Arturito Pomar, utilizado por el franquismo, temido por los soviéticos y por Fischer, y presa en su final de la esquizofrenia
Joan Gamero profundiza en un documental en la vida del precoz talento del ajedrez en tiempos de la dura posguerra

Federico Marín Bellón
Actualizado Lunes, 8 septiembre 2025 –
Una escena ilustra la popularidad de Arturito Pomar en la España de la posguerra. En febrero de 1946, el Real Madrid recibe en Chamartín al Sporting de Gijón. Antes del partido, el público corea el nombre de un niño de 12 años. El joven prodigio ya era tan conocido como cualquier estrella de fútbol. Durante la dictadura, sólo Marisol y Joselito pudieron competir con él en alcance mediático. Arturito aventajaba a los artistas en algo: de él sí sabían su apellido, aunque no cantase ni hiciese películas. Los tres compartían pantalla en el No-Do, eso sí, donde el régimen trataba de tunear la imagen de un país todavía empobrecido.
Este martes, 9 de septiembre, se presenta en Madrid El pequeño peón, película documental dirigida por Joan Gamero sobre la vida de Arturito Pomar. Puede que sólo las generaciones del baby boom y anteriores recuerden al protagonista, campeón de Mallorca con 12 años y de España con 15, primer gran maestro nacido en nuestro país (Palma de Mallorca, 1931) y, pese a su fama, un ajedrecista de biografía borrosa, en la que abundan las zonas de sombra y no falta alguna leyenda.
La más conocida lo sitúa en el Interzonal de Estocolmo, en 1962, paso necesario para disputar el título a Botvinnik. Pomar hace tablas con Fischer, que en una década se proclamará campeón mundial, y los soviéticos empiezan a pedir a Moscú informes sobre aquel desconocido. El americano, asombrado por la pericia con la que le defiende un final inferior, le dedica un piropo envenenado: «¡Pobre cartero español! Con el talento que tienes y ahora volverás a tu oficina a pegar sellos». En la cima de su carrera, Pomar no podía vivir del ajedrez.
Explotado y abandonado
‘El pequeño peón’ no nos convence del todo de la veracidad de la frase, tan elocuente que solo por eso merece la pena recordarla. Arturito ya no era el niño de altísimas capacidades. Su genialidad precoz había caducado sin cumplir todas las expectativas. El régimen exprimió su imagen, pero no su potencial. En lugar de entrenarlo con los mejores maestros, lo exhibieron en incontables partidas simultáneas. Kotov, pope del ajedrez soviético, comenta que si hubiera nacido en otro país, sería un firme candidato a la corona.
Entre los grandes, sólo Alekhine le dio alguna clase, conmovido por el talento del chico de 13 años, que le hizo tablas en Gijón. Pese a los éxitos, Pomar no se prepara en serio para mejorar, sino que se exhibe en largas sesiones en las que se mide con decenas de jugadores a la vez, más fotogénicas y dignas del No-Do. Alguna vez se desmaya, exhausto por el esfuerzo.
Aquel niño explotado acabaría con graves problemas de salud mental, que seguramente ya estaban presentes. Juan Escourido, autor de un estudio sobre su vida para la Universidad de Carolina, apunta que en 1945 el Gobierno, preocupado por el ritmo frenético al que había sometido al muchacho, decidió parar y hacerle algunos análisis, aunque poco después le dio permiso para participar en un torneo, organizado precisamente por el Real Madrid, en cuya sección de ajedrez llegó a jugar. Cabe preguntar por la ausencia protectora de sus padres, pero es fácil entender sus concesiones a cambio de un piso y un trabajo en Madrid en los años duros de la posguerra.

Por el otro lado, sus hijos le reprochan en el documental que ni siquiera les enseñara a jugar. «Le molestaba que fuéramos tan malos», recuerda uno de ellos. Pomar fue más que un padre ausente, algo común entre los genios. Carmen se ocupó de los siete hijos y, a partir de cierto momento, también de su marido, un chiquillo más. Lo acompañaba a los torneos y se encargaba de todo lo que se saliera del tablero.
Problemas económicos
La situación se agrava cuando su mujer tiene que buscarse un trabajo, porque al siete veces campeón de España no puede alimentar tantas bocas con su empleo en Correos, exigua compensación por ser un pequeño influencer del franquismo. «No me quejo de lo que gano, particularmente, de lo que percibo por la participación en torneos, pero las cantidades son irrisorias si las comparamos con las de otros deportes», declara en una entrevista.
Alertada, la Federación Internacional le concede una subvención mensual, solo en teoría vitalicia. La Española tampoco acude al rescate y los políticos lavan su conciencia con un callejón de Palma que lleva su nombre. El drama se acentúa cuando Carmen muere. Abrumado por la imposibilidad de encontrar otra reina que lo proteja, es el triste final de «la guía y el faro de los ajedrecistas españoles», como lo califica otro gran campeón, Juan Manuel Bellón.
Con todo, la lealtad de Pomar al ajedrez fue ejemplar. Algunos de sus mejores resultados los consigue tras pasar varios meses en una clínica. Los rusos lo siguen temiendo, porque en los encuentros de selecciones siempre rinde a gran nivel, en especial contra ellos. Arturito también permanece fiel a España, que paradójicamente lo castiga cuando regresa de una gira por América, por viajar sin permiso.
Una estrella en Hollywood
El ajedrecista pensó que podía hacer algunos bolos, una vez cumplidos sus «servicios» como niño prodigio. Pomar gana el Abierto de Estados Unidos y es acogido en Hollywood, donde se enamoran de su figura pintoresca. Él viaja ligerísimo de equipaje y derrocha el dinero que gana. Le ofrecen jugar para Estados Unidos, pero rechaza la invitación. Cuando regresa a España, se encuentra con el veto desagradecido. El número uno no puede volver a la selección, aunque volverá a ella.
El final de su vida es casi desesperado, el de un peón enfrentado a piezas demasiado grandes. La esquizofrenia hace mella y Pomar pasa alguna temporada ingresado en Santa Coloma, donde le aplican electroshocks. Ni siquiera eso le impide repetir destellos de brillantez. Cuando el Parkinson se suma a sus problemas, deja de viajar y de trabajar, pero es la viudedad lo que marca el final de la partida. Dice el proverbio que el peón y el rey acaban en la misma caja. Triste consuelo para quien fue rey y peón a la vez. Pomar falleció en 2016, a los 84 años.