Reflexiones a propósito del devastador Gloria en la Comunidad Valenciana

Los daños causados a la costa por el reciente temporal han generado multitud de opiniones y comentarios sobre el estado de nuestras playas, los cuidados que se les dedica, las obras y chiringuitos que allí se emplazan, los paseos marítimos arruinados, así como los menores daños producidos en las playas que conservan o tienen un cordón de dunas estabilizado por especies vegetales adaptadas al ambiente marino. No estando todas las opiniones igualmente fundadas, ni por ello las soluciones propuestas, parece oportuno recordar algunas nociones básicas de la ingeniería de costas para impulsar las más adecuadas.
Cuestión previa es señalar que nuestras playas, todas, carecen desde el siglo pasado de los aportes de arena que a través de los ríos les llegaba. Los embalses que tanto beneficio nos han traído aún no han encontrado la forma de compensar este perjuicio. Son estas playas mal alimentadas las que soportan los temporales. Queda este problema pendiente, que en algún momento deberá afrontarse.
El estado habitual del mar, de modo especial nuestro Mediterráneo, es el de calma. Muchos son los días, especialmente en verano pero también en invierno en que podemos verlo a primeras horas de la mañana en completo reposo. Son los vientos los que al soplar sobre su superficie le transmiten su energía agitándolo. De la duración de estos vientos y de la longitud y superficie de mar sobre la que lo hagan dependerá la energía transmitida que se manifiesta en la altura de ola generada.
La visión de un mar en calma nos deja creer que es posible ocupar la arena de modo permanente, con chiringuitos, paseos y otras obras que efectivamente facilitan nuestras estancias en las playas cuando nos bañamos, tomamos el sol o simplemente contemplamos el mar. La proximidad al agua es un valor que todos apreciamos.
Pero estas obras, bien por su tipología bien por su emplazamiento, pueden ser incompatibles con la función esencial de las playas, reitero: esencial, que es disipar la energía de los temporales cuando llegan a la costa. Porque llegan.
La energía recibida del viento tiene que ser disipada, y las playas así lo hacen, adaptando su perfil, transportando arena mar adentro formando una visible «barra» que obliga a que la ola rompa antes al limitar el fondo su altura. Pero ese cambio de perfil permite mayores avances del mar tierra adentro que encuentran fin cuando un cordón de dunas, capaz de ceder y retener arena lo detiene.
La interposición de paseos marítimos artificiales en ese camino producirá, no su amortiguación, sino la reflexión de las olas, que en su retorno arrastrarán arena hacia el mar, cuya recuperación tras el temporal sólo será parcial.
Un ejemplo claro de esto es el paseo marítimo de la Malvarrosa, que muchos veían tan alejado de la línea de costa que creían innecesario dotar de ninguna otra protección, y rechazaron la implantación de dunas aun de baja cota para evitar cualquier modificación de su paisaje.
En la Malvarrosa, como en la Patacona, el Saler o las playas urbanas de Sueca como Palmeres o Mareny Blau, en Tavernes, Bellreguard, Piles, etc., es necesario recuperar el perfil completo de la playa, que incluye el cordón o los cordones dunares que la rematan.
Esta recuperación cabe hacerla modulando la altura de las dunas con la anchura ocupada por sucesivos cordones de escasa elevación, sin causar barreras visuales.
Muchos son los problemas de la costa y al hilo del temporal padecido hemos tratado aquí sólo uno de ellos. Invertir en su renaturalización, restaurando las características de las que se le privó será, sin duda una buena inversión.
Federico Bonet es decano del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Demarcación de la Comunidad Valenciana.