicepresidenta Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, quien mantuvo en plena pandemia un encuentro virtual con portavoces de Pecapis (Plataforma Estatal de Camareras de Piso) y a esta reunión se unió, como comenta Del Mar, la ministra de Igualdad, Irene Montero. «Este trabajo está totalmente feminizado -concreta la presidenta de la plataforma en Baleares-, así que era oportuno que Montero participase». Posteriormente, el director general de Inspección de Trabajo mantuvo otro de estos encuentros virtuales y, ayer, por petición expresa de Pecapis, fue también online la conferencia que había reclamado el instituto dirigido por Morillas.

«La disposición fue buena», comenta después del encuentro Del Mar, presidenta de Pecapis en Baleares, una comunidad donde trabajan 11.000 camareras de piso. La cifra se triplica en temporada alta. «Van a trasladar nuestras peticiones y hacer de intermediarias desde el Ministerio de Igualdad con Escrivá», comenta, el ministro que parece una roca para sus exigencias. Según cuenta Del Mar, en Baleares la situación es algo mejor, como la suya, porque la mayoría de las trabajadoras son fijas discontinuas y trabajan entre 4-5 meses largos cada temporada; pero en Benidorm y algunas islas de las Canarias todo el personal es eventual, así que se las contrata por obra, horas, días o temporadas. El servicio está externalizado y sufren los vaivenes de no tener un contrato seguro para cotizar en la Seguridad Social.

«Necesito dos vidas para jubilarme cuando dicen. Este trabajo es estacional. Yo, cada año, cotizo como mucho seis meses, así que necesito dos años para cotizar uno. No creo que llegue a los 67 que es cuando me tendría que jubilar, pero me retiraré antes, aunque tenga que perder 100-200-300 euros de pensión», alega esta cincuentañera. Desde la plataforma estatal tienen un reproche abierto al Gobierno, porque hasta 2015 no se pudo acreditar ni estuvo oficialmente estipulado como enfermedad laboral el síndrome del túnel carpiano, un atrapamiento del nervio mediano que va desde el antebrazo hasta la mano y que afecta a la inmensa mayoría de las limpiadoras. Pero se reconocieron otras cinco enfermedades laborales, que van desde la epicondilitis (un dolor en el codo causado por un daño en los tendones de los músculos del antebrazo que se adhieren al epicóndilo) hasta el dedo zóster (efecto culebrilla en los dedos). «Lo tienen a tiro y, al no publicarlas en el Boletín Oficial del Estado (BOE), no se nos reconoce. Las mutuas se lavan las manos cuando acreditas una de estas dolencias», se quejan varias de las integrantes de Pecapis en toda España.

«A nivel Gobierno hay que decir que les venimos muy bien, porque dentro de un año y medio hay otra vez elecciones. A veces nos sentimos utilizadas, pero no se acaba de resolver nuestra situación. Cuando Yolanda Díaz habló y presentó sus propuestas para empresas multiservicio, también ‘tiró’ de ‘kellys’», objeta Sara. Podrían también, recomienda la limpiadora, presionar a los sindicatos para que, en efecto cascada, presionen a los empresarios y estos cambien el chip. Las limpiadoras necesitan mejores condiciones laborales, más dignas, no se cansan de repetir. A algunas las sacaron dos días de los ERTE para trabajar y luego volvieron a esta situación, así que les salía más rentable no trabajar que hacerlo, se quejan desde este gremio. «Además, al empresario echarnos le sale muy barato. Si, con 18 años de trabajo, me despiden a precio de saldo a los 51, ¿dónde encuentro un empleo?». Es un grito al aire que corean muchas de las compañeras de Sara.

El colectivo de las ‘kellys’ ha sufrido las consecuencias fatales de la pandemia y la falta de trabajo. Los hoteles cerraron y en Baleares una cadena estadounidense llegó a proponer que se limpiaran las habitaciones cada cinco días. Afortunadamente, cuenta Sara, ese tipo de iniciativas no calaron en las islas: «Te imaginas entrar a una habitación de uno de esos ‘hooligans’ que vienen a Palma de Mallorca y no limpiar esa jaula en cinco días…». No afrontan escenas mucho más placenteras. Sara describe episodios de falta de empatía, con toallas por el suelo, acumulación de desperdicios e indecoroso trato al mobiliario de los hoteles que le hacen deducir que «nos hemos olvidado pronto de la pandemia. El año pasado, 2020, detectábamos que la gente era más cuidadosa; era empática con el virus y sus efectos; sabían que desinfectábamos todas las instalaciones con un plus de esfuerzo adicional; y ahora en cambio hemos vuelto a 2019 en el interior de los hoteles. Incluso diría que hemos vuelto a peor».

Los inspectores, una «leyenda urbana»

¿Y las inspecciones de trabajo prometidas? «¿Tú has visto algún inspector en un hotel en tu vida? (lanza la pregunta, desafiante). Pues yo tampoco. Hay dos inspectores para 300 hoteles. Yo creo que es una leyenda urbana y en realidad no existen», denuncia con muchas dosis de ironía esta mujer. «Inspeccionen horas extra, medidas de higiene, contratos y servicios -reta-. Tenemos 30 habitaciones en 6 horas, porque también nos encargamos de la limpieza del hotel en las otras dos horas. Entonces, si al acabar las horas no has limpiado esas 30-35 habitaciones, te quedas a hacerlas en media hora más, o el tiempo que sea necesario».

Entre las asociadas de Pecapis retratan una situación parecida en Benidorm, el archipiélago canario, Madrid o Barcelona.