Alfaz del Pi

El fabuloso tesoro artístico que Franco expolió para Asturias del «botín de guerra»

ASTURIAS

El Museo de Bellas Artes descubre el origen de un centenar de lienzos incautados durante la guerra y traídos en 1941 al Principado. Otras obras salieron, pero nunca fueron recuperadas

Un traslado de obras de Madrid a Valencia, durante la Guerra Civil. Muchas de esas obras volvieron al Museo del Prado y de ahí, en 1941, algunas fueron entregadas a la Diputación de Asturias. Hoy están en el Museo de Bellas Artes asturiano

GUILLERMO GUITER
06/03/2021 06:38 H 

Septiembre de 1937. Las tropas franquistas están aplastando el Frente Norte. El Gobierno de la República decide sacar de España todas las obras de arte que pueda para evitar que caigan en manos de las tropas franquistas o que sean destruidas en los combates. Un barco zarpa desde Unquera con 6.000 refugiados y otra importante y delicada carga: 124 cajas que contienen parte del mejor patrimonio de Asturias y Cantabria. Después de varias aventuras, el cargamento acaba llegando a Valencia… y ahí se pierde su rastro. Hasta el día de hoy, no se sabe qué había en las cajas, ni dónde está ese contenido.

Termina la Guerra Civil. Dos años después, se produce un viaje de patrimonio en sentido inverso: las autoridades franquistas traen a Asturias una compensación en forma de un total de 131 obras de arte que estaban depositadas en Madrid, en dos envíos: 64 en el primero (el 17 de julio de 1941) y otras 67 en el segundo (el día 28 del mismo mes), lienzos procedentes del Museo del Prado y del Palacio de Exposiciones del Retiro.

Hay un salto grande en el tiempo hasta que, en el año 2015, una investigación del Museo de Bellas Artes de Asturias comenzó a rastrear el origen de casi todas ellas. No eran, naturalmente, las que habían salido por mar en 1937, puesto que el inventario se había perdido.javascript:false 

Un exhaustivo trabajo de la investigadora Paula Lafuente Gil, de la pinacoteca asturiana, trazó las pistas de esas obras (Lo reveló en Lo que la guerra unió… ¿lo habrá separado la historia?, ponencia en el II Congreso Internacional Patrimonio Cultural, Guerra Civil y Posguerra). Lafuente señala que en su momento fueron entregadas y expuestas o depositadas en el Palacio de la Diputación, actualmente la Junta del Principado, ya que por entonces no existía un museo provincial.

«La echadora de cartas» de Zuloaga y el reverso del cuadro con las numerosas notas que indican el seguimiento del cuadro, que fue entregado a la Diputación de Asturias en 1941

Allí permanecieron hasta la creación del Museo de Bellas Artes de Asturias en 1980. La mayoría, pero no todas las obras le fueron entregadas en esa fecha: «Hoy en día están localizadas un total de 98 piezas; el resto se quedaron en el Palacio de la Diputación y no pasaron al museo, o fueron devueltas cuando fueron reclamadas por sus propietarios, o sencillamente han desaparecido», aunque pocas. Solo 14 no han podido ser localizadas.

La interesante investigación de Paula Lafuente y el museo aparece citada en un amplio volumen recién publicado por el profesor Arturo Colorado: Arte, botín de guerra. Expolio y diáspora en la posguerra franquista (Editorial Cátedra, 2021), como parte de una catalogación más extensa del destino del patrimonio artístico después de la guerra en todo el territorio nacional.

Tesoros de ida sin vuelta

Como cuenta en su libro Arturo Colorado, el Gobierno de la República se había incautado de muchas obras de arte en toda España, y no solo de museos: también de iglesias, instituciones y colecciones privadas. De Asturias dice, un organismo creado expresamente, la delegación provincial de la Junta del Tesoro Artístico (JTA), sacó de España un número no determinado de obras junto a una buena parte del patrimonio cántabro.

Citando otro trabajo de Rebeca Saavedra, de la Universidad de Cantabria, Colorado explica que «las obras de Santander y Asturias habían sido evacuadas por la junta provincial de la JTA cuando el ejército franquista inició el ataque en el frente norte». Las piezas asturianas estaban «diseminadas en diversos depósitos. El plan de la Junta era reunirlas y trasladarlas a Unquera (…), y de allí transportarlas a Francia para finalmente llevarlas a Valencia».

Ese fue más o menos el proceso, aunque obviamente no resultó fácil. «El 22 de septiembre de 1937, después de varios días de intenso trabajo bajo el bombardeo franquista, se embarcaba el patrimonio astur-cántabro en el vapor inglés Mydol, que transportaba a 6.000 refugiados con destino a un puerto a 50 kilómetros de Burdeos».

El gijonés Eleuterio Quintanilla, profesor de filosofía y militante anarquista, fue el delegado por la Consejería de Cultura de Asturias para custodiar el valioso envío. El total de cargamento era de 124 cajas, de las que 15 procedían de Asturias. El recibimiento de los franceses, como también ocurrió al terminar la guerra, no fue del todo el esperado: «(…) El barco atracó el 2 de octubre en Le Havre, donde el cargamento, para sorpresa de sus custodios, fue embargado por la justicia francesa, ocupadas ya ambas provincias por el franquismo, a instancias de varios bancos de Asturias y Santander, aduciendo que en él había valores de su propiedad».

Finalmente, Ángel Ossorio, embajador de la República en París, presentó una protesta ante el Ministerio de Asuntos Exteriores del país vecino y, «tras dos meses en puerto, a finales de noviembre, se levantaba el embargo y las obras pudieron ser transportadas hasta la embajada en París. Se desconoce la fecha a lo largo de 1938 en que las obras regresaron a España con destino a Valencia, donde fueron depositadas en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad», es decir, aún bajo control republicano, ya que esa ciudad cayó en marzo del año siguiente. Y, lo más importante, «hasta la fecha no se ha localizado el inventario de estas piezas».

Lo que Asturias obtuvo del «reparto»

Avancemos hasta los años 40 del pasado siglo, una vez terminada la contienda. La pregunta es ¿de dónde salió lo que llegó a Asturias y por qué? La respuesta es a la vez simple y compleja. Compleja, porque, según Paula Lafuente detalla, hubo que averiguar la mayor parte de la procedencia de las obras una por una.

«Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines de palacio», de Luis de la Cruz, procedente de la colección Bauer y colgado en las salas del Museo de Bellas Artes de Asturias

 «Es increíble cómo fueron capaces de documentar tan minuciosamente lo que fue incautado en unas circunstancias de guerra tan tremendas. Gracias a ello sabemos mucho de las obras, aunque algo se perdió, o fue robado». Otra parte, explica, fue entregada a la Iglesia y esa institución «al fin y al cabo, no deja de ser un particular, por lo que su rastreo ya no es posible en los archivos públicos». Es curioso, además, dice Lafuente, que «incluso el Gobierno de la República en el exilio colaboró y envió documentación al Gobierno de Franco para que se pudieran recuperar las obras».

Y la respuesta también es simple, porque el cargamento que recibió el Principado fue seleccionado entre lo que había en los depósitos del Prado y del palacio del Retiro «al azar», en opinión de la investigadora. «Eso no quiere decir que quien lo hizo no sabía el valor de los cuadros y esculturas; por el contrario, era gente que lo conocía muy bien», tanto cuando se realizaron las incautaciones como cuando se llevó a cabo el reparto en la posguerra. De hecho, fueron fotografiados e inventariados, aunque a veces no muy afortunadamente.

En el primer envío del 17 de julio de 1941, «abundan los retratos, las pinturas religiosas, paisajes y bodegones», algunos de ellos recuperados de Ginebra, donde la República los había enviado para ponerlos a salvo. En el segundo, el 28 de julio del mismo año, llegan 67 piezas con «pintura, varios dibujos, dos fotografías y la única escultura del lote, todos de temática variada». Son 131, pero en el mes de septiembre ya solo aparecen 119 piezas. «Se integraron con el resto de elementos decorativos del palacio ampliando la colección de arte y quedando repartidas por despachos y pasillos. Hay que pensar que realmente su destino no fue un museo sino un edificio de servicios, que su destino no fue un museo sino un edificio de servicios, y que fueron tenidas en cuenta como elementos decorativos», señala Paula Lafuente. Y no todas estaban expuestas, algunas se encontraban almacenadas.

¿Y por qué no se devolvieron a sus dueños?

El Museo de Bellas Artes consiguió listar hace pocos años la mayor parte de la procedencia de las obras, pero transcurridos ya más de 80 años desde la entrega a la Diputación, según la ley, ya forman parte del patrimonio nacional irreversiblemente. Porque, «en realidad, están en depósito: siguen perteneciendo al Estado español», aclara Lafuente. 101 obras están en el museo, cuatro fueron devueltas y «nada sabemos del destino de 13 pinturas y la escultura» (Estocada de la tarde, de Benlliure). 

La pinacoteca asturiana considera tres de los cuadros, incluso, como parte de su mejor colección, entre sus «obras maestras»: La Virgen de la Anunciación (1555) de Juan Correa de Vivar; La Adoración de Reyes Magos (1520-25) de Felipe Pablo de San Leocadio y El Bodegón con pescados (h. 1650) de Elías Vonck.

Algunas obras, pocas, fueron devueltas cuando sus propietarios pudieron acreditar que se les habían incautado: es el caso de Encajera de Eduardo Chicharro, devuelta a los herederos de Domingo Barnés en 1949; Prostíbulo y Retrato de mi madre, de José María López Mezquita, devueltas en 1947 y Estigmatización de San Francisco, de Bartolomé Carducho, que pertenecía al Museo del Prado y volvió a él.

El resto, explica la investigadora, nunca fue reclamado. Bien porque sus propietarios se habían exiliado, o habían muerto durante la guerra, o quizá no pudieron hacerlo por motivos políticos.

Hubo más obras destacadas que cuelgan en las paredes del museo. Por ejemplo el cuadro Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines de palacio, de Luis de la Cruz y Ríos (procedente de la colección Bauer), cuya imagen es solicitada a menudo porque «es raro ver a los monarcas con un atuendo informal», dice Lafuente. La colección Bauer se refiere a una familia de banqueros de origen judío húngaro. Ignacio Bauer (1827-1895), representante de Rotschild en España, compró un impresionante palacio en la calle San Bernardo de Madrid que tenía dentro incluso una sinagoga y actualmente es la Escuela Superior de Canto. (Y también tenían un palacio en Gijón). Su colección de arte era enormemente valiosa, como refleja el acta de incautación de 1937, aunque para entonces, se dice, estaban arruinados.

Actas de incautación de patrimonio durante la Guerra Civil. A la derecha, propiedades del alcalde Pedro Rico y, a la izquierda, una de las ocho hojas del extenso patrimonio de los Bauer, donde se enumeran cuadros de Goya, Fortuny, Sorolla o Breughel, entre otras muchas obras

Pero son muchas las obras de arte recuperadas. Por ejemplo, La Echadora de cartas de Ignacio Zuloaga, Virgen con el Niño y San Juanito de Zacarías González Velázquez o dos obras de Eugenio Lucas Villaamil: Majas y Romería gallega. Y llegó alguna obra de las incautadas por el Gobierno republicano a Ruperto de Besga, un hombre adinerado, como la pintura de una dama realizada por un anónimo francés del siglo XVIII.

También llegó a Asturias una obra propiedad de Pedro Rico, por entonces alcalde de Madrid: Vendedor de periódicos (que figura en el acta de incautación como Un majo vendedor de periódicos), de José Jiménez de Aranda. Del domicilio de Rico se llevaron 22 lienzos, la mayoría de Eugenio Lucas Villaamil y dos dibujos.

Hoy, lo que llegó en 1941 forma parte del legado cultural asturiano, pero al mismo tiempo de lo sucedido durante la guerra y la larga posguerra española.