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El trágico último paseo del Rey de Portugal y su hijo por el centro de Lisboa en el que fueron acribillados


Don Carlos I y el Príncipe heredero Luis Felipe fueron sorprendidos por un grupo de encapuchados mientras la multitud les aclamaba, en un regocidio que cambió la historia del país

Capilla ardiente del Rey Carlos I de Portugal y el Príncipe heredero Luis Felipe, en febrero de 1908
Capilla ardiente del Rey Carlos I de Portugal y el Príncipe heredero Luis Felipe, en febrero de 1908 – Joshua Benoliel

Israel Viana

MadridActualizado: 08/09/2021 

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La noticia del inesperado asesinato de Carlos I y su hijo, el Príncipe Luis Felipe, causó una profunda impresión en todo el mundo, pues se produjo a plena luz del día y en el centro de Lisboa. ¿Cómo pudo la Familia Real ser acribillada a balazos en la vía pública y a la vista de todos sin que nadie lo evitara? Aquel fatídico 1 de febrero de 1908 la historia de Portugal cambió para siempre. «El cadáver del Rey presenta tres heridas: en el costado, en la espalda y otra en el cuello que le seccionó la carótida. Su heredero recibió otros tres disparos repartidos entre el pecho y en la cabeza», contaba ABC al día siguiente.

Página en la que se muestra la fotografía de los cadáveres de los asesinos del Rey Carlos I y su hijo, en 1918
Página en la que se muestra la fotografía de los cadáveres de los asesinos del Rey Carlos I y su hijo, en 1918 – ARCHIVO ABC

Los Reyes habían regresado a Lisboa esa misma tarde desde la localidad lusa de Villaviciosa, cerca de la frontera con España. Se dirigían al Palacio de las Necesidades, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Mucho antes de la hora de llegada prevista, la multitud ya se había concentrado en la plaza del Comercio y en las calles adyacentes para recibir al monarca y su familia. Cuando entraron en Lisboa, se bajaron del vehículo oficial para subirse al carruaje con el objetivo de que el pueblo pudiera verles y ovacionarles.

En ese momento, Carlos I tuvo un mal presentimiento y se dirigió al dictador portugués Joao Franco, que le esperaba al pie del carruaje: «¿Es seguro cruzar toda la ciudad para llegar a Palacio?». Este le respondió con serenidad: «Por supuesto, Majestad». Nunca le había hecho esta pregunta, a pesar de la creciente presencia republicana en la ciudad. Fue eso lo que llevó al Rey portugues a disolver el Parlamento, medio año antes, e instaurar un Gobierno de corte totalitario hasta que pudiera restaurar el orden.

Reconstrucción fotográfica del momento del regicidio realizada por ABC a principio de febrero de 1908
Reconstrucción fotográfica del momento del regicidio realizada por ABC a principio de febrero de 1908 – ARCHIVO ABC

El caos en la plaza del Comercio

Ese primer día de febrero las cosas no transcurrían como era habitual. Solo había un carruaje descubierto, en lugar de dos como exigía el protocolo de seguridad. Toda la familia se subió al mismo y reanudó la marcha. El Rey Don Carlos ocupó el asiento de la parte trasera y a la izquierda se situó la Reina. Los príncipes se acomodaron en el testero. La muchedumbre aclamaba al monarca en la plaza del Comercio hasta rodear el vehículo. Los caballos avanzaban con lentitud.

Noticia del regicidio al día siguiente de producirse, en 1908
Noticia del regicidio al día siguiente de producirse, en 1908 – ARCHIVO ABC

Cuando el carruaje llegó al centro de la explanada, los presentes distinguieron a varios hombres encapuchados que, de repente, sacaron varias carabinas de debajo de sus capas. Se acercaron a pocos metros de la Familia Real y comenzaron a disparar a quemarropa. La multitud empezó a correr sin rumbo. Muchas madres e hijos cayeron al suelo y fueron pisoteados, mientras el resto gritaba aterrorizado en medio del caos. «A la Policía que custodiaba a la comitiva regia en ese tramo no le dio tiempo a interponerse y los agresores abrieron fuego. Los disparos fueron menudeando y se vio que los asesinos apuntaban únicamente al Rey y al Príncipe», detallaba este diario.

Un joven logró llegar hasta el coche y, con un pie en el estribo, disparó de nuevo al monarca. Luis Felipe sacó su revólver y la Reina trató de rechazar al criminal con un golpe en la mano del revólver. En ese momento, otro hombre de barba larga se aproximó e hincó la rodilla en el suelo para derribar al heredero al trono de un tiro. Pocos segundos después, los cuerpos del Rey y su hijo se desplomaron sobre el suelo del carruaje.

El Infante Don Manuel recibió un balazo en un brazo, al igual que el cochero, que tuvo tiempo de lanzar a los caballos al galope para huir. Los escoltas reaccionaron y consiguieron matar a los tres asesinos, cuyos cadáveres quedaron allí tirados en medio de un charco de sangre. El médico solo pudo certificar la muerte de los implicados. «A los otros no los conozco, pero aquella cara del hombre de las barbas nunca más se me va a apartar de los ojos», reconocía la Amelia de Orleáns ante el cadáver de su marido y su hijo de 20 años. Este resultó ser Manuel dos Reis da Silva Buissa, un fanático republicano cuyo cuerpo sin vida apareció publicado en este diario, dos días después, junto a una reconstrucción fotográfica del regicidio.

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