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Una alcaldesa en Afganistán: «Estoy sentada en casa esperando a que vengan a matarme»

INTERNACIONAL

PausaUnmuteCurrent Time 0:03/Duration 0:29Loaded: 100.00% Picture-in-PictureFullscreenEl sonido está silenciado, puedes activarlo desde la barra de controlSalima Mazari, la primera mujer gobernadora de una provincia en Afganistán, capturada este fin de semana por los talibanes – AFP

A pesar de las promesas propagandísticas de los talibanes de que respetarán los derechos de las mujeres, aquellas que han tenido un perfil más alto en política y activismo durante los últimos años se saben en el foco de sus represalias

Susana GaviñaSusana Gaviña

Actualizado:18/08/2021 

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A pesar de que el mismo día que recuperaron el poder completo en Afganistán, con la entrada en Kabul, los talibanes prometieron moderación, en especial hacia las mujeres -«van a poder salir de casa, trabajar y estudiar», estas viven hoy aterrorizadas y encerradas en sus casas. « Estoy sentada aquí esperando a que vengan. No hay nadie que me ayude a mí ni a mi familia. Solo estoy sentada con ellos. Y vendrán por gente como yo y me matarán. No puedo dejar a mi familia. Y de todos modos, ¿a dónde iría?», lamentaba Zarifa Ghafari, de 27 años, el pasado domingo en declaraciones al medio ‘iNews’. Ghafari, que se hizo célebre en 2018 al convertirse en la alcaldesa

 más joven de Afganistán, se refiere a aquellas mujeres que han mantenido como ella un perfil alto en los últimos años a través de su labor en la política, en los medios de comunicación o en la defensa de los derechos humanos.

«Se han iniciado registros de casa en casa y han entrado en los hogares de mujeres activistas políticas y cívicas», alertaba ayer a través de su cuenta de Twitter la periodista Humira Saqib, que el día anterior había denunciado, a través del mismo canal, que los talibanes habían matado a una mujer en la provincia de Nangarhar, cuya capital, Jalalabad, caía en manos de los insurgentes el pasado domingo.

Zarifa Ghafari
Zarifa Ghafari – TWITTER

El mismo día de la toma de la capital otra mujer, Fawzia Koofi, exdiputada y una de las tres mujeres -junto a Fatima Gailani y Habiba Sarabi- que ha participado en las negociaciones de paz con los talibanes en Doha, confesaba que su corazón estaba roto en pedazos ante el futuro oscuro que se cierne sobre ellas. Sabe por experiencia propia el papel al que serán relegadas de nuevo las mujeres. Ya lo vivió en 1996, cuando llegaron al poder los talibanes lo que la impidió acabar su carrera de Medicina. Viuda y con dos hijas pequeñas a su cargo, se implicó en política una vez que EE.UU. desalojó a los talibanes del poder, y construyó su carrera defendiendo las libertades de las mujeres y luchando por la igualdad de género en Afganistán, un derecho que está contemplado en el artículo 22 de la actual Constitución del país, que rechazan los talilbanes. Su trabajo le ha valido varios intentos de asesinato -el último el año pasado- de los que hasta el momento ha sobrevivido, con alguna cicatriz. Ninguno de ellos la ha desanimado a seguir su labor.

Fawzia Koofi
Fawzia Koofi

A pesar de los mensajes de tranquilidad que están lanzando los defensores del islam más rigorista, Koofi alertaba de que las mujeres que han sido perseguidas por estar comprometidas con su país «deben ser protegidas». Su mensaje encabezaba el anuncio de la captura de una de las mujeres que ha ocupado el foco informativo recientemente, Salima Mazari, la primera mujer gobernadora de una provincia en Afganistán. «Después de la rendición de Balkh, el distrito de Chahar Kant también ha caído. Salima Mazari, la gobernadora del distrito de Chahar Kant, ha sido capturada por los talibanes», rezaba un tuit.

Política y miliciana

En las últimas semanas Mazari había dejado un poco de lado sus funciones políticas para involucrarse en una misión militar, la de defender su provincia del avance de los talibanes, reclutando para ello a todos aquellos ciudadanos que se quisieran unir a su causa: «Nuestra gente no tiene armas, pero han vendido sus vacas, sus corderos e incluso sus tierras para comprarlas. Están en la línea de frente día y noche sin recibir ningún salario ni reconocimiento», declaraba a ‘The Guardian’. «Si no luchamos ahora frente a las ideologías extremistas y los grupos que nos las quieren imponer, perderemos nuestra oportunidad de derrotarlos», aseveraba.

Ante la preocupación internacional y las campañas emprendidas por ONG y organizaciones, y las advertencias lanzadas desde organismos como la ONU para evitar cualquier abuso hacia ellas, los líderes talibanes prometían ayer mismo que iban a respetar los derechos de las mujeres, pero eso sí, dentro de los márgenes de la sharía, en los que estos son inexistentes.

Propaganda y realidad

Mientras las declaraciones oficiales van por un lado, la realidad va por otro muy distinto. Y la amenaza no afecta solo a políticas, activistas o periodistas, también a todas aquellas mujeres que trabajan, estudian, practican deportes o hacen música. Todo ello está prohibido en el universo talibán.

Hace ya semanas, en las zonas reconquistadas por los insurgentes, comenzó la aplicación severa de sus leyes. A principios de julio, en la ciudad de Kandahar un grupo de milicianos entraron en una sucursal del Banco Azizi, y obligaron a despedir a nueve empleadas. Fueron acompañadas a la fuerza a sus casas y obligadas a permanecer en ellas. Su puesto de trabajo, según explicaron algunas de las afectadas a Reuters, podría ser ocupado por parientes varones.

Uno de los actos más visibles que han tenido lugar tras la victoria talibán ha sido la sustitución en la televisión oficial afgana (RTA) de una presentadora por un compañero varón, según informaba en las redes sociales el periodista afgano Hamid Haidari. Un acto que tuvo una respuesta inmediata en la competencia. El canal privado Tolo News, el más importante del país, emitía horas después en directo una entrevista con un miembro de los talibanes, Mawlawi Abdulhaq Hemad, realizada por una mujer, la periodista Beheshta Arghand, que vestía un yihab, pero no un burka. Una declaración de intenciones que ha sido muy elogiada en las redes sociales.

La actitud opresiva e insultante contra las mujeres se ha dejado sentir también en las calles. Lo hizo desde el mismo momento en que expiró cualquier esperanza de que los talibanes no capturaran Kabul. Una residente en la capital, que habló bajo anonimato con ‘The Guardian’, explicaba cómo vivió los primeros momentos tras conocerse que la ciudad había caído. «La mañana del domingo cuando me dirigía a la universidad me crucé con mujeres que salían corriendo de las residencias de estudiantes. Les pregunté qué sucedía y me contestaron que los talibanes habían llegado a Kabul y que golpearían a las mujeres que no llevaban burka». La joven aseguraba también que tuvo que volver a casa andando, «porque ningún conductor de autobús quiso asumir la responsabilidad de llevar a una mujer». En su camino de regreso, continúa su relato, vio cómo los hombres que estaban alrededor «se burlaban de las niñas y mujeres, riéndose de nuestro terror», al mismo tiempo que les espetaban frases como «ve y ponte tu burka», «son tus últimos días en las calles» o «me casaré con cuatro de vosotras en un día». Mientras, otras muchas escondían en sus casas, en lugar seguro, cualquier tipo de información que delatara su formación y capacitación -la educación está vetada para ellas- y evitar así futuras represalias.

La exdiputada Fawzia Koofi hacía un triste vaticinio 24 horas después de la caída de la capital afgana: «Empiezo el día mirando las calles vacías de Kabul, horrorizada por su gente. La historia se repite tan rápidamente»

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