Alfaz del Pi

EL CIRCO NACIONAL.- PEDRO SANCHEZ CAMINA HACIA SU FINAL

LA GIRA FUNERARIA DE PEDRO SANCHEZ

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Antonio Chenel, el gran Antoñete, un mutante a quien en lugar de manos le creció un capote al final de los brazos con el que ejecutaba la media verónica más sensual y despaciosa que se han visto en la plaza de Las Ventas, se despidió por segunda vez de los ruedos en 1985 a los 53 años.
En contra los buenos consejos de sus amigos, Chenel quiso de nuevo desafiar al dios Cronos y volvió a saltar a la arena en 1987, pero ya nada fue igual, los dos siguientes años se convirtieron en una despedida sádica ejecutada en domingos alternos. Una gira funeraria que mostraba el inexorable declive de un diestro que lo fue todo y que ya solo era capaz de arrastrar su gran humanidad por plazas de segunda semivacías.
Muchos amigos le acompañaron en su retorno, pero incluso aquellos que decían que el precio de la entrada estaba cubierto en cuanto Antoñete ponía el primer pie en el albero al iniciar el paseíllo, pronto dejaron de hacerlo, más por dolor que por miedo.
No, Pedro Sánchez no es Antoñete ni de lejos. Las cuatro elecciones en las que llevó a la derrota al Partido Socialista le llevaron a él a la enfermería con pronóstico reservado y no se le recuerda faena memorable alguna, salvo si consideramos memorable haber inoculado en el PSOE los venenos del odio y la división, que aún desparraman sus cada vez más menguantes ‘pedroliebers’ en las redes sociales.
He tratado de seguir con interés la vuelta de Sánchez a los ruedos el sábado en Xirivella, pero mi interés político se ha convertido poco a poco en un interés meramente forense. No estábamos asistiendo al retorno de los Rolling Stones sino al comienzo de algo bastante más triste, una gira funeraria.
Las palabras de Sánchez, su gesto hosco, su tono airado, el entorno digno del teatro de Manolita Chen, la disposición vintage del escenario al mejor estilo del ‘presidium’ del PCUS de Breznev y la elevada edad media de los asistentes no daban precisamente la impresión de ser el comienzo de algo, sino más bien una despedida.
Si el entorno de Pedro Sánchez -en el que me consta que hay gente inteligente- no lo remedia, vamos a asistir en los próximos meses al triste espectáculo de un Sánchez dándose un larguísimo adiós a sí mismo en pueblos cada vez más pequeños, con cada vez menos gente en el patio de butacas y con discursos cada vez más radicalizados para tratar de colarse en periódicos, radios y televisiones sin éxito.
Alguien que le quiera de verdad debería decirle a Sánchez que sin el apoyo de las federaciones del PSOE de Andalucía y Cataluña, es imposible ( repita conmigo IM-PO-SI-BLE) no solo ganar unas primarias en el PSOE, sino siquiera conseguir los avales para llegar a ser candidato.
Alguien que le quiera de verdad debería decirle a Sánchez que cuando miró al patio de butacas en Xirivella y no vio a ningún secretario general de federaciones que aún le apoyan, no era por problemas de agenda, sino porque ya no quieren unir su futuro político al de una estrella menguante como él.
Alguien que le quiera de verdad debería decirle a Sánchez que si solo ha conseguido que Odon Elorza y Pérez Tapias se suban al escenario con él, eso es que las cosas no van demasiado bien.
Alguien que le quiera de verdad debería decirle a Sánchez que casi todos los diputados y senadores que puso a dedo están ya buscando otros paraguas bajo los que refugiarse, y que aunque aún le sigan cogiendo el teléfono, pronto dejarán de hacerlo.
En Xirivella Pedro Sánchez no estaba presentando su candidatura a nada, simplemente, y aunque él aún no lo sepa, estaba comenzando a despedirse.