Alfaz del Pi

El callejero ‘mentiroso’ del alcalde de Palma y el nombre ‘franquista’ con el que no se atreve: Baleares

GUERRA CIVIL Memoria histórica

Tras la polémica por la decisión de borrar las calles de los buques ‘Churruca’ y ‘Gravina’, en realidad republicanos, contamos la historia del crucero “matón” que sí apoyó a Franco y que da nombre a las islas

La tripulación del 'Baleares', en su proa, en torno a 1936. EFE
La tripulación del ‘Baleares’, en su proa, en torno a 1936. EFE
  • BENJAMÍN G. ROSADO

Actualizado Domingo, 28 marzo 2021 –

El alcalde socialista de Palma, José Hila, se ha embarcado en una polémica con madera de naufragio. Esta semana el Ayuntamiento balear anunció una nueva modificación del callejero para cumplir con la Ley autonómica de Memoria y Reconocimiento Democrático. Entre los nombres de las calles borradas figuran las de los almirantes Federico Gravina, Cosme Damián Churruca y Pascual Cervera; los dos primeros, héroes de la batalla de Trafalgar, y el último, reconocido por comandar la flota de ultramar durante la guerra de independencia de Cuba. Para sorpresa y perplejidad de los historiadores, a los tres se les atribuye un mismo origen fascista a pesar de haber servido a la Armada en el siglo XIX.

El autor del informe, Marçal Isern, aclaró después que el motivo por el que se habían incluido estos nombres en el Censo de Simbología Franquista no hacía referencia a los marinos, sino a los buques así bautizados que intervinieron en la Guerra Civil y que más tarde, «durante un ilegal ayuntamiento franquista», se utilizaron para rotular las calles de la ciudad. Lo que el alcalde Hila y su equipo ignoraban es que dos de aquellos buques, el Gravina y el Churruca, se habían mantenido fieles al Gobierno republicano. Sólo el Cervera se sumó al levantamiento desde la base naval de Ferrol, donde había triunfado el golpe.

Hace tres años, Ada Colau esgrimió los mismos argumentos al retirar el nombre del almirante Cervera de una calle de la Barceloneta. Tras descorrer la cortinilla, con un nuevo letrero dedicado al actor Pepe Rubianes, no dudó en tildar de «facha» al que fuera ministro de la Marina de España en 1893 y destinatario de los elogios del mismísimo Fidel Castro.

En realidad, la embarcación franquista que más daño infligió a la República durante la contienda fue otra: el crucero Baleares, un «buque matón» -así se le llamó- de 10.000 toneladas y 194 metros de eslora que participó en la «masacre de la carretera» de la Batalla de Málaga, en febrero de 1937. Durante aquel triste episodio, conocido popularmente como «La Desbandá», murieron entre 3.000 y 5.000 civiles que huían por la única salida del cerco de la ciudad, abandonados a su suerte por las tropas republicanas.

El médico Norman Bethune, canadiense testigo directo que narró su experiencia al New York Times, describió la ofensiva del Baleares (que intervino conjuntamente con el Canarias y el Cervera) como una matanza indiscriminada con «niños envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados» a lo largo de «200 kilómetros de miseria». Mientras que el Gobierno de la República vio en el bombardeo de Guernica, que causó 250 víctimas mortales, una excelente campaña de propaganda, sobre el capítulo de Málaga se guardó silencio, pues fue motivo de vergüenza para ambos bandos.

De ahí que algunos historiadores y aficionados al revisionismo onomástico se pregunten ahora si Hila, en un nuevo gesto de pureza ideológica, se atreverá a solicitar a su colega socialista y presidenta de la comunidad, Francina Armengol, para cambiar el mismísimo nombre de las islas.

El buque de guerra 'Baleares'.
El buque de guerra ‘Baleares’.

Existe un precedente. En 2018, la entonces alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, intentó sustituir la placa de la calle del Crucero de Baleares, en Vallecas, por la de Barco de Sinaia, en homenaje al primer buque que zarpó hacia México tras la Guerra Civil lleno de exiliados republicanos. También en aquella ocasión se les pasó por alto a los expertos del Comisionado de la Memoria Histórica un dato aparentemente insignificante: antes de ser desguazado en 1946, el Sinaia fue requisado por la Alemania nazi y convertido en un barco-hospital de la Kriegsmarine de Hitler.

En 1936, en el momento de la sublevación franquista, la Marina de Guerra de la República consiguió neutralizar a los oficiales hostiles con amotinamientos. En las bases navales de Cartagena y Mahón los golpistas fracasaron, pero no así en las de Ferrol y Cádiz, que se unieron a la causa «nacional» con una pequeña flota compuesta por el acorazado España, el crucero Cervera y el destructor Velasco.

En julio de 1936, el Baleares no se había terminado de construir, por lo que precisó de una rápida dotación aún sin tener instalada la cuarta torre de artillería. «Eran tiempos difíciles, y por eso mismo las tripulaciones de los buques se nutrían de voluntarios de todas las provincias españolas», cuenta el historiador militar Michael Alpert en La Guerra Civil española en el mar.

«Su adiestramiento habría necesitado meses enteros y, sin embargo, bastaron pocas semanas para que su comandante pudiera considerar que el buque estaba en condiciones de salir». Y añade Pedro Corral, periodista e investigador de la Guerra Civil: «No podemos pasar por alto la posibilidad de que en la tripulación de los buques de Franco hubiera mucha marinería de izquierdas enrolada antes de la guerra y luego reclutas forzosos, aparte de voluntarios. Cuando se quiere borrar la tragedia del Baleares o del Castillo de Olite se borran también muchas tragedias de españoles al fin y al cabo, entre ellos chavales a los que les pilló la guerra en el bando sublevado o tuvieron que ir a filas sin rechistar».

DOS TORPEDOS CONTRA EL ‘BALEARES’

La mañana del 6 de marzo de 1938, a 70 millas de Cabo de Palos, la costa murciana amaneció teñida de sangre. Fue la mayor batalla naval de la Guerra Civil y en la que más barcos intervinieron. La noche anterior, los proyectores del destructor republicano Sánchez Barcáiztegui dibujaron la silueta del Baleares, que recibió el impacto de dos torpedos del Lepanto y se hundió a las 5 de la madrugada.

El alcalde socialista de Palma, José Hila. EFE
El alcalde socialista de Palma, José Hila. EFE

«El espectáculo era dantesco», relató uno de los 469 supervivientes, el marinero Antonino Cordero. «El barco era un montón de chatarra con muchos focos de fuego, con la popa levantada». Los destructores británicos Kempenfelt Boreas, que realizaban rutas comerciales del Mediterráneo, participaron en las labores de salvamento bajo el asedio de las bombas de los aviones republicanos. Murieron 788 marinos y su comandante.

Acabada la guerra, desde los púlpitos franquistas se honró a los caídos en el «heroico y glorioso fin del crucero Baleares». A falta de restos del naufragio, Franco autorizó la filmación de una película inspirada en la «epopeya del Baleares». Su director, el mexicano Enrique del Campo, compensó su escaso bagaje cinematográfico (un mediocre largometraje titulado El huésped del sevillano) con sus méritos de espionaje y una inquebrantable adhesión a la causa franquista. «Todas las escenas transcurridas a bordo del Baleares se filmaron en el Canarias bajo la supervisión de Manuel Augusto García Viñolas, director general de Cinematografía y Propaganda», recuerda el investigador Juan Antonio Martínez-Bretón.

«Sin embargo, a pesar de las bendiciones iniciales, la película fue suspendida un día antes de su estreno mediante una orden telefónica». Los actores Roberto Rey y Marta Ruel dieron vida a la pareja protagonista en una «vulgar comedieta de amores y amoríos con inadecuadas situaciones sainetescas», según el historiador de cine de la época Carlos Fernández Cuenca, uno de los pocos que tuvieron acceso al guión, donde se podía leer: «Bajo las primeras luces del día, los marinos, formados en cubierta y con las gorras en alto, cantan el Cara al sol; el Baleares y sus hombres desaparecen bajo las aguas».

Ocurrió lo inesperado. La cinta, que había superado sin contratiempos la censura, recibió una fulminante andanada de la cúpula de la Armada. «Una proyección privada en el Ministerio de la Marina para presentarla ante un grupo de altos mandos fue el detonante. No está claro si Franco llegó a verla, suponemos que sí, como también que la escenificación del hundimiento de su buque estrella debió de parecerle antipatriótica, o cuando menos frívola».

El Estado Mayor ordenó la destrucción de todas las copias y no llegó a proyectarse en ninguna sala. «El cine Avenida de Madrid, donde estaba anunciado el estreno el 12 de abril de 1941 coincidiendo con la efeméride de la proclamación de la II República, había sido engalanado con luminarias de Hollywood y fotogramas para cartelería, los únicos que evitaron las llamas. Es un caso insólito de la historia de la censura franquista pues, a diferencia de otros títulos contrarios a los “intereses nacionales”, como Rojo y negro, aquí no sobrevivió una sola lata de negativos».

Además de en Palma, existen otras dos calles dedicadas a la memoria del crucero Baleares, una en Fuerteventura y otra en Madrid, donde el Ayuntamiento fue condenado en costas y temeridad administrativa por haberla eliminado. También se erigieron monumentos en Llerena (Badajoz), en el Museo Naval de la capital, en San Sebastián, Algeciras, Ondárroa (la localidad vizcaína de donde procedían 50 de sus tripulantes), y también en Mallorca.

El 16 de mayo de 1947 Franco inauguró un monolito en el parque de Sa Feixina de Palma diseñado por el arquitecto Francisco Roca Simó. En 2010 se retiraron los elementos franquistas del obelisco para adaptarlo a la Ley de Memoria Histórica, pero no fue derribado, como pedían varias asociaciones. Finalmente, el año pasado, el Tribunal Superior de las islas falló a favor de su conservación al reconocer su valor patrimonial.

Los buques 'Gravina' y 'Churruca', fieles a la República.
Los buques ‘Gravina’ y ‘Churruca’, fieles a la República.

ERRORES DE BULTO

También entonces Hila se comprometió a seguir luchando por la demolición del monumento. Entretanto, encargó un informe para la modificación del callejero que ha sido cuestionado por contener errores históricos de bulto. Además de lo referido a los almirantes, se ordenó retirar las placas de otros «exaltadores del régimen», como Castillo de Olite, Joan March, Brunete, Alfambra, Josep d’Oleza, Bisbe Planas, Gabriel Rabassa, Canonge Anto ni Sancho e incluso Toledo, lo que llevó a la portavoz del PP en el Ayuntamiento del municipio manchego a presentar una moción para declarar persona non grata a Hila.

También la familia de Gabriel Rabassa, un ajusticiado por el nomenclátor, dirigió una carta al socialista. «Es una discusión absurda», se quejaba Bernardo Rabassa. «Mi padre fue falangista y delegado del Movimiento en los inicios, como Adolfo Suárez fue secretario general del Movimiento y a nadie se le ocurre llamar a Suárez franquista». Lo más curioso es que fue el propio alcalde quien en 2009, esta vez como concejal de Función Pública, presidió el acto de inauguración del Carrer de Gabriel Rabassa.

Ante el aluvión de críticas de esta semana, al final el consistorio palmesano rectificó. El viernes paralizó su plan para las calles que quedaban pendientes, a la espera de una revisión «urgente y extraordinaria» del censo y un nuevo informe que podría devolver a los heroicos almirantes al callejero balear.