Arcadi Espada: «Franco fue un dictador en un país secundario, un caudillo menor. Compararlo con Hitler no tiene sentido»

CULTURA

El periodista actualiza su ensayo ‘En nombre de Franco’, sobre los cientos de judíos que salvó de los nazis el embajador Ángel Sanz Briz. «Un franquista puede ser honrado igual que un comunista puede ser

Emilia LandaluceTexto

Ángel NavarreteFotografías. Madrid

Actualizado Lunes, 29 septiembre 2025 – 22:45

Arcadi Espada (Barcelona, 1957) publicó En nombre de Franco por primera vez en 2013. Cinco años antes, Pilar Cortés, su editora en Espasa, le había propuesto escribir sobre la labor de los diplomáticos franquistas en el Holocausto y el escritor decidió centrarse en Ángel Sanz Briz, responsable de la Embajada española en Budapest, y en todos los mimbres humanos que componen su historia. Escribir la verdad -lo único que le interesa a Espada- le supuso enfrentamientos con las familias de algunos implicados.

Demostrar que Franco ordenó el salvamento de unos cuantos judíos europeos era y es conflictivo, y, pese a las pruebas, el mainstream de los historiadores no parece dispuesto a aceptarlo. La nueva edición del libro, publicada por Península, aporta nuevos datos sobre la peripecia vital de Sanz Briz y ahonda en algo tan incómodo como los hechos probados. Sin prejuicios y en crudo, como es Arcadi. Se lee como una novela, pero es todo verdad. Aunque a algunos les siga pareciendo más cómoda la leyenda.

En TVE discutían recientemente sobre la posición de Franco respecto al Estado de Israel, al que nunca reconoció, y sobre su comportamiento con respecto a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Escribe que Bernd Rother, el gran especialista sobre el tema, apenas concede a Franco…El Estado de Israel nombró «Justo entre las Naciones» en 1966 a Sanz Briz. Cuando pidió permiso a Castiella, entonces ministro de Asuntos Exteriores, no le autorizaron a recoger la distinción ni a participar en la ceremonia por esos «tradicionales lazos de amistad con los países árabes» de España.La familia sabía pocos detalles de lo que Ángel Sanz Briz había hecho en Hungría.La familia se entera de muchas cosas por mí. Y hay algunas que no le gustan. Por ejemplo, el informe que Sanz Briz presenta en los años 40 para volver a la carrera diplomática. Cuenta lo que hizo como quintacolumnista en el Madrid republicano, cuando salvó a derechistas en la estación del Mediodía (hoy llamada Atocha-Almudena Grandes). Se trata de dos episodios de su vida relacionados: la salvación de los derechistas en Madrid y de los judíos en Budapest. La familia no quiere que se vincule la labor de Sanz Briz en Hungría con el franquismo.

https://e9394a6fb62c818b6b5c75575e015c9e.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html¿Era muy franquista? También es quien entrega el texto del Manifiesto de Lausana a don Juan.Era franquista, pero también un hombre inteligente y honrado. Parece que un franquista no puede ser moral ni inteligente. Es ridículo. Y lo mismo ocurre con los comunistas. ¿Es que no hay comunistas inteligentes, bondadosos? Claro que los hay.

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Franco estaba al tanto de la salvación de los judíos húngaros.Franco, a través de su ministro Lequerica, ordenó que Sanz Briz salvara el mayor número posible de judíos. Esa orden consta por escrito y no tiene discusión. Siempre he dicho que este libro trata del caso de los judíos húngaros. No he escrito un libro sobre la política global del franquismo respecto a los judíos; eso lo han hecho Rother, Moradiellos y otros, con desiguales resultados. El caso húngaro se desarrolla al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya está claro que los aliados van a ganar y se teme que su victoria tenga consecuencias para España. Entonces se pone en marcha una determinada política, impulsada por el anterior ministro Jordana, que pasa por ese peculiar personaje Javier Martínez de Bedoya, y que acaba en José Félix de Lequerica, que deja de ser, al menos a nivel práctico, el antisemita que fue en París. Sanz Briz obedeció las órdenes con entusiasmo, y haciendo incluso más de lo que tenía autorizado. Por ejemplo: acoger a refugiados en la mismísima Legación de España.Franco, entonces, no salvó a los judíos desinteresadamente…¿Quiere decir realpolitik? Sí. ¿Y qué pasa? ¿Qué quiere decir eso: que salvaron judíos sabiendo que era malo salvarlos, porque como eran franquistas lo que querían era matarlos y enviarlos a la cámara de gas? Es que es de risa.También en la Guerra Civil las embajadas fueron un refugio frente al terror desatado en Madrid.Como buen diplomático, Sanz Briz no dejó memorias escritas, pero todo lo que aprendió en la Guerra Civil —salvar gente atrapada en la bisagra de la vida— lo aplicaría después a los judíos de Hungría. El problema es que no hay documentos. Si todo esto hubiera pasado en un país libre, habría libros, entrevistas… En una dictadura no hay periodismo posible.El papel de Javier Martínez de Bedoy es increíble.Bedoya dice que, como los dueños de los estudios de cine son judíos, no van a hacer películas contra el franquismo. Y es verdad que no las hacen. Ni una desde 1943, con Por quién doblan las campanas. Quizás no fue causa, sino correlación. A Bedoya hay que leerlo con cuidado. A veces se deja llevar por la fantasía, pero algunas de sus afirmaciones coinciden con hechos. Uno de los errores de Rother fue no leer sus memorias.

Pedro Sánchez dijo al líder del Partido Popular Europeo, para atacar los pactos del PP y Vox: «¿Devolvería a las calles y plazas de Berlín los nombres de los líderes del Tercer Reich?». ¿Es comparable Franco a Hitler?No. Franco fue un dictador en un país secundario. Un caudillo menor. Cruel, sí, al principio y al final. Y despreciable moral y políticamente, porque dio un golpe de Estado. Pero compararlo con Hitler no tiene sentido. Hitler organizó la matanza industrial de millones. No hay parangón.Sus descripciones de Auschwitz y Birkenau son sobrecogedoras…Birkenau impresiona más porque no hay nada. Es una inmensa extensión vacía. Auschwitz aún tiene pabellones. Birkenau es el vacío, la industria de la muerte hecha paisaje.Menciona a Aly Herscovitz, la que fuera novia de Pla, que muere en Auschwitz.Fue mi primer contacto con el Holocausto. Creo que los grandes hechos hay que encararlos desde lo pequeño. No se trata de escribir sobre ‘el Holocausto’, sino sobre la historia de un hombre que salvó judíos, una mujer que murió, una estación, un gesto.¿Y los demás diplomáticos de Franco se comportaron con la misma humanidad?En general, creo que actuaron con gran dignidad. Por ejemplo, un hombre poco conocido, Casimiro Florencio Granzow y de la Cerda, en Polonia. Era un bon vivant: salvaba vidas mientras bebía champán con los nazis. Merece ser Justo entre las Naciones.La correspondencia que usted mantiene con su colaborador Sergio Campos es también impagable.Sin él no habría libro. Es trabajador y obsesivo. Hasta sus errores son creativos. Nos vimos en muchas ciudades europeas haciendo este libro. En proyectos así conviene tener a alguien que te aguante. Son libros duros de hacer, que acaban secuestrándote el día.A Giorgio Perlasca, colaborador de Sanz Briz en la embajada española, le dedica una buena cantidad de reproches. Los colaboradores de Sanz Briz han ensombrecido en parte su labor.No le ensombrecen, están con él. El abogado Zoltán Farkas fue un héroe. Elisabeth Tourné, también. Y Perlasca, con su novela de sí mismo, hizo lo que pudo. Hacer lo que uno puede en el Budapest de 1944 ya es heroico. Pero luego, Perlasca exageró su papel en el salvamento de los judíos. Tenía que vivir, y vivió de eso. Lo interesante es la ambigüedad moral. Esta historia podría ser la base de una enorme película o de una serie adictiva, pero habría que mostrar a los personajes en toda su complicada dimensión. Esa evidencia que la izquierda obtusa no acepta y es que fue en el nombre de Franco que ese puñado de buena gente -todos franquistas- salvó a miles de judíos.

«La palabra ‘genocidio’ sólo debería aplicarse a la matanza de los nazis, algo único. La polisemia contamina la moral»

¿Qué aportaciones son las más importantes en la nueva edición del libro?El papel heroico que jugó un hombre llamado László Szamosi. Los documentos que prueban cómo Sanz Briz logró salir de Budapest con la baronesa Podmaniczky y su hija, falsificando sus pasaportes, y las cantidades de dinero que a lo largo de bastantes meses fue ingresando en la cuenta corriente de la baronesa. Perlasca, no yo, dice que fueron amantes. Y si yo recogí ese comentario fue porque probaba la mala intención de Perlasca al insinuar que había dejado a su suerte a los refugiados llevado por la pasión amorosa. Falso, desde luego, porque también en este caso Sanz Briz abandona Budapest con el conocimiento y autorización de su gobierno. También son novedad los primeros renglones de la novela que Perlasca escribió sobre su papel, que aparecieron en periódicos húngaros, ya con los rusos en la ciudad. Escribir es, a menudo, decapar, y Perlasca dio mucho que hacer. Y, en fin, hay infinidad de detalles que han actualizado las principales tesis que sostiene el libro.Dice que Raoul Wallenberg es más atractivo que el propio Sanz Briz para pasar a la historia. Como Perlasca.Claro. El sueco con gabardina y desaliño es más cinematográfico que un diplomático elegante y con bigotillo franquista.Qué frase la que Irene Boroviczeny, novia de Perlasca, le dice a Sergio Campos, su colaborador, cuando va a verla con el ramo de tulipanes: «Lo primero que hacía Perlasca al levantarse era comprobar que yo seguía viva».Me gustan los libros así: con vida, jardines, cartas. Leerlos es un placer; escribirlos, un suplicio. En el Budapest de 1944, esa imagen es conmovedora. Pero sobre todo hay que insistir en los 495.000 judíos húngaros que murieron en seis meses. Los que salvó Sanz Briz son la excepción. Escribir sobre supervivientes exige recordar que casi todos murieron.’Genocidio’ es una palabra discutida. ‘Holocausto’, no tanto.A Raul Hilberg y a Claude Lanzmann no les gustaba: la veían teatral. Hilberg prefería La destrucción de los judíos europeos. Yo también. Y creo que ‘genocidio’ debería aplicarse solo a la matanza nazi. La polisemia contamina la moral. Necesitamos palabras con perímetros precisos. ‘Genocidio’ nombra algo único: una matanza industrial, burocrática, silenciosa. Nunca antes ocurrió ni volverá a ocurrir.¿Y Gaza?Es una matanza, un crimen, pero no un genocidio. Una matanza decidida por una democracia, no cabe olvidarlo. Netanyahu es un asesino y debe ser juzgado, como Putin. Pero las palabras no pueden ponerse al servicio de la política, como siempre quiso nuestro inmoral -¡e inmortal!- Zapatero.También pasa con ‘negacionismo’.Claro. Ese término sólo debería aplicarse a quienes niegan el Holocausto. Al drástico cambio climático que sufrieron las vidas de seis millones de europeos.

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