EL CIRCO PLAYERO.- BENIDORM.- UN TERRITORIO HOSTIL: COSTAS TIENEN Y DEBE HACERSE CARGO DE ELLAS

SE HACE NECESARIO SU VUELTA A LA ADMINSITRACIÓN CENTRAL

Maesba

Las playas de Benidorm, particularmente la de Levante, se ha hecho una «PLAYA HOSTIL» en donde los enfrentamientos y peleas, a diarios, pudieran acabar, en algún momento, en desgraciados incidentes.

La gran densidad de hamacas y sombrillas, 7.000 y 2500 respectivamente, deja poco terreno para que los particulares, sobretodo los mas mayores, (Tercera Edad) que no pueden tener esos dos metros  cuadrado que necesitan para colocar su sombrilla y asiento.

El gran abuso de la empresa explotadora de este servicio publico y la dejación municipal para mantener la paz y la concordia entre los bañistas hace necesario una clara y URGENTE intervención de la Administración Central, concretamente de COSTAS y que pase a ella la responsabilidad de administrarla de manera correcta, con las distancias SANITARIAS,  bien concretadas, de hamaca a hamaca en evitación de males mayores.

COSTAS, después de como se administran las playas de Benidorm debe, tiene que hacerlo, quitar esa facultad administrativa al ayuntamiento por el bien de todos y para mantener la imagen de la ciudad en alza.

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La playa de Benidorm. / Cordon Press

Por último, a un servidor la playa también le produce diversas neuras metafísicas: el agobio ante el límite cósmico que representa el horizonte (y por el que se derrama el océano), la ansiedad ante la eternidad y el constante paso del tiempo (representado por el implacable ritmo de las olas, que seguirán aquí después de nuestra muerte y hasta que el sol, hinchado como una gigante roja, engulla al planeta Tierra) o los horrendos monstruos marinos que, cada vez que nos metemos en el agua, acechan en las insondables profundidades bajo nuestros deliciosos pies. Pues bien: cada verano enormes masas de ciudadanos nacionales e internacionales huyen en manada hacia un lugar tan terrible como el descrito.

A la playa.

En tiempos pretéritos, sin embargo, la especie humana hacía gala de una mayor sensatez. El mar, la playa, eran vistos como lo que son: un lugar peligroso y endemoniado al que solo iban aquellos que no tenían otro remedio, como los marineros o los pescadores. Allí, en la costa, ocurrían las galernas y los naufragios, las catástrofes naturales, moraba el kraken, el leviatán, Caribdis y Escila. Y más allá, lo desconocido, el fin del del mundo, la terra incógnita donde habitaban estos monstruos.
La cosa cambió cuando la aristocracia del s. XVIII, sobre todo inglesa, comenzó a frecuentar la playa por aquello de mejorar su salud (los baños médicos eran recomendados para multitud de afecciones, desde la histeria al reuma, pasando por la gota, la melancolía, el raquitismo o la lepra) y se empezaron a edificar hoteles en las costas para albergar a aquel incipiente turismo sanitario-playero. Con el tiempo, las emergentes clases medias imitaron los gustos de las élites y, gracias a la mejora de los transportes y a una creciente industria del ocio, pasamos de aquellas playas para refinados aristócratas británicos a modelos extremos como el de Benidorm o Magaluf. Hoy el turismo de sol y playa es fundamental para la economía española, así que vayan por delante mis disculpas al sector y esperemos que este artículo no tenga demasiada aceptación y no hunda la economía patria.
Pero lo cierto es que, en lo que se refiere a vacaciones, vivimos en una sociedadplayocéntrica. Igual que el heteropatriarcado (tan denunciado hoy en día), la idea de que lo natural es irse a la playa de vacaciones es como un virus que se inocula desde la infancia, en la escuela o la familia, con tanta naturalidad que resulta difícil cuestionarlo. Si pensamos en verano, si pensamos en vacaciones, pensamos irremediablemente en playa. Se ofrece la falsa disyuntiva de «playa o montaña», pero lo cierto es que a la minoría que va a la montaña se la considera formada por personas extrañas por las que hay que sentir pena o una profunda desconfianza.

A los que la playa no es que nos horrororice, pero no nos gusta demasiado, la sociedad nos ofrece solo el sometimiento. Seguiremos yendo a la playa con nuestros seres queridos, tratando de refugiarnos bajo la sombrilla y no caer en las más hondas ansiedades metafísicas, tratando de no rebozarnos demasiado en la arena, porque ir a la playa es lo bueno, es lo que hay que hacer y lo que se hace, y si no estás a gusto, tendrás que adaptarte, pues eres tú el desviado.
Daría la impresión, en vista de la avidez y naturalidad con la que los seres humanos han adoptado la playa, de que es su hábitat natural, y de que si no existiera la condena bíblica del trabajo, viviríamos siempre sobre la arena, embadurnados de crema y sacando los filetes empanados de su envoltorio de papel albal. Queda dicho. Yo ahora, por supuesto, me voy a la playa.

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