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Elecciones de Madrid.-Ayuso sobre la colina

ELECCIONES EN MADRIDO

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  • JORGE BUSTOS
  • Actualizado Jueves, 22 abril 2021
Isabel Díaz  Ayuso, durante el debate electoral.
Isabel Díaz Ayuso, durante el debate electoral.

Se apagaron los focos unos segundos antes de encenderse, y todos nos preguntamos en qué estaría pensando don Ángel Gabilondo bajo la penumbra metafísica del plató de Telemadrid. “Me opongo o no me opongo: he ahí la cuestión”. Las luces se encendieron y seguía despierto: no cabe pedirle más.

Dominaba el rojo autonómico madrileño en los aliños indumentarios de Isabel Díaz AyusoMónica García y María Rey, que faenó con suave capote y dio la palabra en el arranque a Pablo Iglesias, a quien le toca trabajar un día al año: el día del debate electoral. Según Rocío Monasterio, Iglesias facturó 30 muertos por cada capítulo visionado de Netflix. Pero Pablo, a quien se le dan bastante mejor los platós que las residencias, no iba a perder el tiempo confrontando con Vox sino con Ayuso. Caza mayor, moño alto y dos pendientes en donde se columpiaban al unísono la pereza y la impostura.

En esta vida se puede ser tonto o listo, radical o moderado, pero sobre todo hay que procurar que tu aspecto no desmienta tu discurso. La candidata voxera dice cosas tremebundas sin poder escapar de su arquetipo de señora Rottenmeier, pero ser facha en 2021 no es tan fácil como ella se cree: es una bandería que exige abnegación, un embrutecimiento meticuloso. Monasterio pone empeño, no se lo niego, pero sus provocaciones empiezan a resultar ya tan convencionales que le acecha la más ridícula de las categorías políticas: la del facha centrado. Imagina bajar al supermercado a comprar naranjas y que cuando vuelvas nadie te haya okupado el piso. Qué desilusión, cantaría Rosendo.

Mónica García es médico, como se preocupaba de recordarnos cada poco, y además conserva hábitos de empollona del MIR. Sus parlamentos evocaban a la primera Soraya Sáenz de Santamaría, sólo que en la chaqueta de Mónica cabían fácilmente tres Sorayas. La pupila de Errejón tenía a favor la experiencia opositora de dos años comiendo Asamblea, y se notó, pero aún no ha conquistado la naturalidad del buen populista. En realidad hizo de candidata del PSOE ante el estupor de Gabilondo, que no le pidió el carné de milagro.

Don Ángel cada tanto recordaba la consigna de crueldad de Iván, pero le salía una dureza postiza, por momentos abrazable, como de oso panda cabreado: su cólera social no es creíble. Las órdenes de combate le exigían que se comportase como Adriana Lastra, pero si Lastra hubiera leído a Immanuel Kant no estaríamos como estamos. Hay algo pretecnológico en la oratoria de don Ángel, el rescoldo de un mundo ido, como si nos hablara en VHS cuando el resto de candidatos ya ha incorporado el streaming. Un candidato vintage afeado por la injerencia ruda de Sánchez.

El caso Bal fue interesante. Su papel era el más difícil, porque se juega literalmente la supervivencia. Pero en cuanto dejó de abusar del comodín del centro ignífugo, rol de casco azul en la batalla de Brunete -“Yo no voy a usar eslóganes” es también un eslogan-, fue de menos a más y terminó encontrando huecos inverosímiles entre Vox y el PSOE como un Benzema a quien hubiera abandonado el peluquero. Hasta el punto de que Monasterio no le atacaba a él sino a la sigla, que es como talar un árbol sin leña. Ojo que si algún efecto electoral puede tener este debate será entre los ex votantes dubitativos de Cs.

En cuanto a Ayuso, y salvo algunas escaramuzas con Iglesias, no perdió el aplomo presidencial de quien sale a defender lo conquistado frente a la artillería de los odiadores y el empalago de los pretendientes. Mirada fija a cámara y apelación constante a la soberanía del madrileño. Nada le gusta tanto a un madrileño como tener el destino de un político en sus manos, y Ayuso se lo ofreció con franqueza para gobernar a su manera, que todos saben ya cuál es. Iglesias no logró sacarla de sus casillas según su plan, lo que prueba dos cosas. Primero que nuestro revolucionario profesional se ha hecho mayor y ya no frunce el ceño con la convicción de antaño: sus guerras civiles parecen de fogueo. Y segundo que Ayuso ha alcanzado el punto virtuoso del poder, ese que conecta la personalidad del líder con el sentir mayoritario de su pueblo, por encima de sus errores concretos. Que Ayuso quiera usar esa facultad para gestionar la economía y no para darnos el coñazo de la guerra identitaria supone un feliz retorno del centroderecha a su mejor encarnación.