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La vergüenza de un español

CORRER LA MILLA

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  • RAFA LATORRE

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España es hoy una nación incapaz de decirle al mundo que sabe distinguir una democracia de una dictadura

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social,  Yolanda Díaz.
La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz
.Javier LizonEFE

Un español ha acumulado suficientes razones para sentir vergüenza. No la vergüenza vicaria del espectador que asiste con lástima a la degradación ajena. Hablo de un rubor propio, personal, íntimo, suyo, que demuestra que es consciente de que el Gobierno que hoy le habla al mundo con esta voz titubeante, incapaz siquiera de pronunciar la obviedad más elemental respecto de Cuba, le representa a él y habla en su nombre. Que un español no albergara hoy ese rubor explicaría la tendencia a la postración que ha demostrado tantas veces a lo largo de la historia. Si no siente que esa voz que arrastra las más groseras evasivas es por la que él, un español, se expresa es inútil explicarle en qué consiste la legitimidad democrática.

España es hoy una nación incapaz de decirle al mundo que sabe distinguir una democracia de una dictadura, y esto -debería ser- para la vergüenza de hasta el español más indiferente.

Por supuesto que a esta merma de la autoestima ha contribuido que el que fuera su rey sea huésped de una satrapía. Un español no se ve con la autoridad moral como para hablarle de libertad a las dictaduras, esto es de que su Gobierno se dirija con severidad a los dictadores, y la constatación de este hecho bochornoso debería ser deprimente para un español, a menos que siga intacta su vocación de postrado.

Durante un banquete en la Universidad de Harvard, un profesor alemán quiso hablarle a Reinaldo Arenas de los logros de la revolución cubana. Éste le cogió el plato, lleno de comida, y lo estrelló contra la pared. No tenía derecho, al menos no en esas condiciones. Yolanda Díaz, con su ostentosa prosperidad, eludió contestar en la televisión pública a la sencilla pregunta de si Cuba era una democracia. La maniobra elusiva apenas pudo esconder un temor muy comprensible a que los españoles sepan cuál es el modelo que da sentido a la militancia de toda una vicepresidenta. Perverso, sí, pero aun es más desasosegante que una burócrata tan convencional como Nadia Calviño sea incapaz de enunciar la más sencilla de las perogrulladas: que un régimen de partido único, sin libertad de prensa ni de asociación es una dictadura. Por encima de ellas, un presidente le cosió una adversativa a la represión en Cuba y de ella colgó un rosario de exculpaciones.

Los viejos comunistas contaban un chiste para tratar de suavizar su inmoralidad: en Cuba no hay hambre, hay apetito. A aquella risa nerviosa se parece mucho la actual postura diplomática de España. Para vergüenza de un español.

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