La sombra del burro

Sánchez y el desfibrilador palestino

El presidente cree haber encontrado en las movilizaciones propalestina de alto voltaje el desfibrilador emocional de agitación y propaganda que le permitiría galvanizar a la izquierda, polarizar al máximo el país y recrear una imagen virtual de la voluntad popular que sustituya el Parlamento por las algaradas callejeras, TVE y las redes sociales

Sánchez y el desfibrilador palestino
PATRICIA

Actualizado Sábado,

En la presentación de su libro La solución pacífica, en abril de este año, José Luis Rodríguez Zapatero lamentó que no hubiese «una reacción cívica como la que hubo con la guerra de Irak» frente al «genocidio» que Israel estaría cometiendo en Gaza. Junto a él sonreía el formalmente ministro de Exteriores, José Manuel Albares, cuando el Gobierno todavía no se atrevía a arrojarle ese concepto a la oposición como la línea moral que delimita «el lado correcto de la historia». Nadie le puede negar a Zapatero su influencia como inspirador y antecedente de las inclinaciones políticas y el oportunismo táctico de Pedro Sánchez.

Como en un regreso a 2003 y 2004, como entonces con la ayuda de las izquierdas extramuros del 78, el presidente cree haber encontrado en las movilizaciones propalestina de alto voltaje el desfibrilador emocional de agitación y propaganda que le permitiría galvanizar a la izquierda, polarizar al máximo el país y recrear una imagen virtual de la voluntad popular que sustituya el Parlamento por las algaradas callejeras, Televisión Española y las redes sociales. Un verdadero liderazgo trataría de unir a los ciudadanos si su razón es justa, pero Sánchez sólo funciona si funciona el muro. Se trata de poner una causa universal al servicio de su supervivencia política. A diferencia de Zapatero, desde el poder: quien tiene la obligación legal y los recursos para mantener el orden público decidirá cuándo es legítimo saltárselo. Así ocurrió con La Vuelta y así volverá a suceder.

Estamos ante un movimiento de trazas preelectorales, a la espera del fracaso de los Presupuestos a manos de Junts y/o Podemos, con una eventual derrota catastrófica en Andalucía y el probable adelanto del juicio por las mascarillas a José Luis Ábalos en el horizonte que condiciona el curso político. El estallido del escándalo de Santos Cerdán había provocado en Sánchez un impacto letal sobre su liderazgo que recogían las encuestas, rozando un insólito suspenso entre sus propios votantes: la herida mortal causada por la pérdida de la autoridad moral.

El presidente arrastraba graves problemas añadidos a su incapacidad para aprobar reformas: la desmovilización de su electorado, refugiado principalmente en la abstención y más que nada en el voto indeciso: en el PSOE ha llegado a declararse un estruendoso 18,8%, susceptible de ser recuperado; la fragmentación en el espacio de su izquierda, con viejas disputas agravadas por el desgaste de sostener a un partido corroído por la corrupción y la expectativa de una victoria aplastante de la derecha; y la pérdida de control sobre la agenda informativa, el dominio de la conversación pública que es el bien más preciado cuando no hay proyecto político, que pasó a manos de la UCO y el Tribunal Supremo.

Sánchez se ha anticipado a la evolución de la opinión pública, sobrecogida ante los crímenes de guerra que tienen todos los visos de acentuarse durante la ocupación de Gaza, asumiendo temerariamente el precio de que el antisemitismo se dispare. Esta semana hará su puesta de largo internacional como referente antifascista ante la Asamblea General de la ONU. El presidente activa a sus bases, compromete a su izquierda y monopoliza la parrilla informativa, pero sobre todo intenta recuperar fortaleza moral: «Sánchez persigue que el electorado deje de verle como el compañero de Peugeot de Ábalos, Koldo y Cerdán, y empiece a admirarle como el líder valiente que plantó cara a Netanyahu», escribió esta semana David Mejía. La oposición del PP, en una asombrosa pájara de claridad estratégica e identidad ideológica dos meses después de su congreso político, aparece descolocada y a la defensiva, encerrada en el marco bajo el que el presidente pretende demonizarla. Vox eleva el volumen y completa la pinza actuando como amplificador del extremo que Sánchez necesita para definirse en contraste.

En un magnífico discurso en El Cairo, el Rey recogió probablemente el consenso del país cuando denunció el «brutal e inaceptable sufrimiento» de cientos de miles de personas en Gaza. El término genocidio que blande el presidente es terriblemente divisivo porque remite al Holocausto que está detrás de la fundación de Israel y ataca su legitimidad como Estado. Ningún otro líder europeo se ha atrevido a dar ese salto, pero entre los españoles sí hay acuerdo en que el Gobierno de Benjamin Netanyahu está vulnerando el derecho humanitario al aceptar con aparente indiferencia el exterminio de inocentes. Las atrocidades terroristas de Hamas el 7-O pretendían provocar una respuesta emocional, irreflexiva y desmesurada de Netanyahu, con fuertes debilidades y dependiente de extremismos, que arrastrase a la democracia israelí a un intenso desgaste político y reputacional. Y eso es lo que está sucediendo, en ocasiones con repugnante jactancia, como cuando esta semana el ministro de Finanzas hizo mofa con la «oportunidad inmobiliaria» en Gaza. Los valores occidentales están en juego también si permanecemos impasibles a la matanza.

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