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¡El PSOE ha muerto! ¡Viva Sánchez!

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  • FRANCISCO ROSELL

Actualizado Sábado, 16 octubre 2021 – 22:39

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Aunque los socialistas se sientan confortados con este congreso de unanimidades, las armas las carga el diablo. Más cuando va a costar mantener seca la pólvora electoral bajo unas inclemencias económicas

¡El PSOE ha muerto! ¡Viva Sánchez!
ULISES CULEBRO

Hace veinte años, con Zapatero como sorpresivo secretario general del PSOE tras resbalar Bono, como luego la hoy proscrita Susana Díaz con Sánchez, Alfonso Guerra tiraba de ironía al contemplar la milagrosa conversión de los detractores del nuevo líder socialista en una conferencia política del PSOE convocada para cerrar filas y trasladar una imagen de unidad tras una azarosa temporada de porfías y cuchilladas. «Aquí estamos para soplar velas de cumpleaños», deslizó el antaño vicetodo mientras Chaves peroraba como paladín zapaterista tras jugar fuerte en favor de Bono y en contra de aquel chico leonés que lo escuchaba sonriente procurando afirmar su victoria de sólo nueve votos sobre un favorito compuesto y sin Secretaría General. Como apreció André Malraux, quien compaginó la literatura con la política como ministro de Cultura con el general De Gaulle, «miré a mi alrededor y descubrí la condición humana».

Al cabo de dos décadas de aquella conferencia, en el congreso de exaltación de este fin de semana en Valencia, el PSOE escenifica otra celebración a mayor gloria de Sánchez y a la que se ha sumado el confitero Tezanos, jefe del obrador del CIS, suministrando la tarta de regalo en forma de encuesta del agrado de quien le puso al frente del instituto demoscópico y al que el espejito mágico del cuento de Blancanieves le dice lo que quiere oír. Aunque esta vez una de las encuestadas ha sido, casualmente, la ministra portavoz, Isabel Rodríguez, el sesgo de parcialidad del CIS, contraviniendo a los demás institutos de sondeos, ya es marca de la casa de la repostería de Tezanos, cuya manipulación sostenida con fondos públicos bordea la prevaricación por la que tendrá que declarar ante el juez.

Este 40º Congreso Federal del PSOE es una muestra de enaltecimiento de Sánchez, así como de consagración temporal del sanchismo, pues casi todos los personalismos periclitan con su tiempo de poder, como ayer atestiguaron con su presencia González y Zapatero. No obstante, si bien el proyecto socialdemócrata del primero ha quedado en desuso en el PSOE como el traje de pana del que hacía uniforme de campaña electoral, mientras la semilla que sembró el segundo se desarrolla frondosa con el sanchismo y con sus aliados Frankenstein. Podemos no deja de ser un hijo natural suyo hasta contribuir a la podemización socialista.

Este cónclave acredita ese «¡Viva quien vence!» que don Quijote juzgaba de villanos, como le reprocha a su fiel escudero Sancho, por ser cosa propia de quienes se arriman al ganador para asegurarse sobrevivencia y sinecuras, en vez de sostener con hidalguía lo correcto a riesgo de arrostrar las secuelas de la derrota. Nada nuevo bajo el sol.

De esta guisa, quienes descalificaron a Sánchez se han ido deslizando, de manera más suave o abrupta, según circunstancias, hacia el vencedor conscientes de que su sino pende de la santa voluntad de quien, al verlo entrar este domingo en loor de militantes, algún socarrón compromisario podría exclamar: «¡Aquí viene mi elector!». Como no rige otra ley que la suya, Sánchez puede emular a Ricardo III en la obra homónima de Shakespeare: «Hoy no estoy de humor para dar».

De hecho, así ha sido con algunos costaleros que lo auparon a la Secretaría General y a La Moncloa, quienes hoy sufren la discrecionalidad de quien puede otorgar o denegar a capricho en base de «hoy sí; mañana, no; a ti, sí; a aquél, no». Las amargas lágrimas de Carmen Calvo del viernes no se sabe bien si eran llanto por el entreguismo a lo que denominó el trilerismo de Podemos, como aseveró con voz entrecortada, o lloraba por ella tras ser expulsada del paraíso sanchista. Como su colega de Gobierno y de desgracia, José Luis Ábalos, quien digería su entripado refugiado en el calor de establo de los que aún no se cruzan de acera cuando lo ven venir. O Iván Redondo, al que la luz de los focos televisivos diluye en la nada tras aparentar ser el gran valido de Sánchez, como si fuera el mismísimo conde-duque de Olivares con Felipe IV.

Sentada esta premisa, se constata que nunca como ahora ha habido tan poco debate ni dirección alguna ha dispuesto de tanto poder como para cambiar de arriba abajo el PSOE. Ni siquiera el dios González pudo renunciar al marxismo sin verse forzado a dimitir, aunque se repusiera del revés y redoblara su poder, pero sin librarse de contender con minorías que incordiaban como tábanos. Ahora se impone la unanimidad de bocas que callan para seguir comiendo del presupuesto y que contribuyen, salvo alguna queja de reglamento, a hacer del PSOE una organización monolítica, aunque la historia enseñe que nunca nada está atado y bien atado.

Después de que los partidos atuvieran su devenir a la ley de hierro de las oligarquías enunciada por el sociólogo alemán Robert Michels y su inevitable inclinación a concentrar todo el poder en pocas manos, el sistema de primarias ha agudizado el problema cuando llegaba para remediarlo. Como tantas novedades de la farmacopea política.

Ese directismo ha dimanado, por contra, en fuente de caudillismos absolutistas que acallan el debate interno y socavan la democracia representativa franqueando la puerta a un populismo que gana furtivamente terreno. No sólo porque ofrece una solución simplista y fácil de aprehender por los simples, sino también porque no encuentra oposición al haberse hecho populistas todos los partidos, parafraseando la dedicatoria del liberal Hayek «a los socialistas de todos los partidos» de su obra Camino de servidumbre. A este respecto, las cúpulas de antaño se han convertido en minaretes desde la que el muecín dicta la oración y el resto obedece.

En este artificioso clima de éxtasis a la luna de Valencia, es altamente improbable que los asistentes a este concilio de aparente unidad y de inexcusable aclamación de Sánchez perciban las causas latentes de la decadencia y la corrupción que, como en el adagio romano, originen post festum, pestum. Si Sánchez manda en el PSOE y en La Moncloa fue por la confluencia tanto del ardor con el que desafió el statu quo, así como porque le favorecieron unos vientos alisios como los que facultaron el descubrimiento de un Nuevo Continente por Cristóbal Colón. A este respecto, Churchill bromeaba catalogando al gran almirante de ser el primer laborista de la historia: se subió a un barco sin saber a dónde iba, llegó a un lugar que no sabía cuál era y todo lo hizo con el dinero de otros.

Aunque los socialistas se sientan confortados con este congreso de unanimidades y piensen que el PSOE es más fuerte que nunca, como hace un par de semanas el PP en la misma plaza, las armas las carga el diablo. Mucho más cuando va a costar mantener seca la pólvora electoral bajo unas inclemencias económicas que presagian el «invierno de nuestro descontento», en analogía con los versos shakesperianos y con la crisis que dio paso a la era Thatcher en el Reino Unido.

Sánchez no ignora lo que se le viene encima, aunque trate de disfrazárselo a los españoles, cuando no mintiéndoles como con el Covid-19 y vuelve a hacer ahora con la factura de la luz y el gas disparada estratosféricamente y sin control. Para este envite, precisa un partido unido porque una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse, si bien no parece que lo vaya a poner al servicio de una rectificación de su política y de sus alianzas, sino para proseguir por la estrategia del dictum latino del divide et impera (divide y vencerás).

Desde los tiempos de Guerra como jefe de tan poderosa maquinaria electoral, la estrategia socialista se corresponde con una adaptación de la máxima latina por parte del tantos años vicetodo: «Divide al electorado todo lo que puedas y procura quedarte con la mejor parte». Aun así, éste no llevó su propósito a la desmesura -era consciente de que el modelo constitucional sólo podía desarrollarse sobre las ruedas de las dos grandes fuerzas nacionales- de Zapatero, primero, con su intento de exclusión democrática del PP con el Pacto del Tinell -origen del tripartito que gobernó ocho años Cataluña- ni con sus componendas con fuerzas independentistas -incluido el brazo político de ETA- de Sánchez.

En este sentido, su repentino acercamiento al PP para renovar los órganos constitucionales puede obedecer a satisfacer un peaje que le pertreche del dominio de los mismos, al igual que su aproximación a González tras no hablarse con él ni con Rubalcaba, no le apartará de sus socios de correrías. Si el refundador del partido, en declaraciones al diario argentino Clarín, prometió en septiembre de 2020: «Con lo que me quede de fuerzas en el futuro, combatiré esa republiqueta plurinacional con derecho de autodeterminación que defiende Pablo Iglesias», ayer se ratificó en ello, así como en su lealtad con un proyecto político que «encabecé durante 23 años como secretario general del PSOE y durante 13 años como presidente del Gobierno, y que ahora encabezas tú». Se lo aclaró «con estilito y agrado», que diría el cantaor y filósofo de la vida Beni de Cádiz, o sea, juntos pero no revueltos.

En Bosquejo de Europa, el diplomático y escritor Salvador de Madariaga anota que el español ha sido siempre rebelde a la unanimidad. Lo ejemplifica en un republicano exiliado en México tras la Guerra Civil que acabó siendo concejal del municipio de acogida. En una sesión consistorial, propuso la ubicación de una farola en una calle de las afueras. Tras analizarse la propuesta, toda la corporación votó afirmativamente salvo el español que, al llegar su turno, votó contra su propuesta para sorpresa de los reunidos. Al inquirirle al respecto el alcalde, contestó impasible: «No soporto la unanimidad». Es poco verosímil que lo imite quien hoy será reelegido al vítor de «¡El PSOE ha muerto! ¡Viva Sánchez!».