El último escaño

Vaya, ahora el asesino quiere ser inmortal

La conversación entre Putin y Xi pone de relieve un debate muy vivo del siglo XXI: vencer a l

Putin, Xi y Jong Um
Putin, Xi y Jong UmFoto: Korean Central News Agency/Korea News Service

Iñaki Ellakuría

En la horterada totalitaria y algo demodé con la que el régimen comunista chino quiso marcar músculo armamentístico y anunciar el advenimiento de un supuesto nuevo orden mundial dominada por las autocracias, lo más interesante nos lo ofreció un micrófono abierto que captó la conversación entre Putin y Xi Jinping, ambos septuagenarios, sobre la posibilidad de alargar la vida hasta los 150 años gracias a los avances científicos.

Independientemente de la nauseabunda paradoja que supone escuchar a dos asesinos en serie hablar de la longevidad de la vida -la suya, claro, no la de los ucranianos, chinos y rusos que alegremente se cepillan-, la charla entre Putin y Xi conecta con uno de los debates intelectuales más vivos del siglo XXI: la posibilidad de la inmortalidad.

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El objetivo transhumanista es cambiar el concepto del ser humano y superar las limitaciones biológicas -como las enfermedades, el envejecimiento e incluso la muerte- mediante la aplicación de tecnologías avanzadas. Entre ellas, trasplantes de órganos entre especies distintas. La inmortalidad es también una de las obsesiones de los dueños de las grandes corporaciones-Estado vinculadas a internet y la IA, como es el caso de los magnates Bezos, Musk o Thiel, que destinan inversiones enormes a proyectos de criogenia, reprogramación celular o fusión del cuerpo humano con la máquina.

El mesianismo tecnolibertario de Silicon Valley entiende estos avances y la longevidad de la vida como una manera de trascender la actual decadencia de Occidente y construir nuevas realidades sociopolíticas. En la Tierra o en Marte.

Sin embargo, esta batalla contra el envejecimiento no es patrimonio exclusivo de sátrapas y millonarios. El culto al cuerpo y la obsesión por el deporte en la sociedad actual -con cada vez más jóvenes deformados por el exceso de musculación y chicas arruinadas por el bótox y otras chapuzas-, así como la moda bio, el running, las dietas infames, la bebida sin y las pastillas milagrosas, son la manera más modesta y cutre con la que el pequeño burgués trata inútilmente de combatir el paso del tiempo y olvidar la muerte.

Un final de recorrido todavía inevitable que ahora sabemos que también preocupa a dos gestores de la muerte como Putin y Xi, seguramente por la posibilidad de tener que rendir cuentas con demasiados fantasmas del pasado. Pero, además, detrás de su voluntad de seguir viviendo hay otro sentimiento todavía más potente y que define a los muchos narcisos que gobiernan aquí y allá: conservar como sea el mucho poder que disfrutan y así perpetuar el mal. Su verdadera fuente de la vida.

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