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Entrevistas en prisión con los asesinos más crueles de España

Cazador de mentes

El psicólogo Juan Ramón Pereira Docampo estudió durante tres años la psique de criminales como Francisco García Escalero. No podía entrar con nada, ni grabadoras, ni teléfonos móviles. Solo una libreta, un cuestionario y un bolígrafo

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

El criminal Francisco García Escalero, conocido como el «matamendigos», o el «asesino de mendigos» en el Psiquiátrico Penitenciario de Alicante
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALERO, CONOCIDO COMO EL «MATAMENDIGOS», O EL «ASESINO DE MENDIGOS» EN EL PSIQUIÁTRICO PENITENCIARIO DE ALICANTEJUAN CARLOS SOLER

En julio de 2013 Francisco García Escalero era ya un sesentón que había perdido el poco pelo que su cabeza había combatido durante años por conservar. La barba de tres días, rendida ya al blanco de las canas, y una barriga imposible de contener para el cinturón le daban aspecto de abuelo entrañable; ese suegro de mediana edad con chispas en los ojos al levantar en brazos a su nieto recién nacido. Pero vaya si las apariencias engañan. Aquel verano, el ‘matamendigos’ se personó varias veces ante un psicólogo que buscaba analizar su caso. Sus respuestas dejaron cristalino que hacía mucho tiempo que la cordura había apagado la luz y se había marchado para no volver. «Una vez vi a una chica y pensé en matarla. Lo pasé muy mal por no haberla matado, era muy guapa».

Escalero no es el único reo al que ha entrevistado a lo largo de su carrera el doctor en Psicología de la Salud Juan Ramón Pereira Docampo, pero sí uno de los pocos cuyo testimonio puede revelar con nombre y apellidos para no violar la Ley de Protección de Datos, pues falleció en 2014 tras atragantarse con el hueso de una ciruela. Las muescas en su libreta de estudio, anónimas en muchos casos, se cuentan por decenas. «Evalué a cien hombres condenados por asesinato en distintos centros penitenciarios de la Comunidad Valenciana. Algunos muy conocidos», explica a ABC. Gafas, perilla y sonrisa amplia. Roza los cuarenta. Su aspecto, jovial y distendido, contrasta con los muchos años de experiencia que atesora a la hora de desentrañar los secretos de la mente. Empezó pronto y, gracias a ello, trabaja en un centro psiquiátrico y dedica su tiempo libre a la investigación.

Análisis de crímenes

Con una bebida energética en la mano, obviemos la marca, Pereira recuerda a sus ‘pacientes’; los casos que estudió en múltiples sesiones durante meses. Algunos, chavales de veinte años que se presentaron en un hostal cúter en mano y degollaron a tres completos desconocidos sin razón. Otros, secuestradores que no tuvieron reparos en bromear de forma enfermiza tras arrebatar una vida. «Uno de ellos me comentó entre risas que señaló a su víctima y le dijo al resto de los presentes: ‘Oye, ponle una copa a este, que está muy callado’». Para los amantes de la pequeña pantalla, su labor recuerda a una famosa serie de televisión estrenada en 2017. «Me dicen mucho que soy el ‘mindhunter’ español», desvela. La única salvedad es que, además de entrar en la mente de los delincuentes, él se ha dedicado también a analizar crímenes históricos.

Pero Pereira no debe su interés por los asesinos a esta serie, sino a uno de los criminólogos más famosos de los Estados Unidos: Robert Kenneth Ressler. «Sus libros y sus entrevistas me llamaron mucho la atención antes incluso de comenzar la carrera». El psicólogo español vivió los noventa, la época en la que se empezaron a desvelar los encuentros que grandes expertos como este perfilador estadounidense habían mantenido con monstruos de la talla de Jeffrey Dahmer o Charles Manson. Con ese bagaje a cuestas, no tardó en solicitar a las instituciones penitenciarias la posibilidad de hacer lo propio en nuestro país cuando tuvo oportunidad. «Mi objetivo principal era crear una base de datos que generase un modelo predictivo. Este debía permitir a la policía acotar el perfil de la personalidad del delincuente».

Así, Pereira ideó una escala de un centenar de variables que, junto a otras tantas pruebas, hizo pasar a los criminales. Test para medir la inteligencia emocional, el cociente intelectual… Y, por descontado, entrevistas personales que buscaban, entre otras cosas, comparar las diferencias entre ellos y sus equivalentes internacionales. En principio, el único requisito es que fueran asesinos múltiples; es decir, que hubiesen dado muerte a varias personas. «Dentro de este campo se hallan también los asesinos secuenciales –que han matado en un tiempo amplio–, en serie –que han acabado con sus víctimas entre las 24 y las 72 horas– o de un solo acto». Sin embargo, terminó por abrir el espectro. «Al final, también estudié a algunos de una sola víctima o varios en grado de tentativa, si veía que el caso era interesante», completa.

Por aquello de la cercanía, redujo el radio de acción a los centros penitenciarios de la Comunidad Valenciana. Entre ellos, el Hospital Público Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, uno de los pocos de estas características que hay en España junto con el de Sevilla. Después, solicitó permiso a los diferentes criminales, a los que dejó claro que no obtendrían nada a cambio. Para su sorpresa, a un 90 por ciento les pareció bien. «A veces me preguntan la razón. Existen varias. La primera es que estar encerrado es muy aburrido. El hecho de que alguien hable con ellos ya les estimula. También está el componente de narcisismo. Por último, algunos creen que pueden manipularte para obtener un informe positivo que les ayude a salir antes, cosa que, en la práctica, es imposible porque las cárceles tienen sus propios psicólogos».

Cara a cara

Durante los siguientes tres años hizo una infinidad de entrevistas diferentes, aunque el proceso era siempre el mismo: llegar a la prisión de turno, pasar las inspecciones previas y sentir, cada día, ese hormigueo que le nacía en el estómago al saber el lugar en el que estaba. «Soy un tío delgado y con gafitas. Te puedes imaginar… El primer control se hacía en la puerta principal. Luego, esperaba hasta que el funcionario revisaba que todo estuviese bien. No podía entrar con nada, ni grabadoras, ni teléfonos móviles. Solo el cuestionario y un bolígrafo». Era lógico: razones de seguridad. Todavía hoy, Pereira solo alberga palabras de agradecimiento para los trabajadores que le ayudaron. Personas, recuerda, que «están donde nadie quiere estar» y que se desviven por hacer su labor lo mejor posible.

Una vez dentro, esperaba la llegada del criminal. «Me traían al entrevistado a una sala que no tenía nada que ver con las que se ven en las series. En el caso de Escalero, que había matado a más de una decena de personas, nos separaba una mesa. No iba esposado. Pero es normal, estaba hasta arriba de fármacos y no era peligroso». Solo hubo una ocasión en la que tuvo que ver a un reo a través del ‘cangrejo’, una reja que evitaba disgustos imprevistos. No puede desvelar el nombre del asesino porque sigue vivo, aunque sí su alias: ‘el loco’. Jamás olvidará lo que le respondió el que, en la actualidad, es considerado uno de los asesinos más peligrosos del país: «No tengo empatía, para mí eres como esa silla que tienes al lado». Luego añadió: «Me das igual, igual que me daban las personas a las que maté».

El criminal Francisco García Escalero
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALEROJUAN CARLOS SOLER

Con todo, afirma que jamás sintió miedo. En parte, por el botón del pánico que tenía a su disposición para llamar a los refuerzos en caso de peligro, pero también porque sabía que los presos no ganaban nada si le causaban algún daño. «No les interesaba porque no iban a conseguir más respeto entre sus compañeros. Si hubiese sido un funcionario de prisiones quizás, pero como psicólogo podía estar tranquilo». De hecho, afirma que, por lo general, la mayoría fueron muy simpáticos con él. «Tratan de acercarse a ti. Un mafioso te puede ofrecer, por ejemplo, unos billetes en primera clase para ir a ver a su familia en Italia». Los más modestos, que eran la mayoría, se limitaban a querer pagarle un café. «A veces era un truco psicológico para saber hasta dónde podían llegar. Luego empezaban pidiéndote pequeñas cosas como un chicle para saber lo que estabas dispuesto a hacer».

Una vez entablado el primer contacto y acotados los límites, Pereira iniciaba las entrevistas con una serie de preguntas tipo. «Algunas buscaban establecer su grado de psicopatía. La más usual era saber si torturaban pequeños animales en su infancia, pero no la podía hacer de forma directa porque la mayoría hubieran dicho que no. Solía cambiarla». En los galones del buen psicólogo, afirma, se halla además detectar la falsedad. «Tenemos trucos para saber si se finge una enfermedad. Muchos asesinos suelen decir que oyen voces que les ordenan matar. Me encontré con varios. Para estar seguro les pedía que describieran si esas voces venían de la cabeza o de los oídos. Atendiendo a la respuesta sabía si mentían».

El criminal Francisco García Escalero
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALEROJUAN CARLOS SOLER

Aunque la mejor medicina contra la falacia, sentencia, fue organizar varios encuentros con el mismo asesino para detectar las incongruencias. «Uno de ellos, que en principio me dijo que adoraba a los animales, me confesó que una vez cogió a un cerdo, lo maquilló, y lo mató clavándole el cuchillo una y otra vez». Con otros, sin embargo, no pudo ni la insistencia. «Recuerdo un caso que evalué. Me repitió que su mujer, que era obesa, le había suplicado que le practicase una operación de reducción de estómago porque era veterinario y ya lo había hecho con vacas. Dijo que no pudo negarse y que lo intentó. Ella murió y él quemó los restos. Siempre era la misma idea. Solo hubo una sesión en la que se acercó a mí y la quiso cambiar. ‘Mira, te voy a contar la verdad’. Pero reculó rápido. ‘No, no… que fue un desastre la operación’».

La historia se repite

Las conclusiones de Pereira fueron muchas. Aunque, como aficionado que es a la historia, hubo una idea que le gustó corroborar: los hechos se repiten hasta en el mundo del crimen. En sus palabras, una buena parte de los reos que entrevistó cuentan con su equivalente en el pasado. El ejemplo más claro podría ser el mismo Escalero, famoso por escuchar voces en su mente y por desenterrar cadáveres como parafilia. «Se parece a Romasanta, el hombre lobo gallego, en el sentido de que creía que un ‘poder superior’ le llevaba a matar, pero también al Arropiero debido a su obsesión con los muertos». El psicólogo mantiene que este sujeto no abandonó jamás aquella obcecación. «Cuando le pregunté si creía que podía volver a asesinar, me respondió sin titubear: ‘No sé, quizás si voy al cementerio con una botella de güisqui‘».

Hoy en día, en las prisiones españolas existe hasta una pareja similar a los mitificados Bonnie y Clyde. «Entrevisté a un asesino en Albocácer que era el típico psicópata. Su caso salió en los medios. Sedujo a una chica que acudía a la cárcel a dar clases, una trabajadora social. Ambos se fugaron y cometieron varios asesinatos hasta que fueron atrapados. Son lo que se llama ‘spree killers’ o asesinos frenéticos». Lo que más le sorprendió de las entrevistas fue una respuesta. «¿Qué harás al salir de prisión?». «Me dedicaré a robar». Aunque Pereira confirma que no es la réplica más surrealista que ha recibido. «Un ruso fue todavía más tajante. Cuando le interrogué sobre sus expectativas de futuro, me dijo, ‘claro que tengo, quiero asesinar al abogado, al fiscal, a la juez…’».

Al igual que sus entrevistas en prisión, nuestro encuentro no podía acabar sin una pregunta algo más humana. «¿Existe la maldad?». «Sí, claro que existe. Pura, dura y sin motivo. Aunque en menos porcentaje de lo que pensamos. De los cien sujetos a los que evalué, diría que apenas cuatro eran pérfidos. En ellos veías una mirada vacía. El resto, sencillamente, era gente que hizo cosas muy malas en un momento determinado de su vida». Como punto final, Pereira deja una triste reflexión. «La maldad está en nuestro día a día también. Personas que, dentro de una empresa, fastidian al resto para ascender o firman un despido de veinte personas y duermen a la perfección».

Una fotograma de la serie 'Mindhunter'
UNA FOTOGRAMA DE LA SERIE ‘MINDHUNTER’ – ABC

En 2017, la serie ‘Mindhunter’ se adentró en la mente de los asesinos en serie más peligrosos de los Estados Unidos de la mano de Holden Ford. Lo que se suele obviar es que este personaje de ficción está basado en John Douglas. El agente, toda una eminencia en la elaboración de perfiles criminales, se hizo popular en los años setenta gracias a que entrevistó a homicidas como David Berkowitz, Ted Bundy, Charles Manson o Ed Kemper. A través de sus respuestas, y a pesar de la reticencia de sus superiores en el FBI, pudo entender sus motivaciones, predecir sus conductas y establecer patrones que ayudaron a la policía a cazar a sus presas. Su paso por la Unidad de Ciencias del Comportamiento revolucionó la agencia de investigación.

El psicólogo Juan Ramón Pereira Docampo estudió durante tres años la psique de criminales como Francisco García Escalero. No podía entrar con nada, ni grabadoras, ni teléfonos móviles. Solo una libreta, un cuestionario y un bolígrafo

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

El criminal Francisco García Escalero, conocido como el «matamendigos», o el «asesino de mendigos» en el Psiquiátrico Penitenciario de Alicante
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALERO, CONOCIDO COMO EL «MATAMENDIGOS», O EL «ASESINO DE MENDIGOS» EN EL PSIQUIÁTRICO PENITENCIARIO DE ALICANTE JUAN CARLOS SOLER

En julio de 2013 Francisco García Escalero era ya un sesentón que había perdido el poco pelo que su cabeza había combatido durante años por conservar. La barba de tres días, rendida ya al blanco de las canas, y una barriga imposible de contener para el cinturón le daban aspecto de abuelo entrañable; ese suegro de mediana edad con chispas en los ojos al levantar en brazos a su nieto recién nacido. Pero vaya si las apariencias engañan. Aquel verano, el ‘matamendigos’ se personó varias veces ante un psicólogo que buscaba analizar su caso. Sus respuestas dejaron cristalino que hacía mucho tiempo que la cordura había apagado la luz y se había marchado para no volver. «Una vez vi a una chica y pensé en matarla. Lo pasé muy mal por no haberla matado, era muy guapa».

Escalero no es el único reo al que ha entrevistado a lo largo de su carrera el doctor en Psicología de la Salud Juan Ramón Pereira Docampo, pero sí uno de los pocos cuyo testimonio puede revelar con nombre y apellidos para no violar la Ley de Protección de Datos, pues falleció en 2014 tras atragantarse con el hueso de una ciruela. Las muescas en su libreta de estudio, anónimas en muchos casos, se cuentan por decenas. «Evalué a cien hombres condenados por asesinato en distintos centros penitenciarios de la Comunidad Valenciana. Algunos muy conocidos», explica a ABC. Gafas, perilla y sonrisa amplia. Roza los cuarenta. Su aspecto, jovial y distendido, contrasta con los muchos años de experiencia que atesora a la hora de desentrañar los secretos de la mente. Empezó pronto y, gracias a ello, trabaja en un centro psiquiátrico y dedica su tiempo libre a la investigación.

Análisis de crímenes

Con una bebida energética en la mano, obviemos la marca, Pereira recuerda a sus ‘pacientes’; los casos que estudió en múltiples sesiones durante meses. Algunos, chavales de veinte años que se presentaron en un hostal cúter en mano y degollaron a tres completos desconocidos sin razón. Otros, secuestradores que no tuvieron reparos en bromear de forma enfermiza tras arrebatar una vida. «Uno de ellos me comentó entre risas que señaló a su víctima y le dijo al resto de los presentes: ‘Oye, ponle una copa a este, que está muy callado’». Para los amantes de la pequeña pantalla, su labor recuerda a una famosa serie de televisión estrenada en 2017. «Me dicen mucho que soy el ‘mindhunter’ español», desvela. La única salvedad es que, además de entrar en la mente de los delincuentes, él se ha dedicado también a analizar crímenes históricos.

Pero Pereira no debe su interés por los asesinos a esta serie, sino a uno de los criminólogos más famosos de los Estados Unidos: Robert Kenneth Ressler. «Sus libros y sus entrevistas me llamaron mucho la atención antes incluso de comenzar la carrera». El psicólogo español vivió los noventa, la época en la que se empezaron a desvelar los encuentros que grandes expertos como este perfilador estadounidense habían mantenido con monstruos de la talla de Jeffrey Dahmer o Charles Manson. Con ese bagaje a cuestas, no tardó en solicitar a las instituciones penitenciarias la posibilidad de hacer lo propio en nuestro país cuando tuvo oportunidad. «Mi objetivo principal era crear una base de datos que generase un modelo predictivo. Este debía permitir a la policía acotar el perfil de la personalidad del delincuente».

Así, Pereira ideó una escala de un centenar de variables que, junto a otras tantas pruebas, hizo pasar a los criminales. Test para medir la inteligencia emocional, el cociente intelectual… Y, por descontado, entrevistas personales que buscaban, entre otras cosas, comparar las diferencias entre ellos y sus equivalentes internacionales. En principio, el único requisito es que fueran asesinos múltiples; es decir, que hubiesen dado muerte a varias personas. «Dentro de este campo se hallan también los asesinos secuenciales –que han matado en un tiempo amplio–, en serie –que han acabado con sus víctimas entre las 24 y las 72 horas– o de un solo acto». Sin embargo, terminó por abrir el espectro. «Al final, también estudié a algunos de una sola víctima o varios en grado de tentativa, si veía que el caso era interesante», completa.

Por aquello de la cercanía, redujo el radio de acción a los centros penitenciarios de la Comunidad Valenciana. Entre ellos, el Hospital Público Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, uno de los pocos de estas características que hay en España junto con el de Sevilla. Después, solicitó permiso a los diferentes criminales, a los que dejó claro que no obtendrían nada a cambio. Para su sorpresa, a un 90 por ciento les pareció bien. «A veces me preguntan la razón. Existen varias. La primera es que estar encerrado es muy aburrido. El hecho de que alguien hable con ellos ya les estimula. También está el componente de narcisismo. Por último, algunos creen que pueden manipularte para obtener un informe positivo que les ayude a salir antes, cosa que, en la práctica, es imposible porque las cárceles tienen sus propios psicólogos».

Cara a cara

Durante los siguientes tres años hizo una infinidad de entrevistas diferentes, aunque el proceso era siempre el mismo: llegar a la prisión de turno, pasar las inspecciones previas y sentir, cada día, ese hormigueo que le nacía en el estómago al saber el lugar en el que estaba. «Soy un tío delgado y con gafitas. Te puedes imaginar… El primer control se hacía en la puerta principal. Luego, esperaba hasta que el funcionario revisaba que todo estuviese bien. No podía entrar con nada, ni grabadoras, ni teléfonos móviles. Solo el cuestionario y un bolígrafo». Era lógico: razones de seguridad. Todavía hoy, Pereira solo alberga palabras de agradecimiento para los trabajadores que le ayudaron. Personas, recuerda, que «están donde nadie quiere estar» y que se desviven por hacer su labor lo mejor posible.

Una vez dentro, esperaba la llegada del criminal. «Me traían al entrevistado a una sala que no tenía nada que ver con las que se ven en las series. En el caso de Escalero, que había matado a más de una decena de personas, nos separaba una mesa. No iba esposado. Pero es normal, estaba hasta arriba de fármacos y no era peligroso». Solo hubo una ocasión en la que tuvo que ver a un reo a través del ‘cangrejo’, una reja que evitaba disgustos imprevistos. No puede desvelar el nombre del asesino porque sigue vivo, aunque sí su alias: ‘el loco’. Jamás olvidará lo que le respondió el que, en la actualidad, es considerado uno de los asesinos más peligrosos del país: «No tengo empatía, para mí eres como esa silla que tienes al lado». Luego añadió: «Me das igual, igual que me daban las personas a las que maté».

El criminal Francisco García Escalero
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALEROJUAN CARLOS SOLER

Con todo, afirma que jamás sintió miedo. En parte, por el botón del pánico que tenía a su disposición para llamar a los refuerzos en caso de peligro, pero también porque sabía que los presos no ganaban nada si le causaban algún daño. «No les interesaba porque no iban a conseguir más respeto entre sus compañeros. Si hubiese sido un funcionario de prisiones quizás, pero como psicólogo podía estar tranquilo». De hecho, afirma que, por lo general, la mayoría fueron muy simpáticos con él. «Tratan de acercarse a ti. Un mafioso te puede ofrecer, por ejemplo, unos billetes en primera clase para ir a ver a su familia en Italia». Los más modestos, que eran la mayoría, se limitaban a querer pagarle un café. «A veces era un truco psicológico para saber hasta dónde podían llegar. Luego empezaban pidiéndote pequeñas cosas como un chicle para saber lo que estabas dispuesto a hacer».

Una vez entablado el primer contacto y acotados los límites, Pereira iniciaba las entrevistas con una serie de preguntas tipo. «Algunas buscaban establecer su grado de psicopatía. La más usual era saber si torturaban pequeños animales en su infancia, pero no la podía hacer de forma directa porque la mayoría hubieran dicho que no. Solía cambiarla». En los galones del buen psicólogo, afirma, se halla además detectar la falsedad. «Tenemos trucos para saber si se finge una enfermedad. Muchos asesinos suelen decir que oyen voces que les ordenan matar. Me encontré con varios. Para estar seguro les pedía que describieran si esas voces venían de la cabeza o de los oídos. Atendiendo a la respuesta sabía si mentían».

El criminal Francisco García Escalero
EL CRIMINAL FRANCISCO GARCÍA ESCALEROJUAN CARLOS SOLER

Aunque la mejor medicina contra la falacia, sentencia, fue organizar varios encuentros con el mismo asesino para detectar las incongruencias. «Uno de ellos, que en principio me dijo que adoraba a los animales, me confesó que una vez cogió a un cerdo, lo maquilló, y lo mató clavándole el cuchillo una y otra vez». Con otros, sin embargo, no pudo ni la insistencia. «Recuerdo un caso que evalué. Me repitió que su mujer, que era obesa, le había suplicado que le practicase una operación de reducción de estómago porque era veterinario y ya lo había hecho con vacas. Dijo que no pudo negarse y que lo intentó. Ella murió y él quemó los restos. Siempre era la misma idea. Solo hubo una sesión en la que se acercó a mí y la quiso cambiar. ‘Mira, te voy a contar la verdad’. Pero reculó rápido. ‘No, no… que fue un desastre la operación’».

La historia se repite

Las conclusiones de Pereira fueron muchas. Aunque, como aficionado que es a la historia, hubo una idea que le gustó corroborar: los hechos se repiten hasta en el mundo del crimen. En sus palabras, una buena parte de los reos que entrevistó cuentan con su equivalente en el pasado. El ejemplo más claro podría ser el mismo Escalero, famoso por escuchar voces en su mente y por desenterrar cadáveres como parafilia. «Se parece a Romasanta, el hombre lobo gallego, en el sentido de que creía que un ‘poder superior’ le llevaba a matar, pero también al Arropiero debido a su obsesión con los muertos». El psicólogo mantiene que este sujeto no abandonó jamás aquella obcecación. «Cuando le pregunté si creía que podía volver a asesinar, me respondió sin titubear: ‘No sé, quizás si voy al cementerio con una botella de güisqui‘».

Hoy en día, en las prisiones españolas existe hasta una pareja similar a los mitificados Bonnie y Clyde. «Entrevisté a un asesino en Albocácer que era el típico psicópata. Su caso salió en los medios. Sedujo a una chica que acudía a la cárcel a dar clases, una trabajadora social. Ambos se fugaron y cometieron varios asesinatos hasta que fueron atrapados. Son lo que se llama ‘spree killers’ o asesinos frenéticos». Lo que más le sorprendió de las entrevistas fue una respuesta. «¿Qué harás al salir de prisión?». «Me dedicaré a robar». Aunque Pereira confirma que no es la réplica más surrealista que ha recibido. «Un ruso fue todavía más tajante. Cuando le interrogué sobre sus expectativas de futuro, me dijo, ‘claro que tengo, quiero asesinar al abogado, al fiscal, a la juez…’».

Al igual que sus entrevistas en prisión, nuestro encuentro no podía acabar sin una pregunta algo más humana. «¿Existe la maldad?». «Sí, claro que existe. Pura, dura y sin motivo. Aunque en menos porcentaje de lo que pensamos. De los cien sujetos a los que evalué, diría que apenas cuatro eran pérfidos. En ellos veías una mirada vacía. El resto, sencillamente, era gente que hizo cosas muy malas en un momento determinado de su vida». Como punto final, Pereira deja una triste reflexión. «La maldad está en nuestro día a día también. Personas que, dentro de una empresa, fastidian al resto para ascender o firman un despido de veinte personas y duermen a la perfección».

Una fotograma de la serie 'Mindhunter'
UNA FOTOGRAMA DE LA SERIE ‘MINDHUNTER’ – ABC

En 2017, la serie ‘Mindhunter’ se adentró en la mente de los asesinos en serie más peligrosos de los Estados Unidos de la mano de Holden Ford. Lo que se suele obviar es que este personaje de ficción está basado en John Douglas. El agente, toda una eminencia en la elaboración de perfiles criminales, se hizo popular en los años setenta gracias a que entrevistó a homicidas como David Berkowitz, Ted Bundy, Charles Manson o Ed Kemper. A través de sus respuestas, y a pesar de la reticencia de sus superiores en el FBI, pudo entender sus motivaciones, predecir sus conductas y establecer patrones que ayudaron a la policía a cazar a sus presas. Su paso por la Unidad de Ciencias del Comportamiento revolucionó la agencia de investigación.

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