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GASTRONOMÍA | Cuesta muy poco ser amable y educado

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    ¿No puedes verlo bien? pulsa aquí  Historias con delantalSábado 14 de enero de 2023 
 Un camarero sirve mesas en una terraza del centro de Valencia.  Cuesta muy poco ser amable y educado   VICENTE AGUDO  Hola ManuelLa verdad es que no sirvo para ser camarero. No porque carezca de aptitudes, sino porque tengo poquísima paciencia para aguantar a gilipollas que se creen Alberto Chicote y no son más que pagafantas henchidos de complejos mal resueltos. Sí, como verás, vengo calentito. Te pongo en situación. Miguel llega puntual al bar. Es camarero desde hace tantos años que ya ni se acuerda. Podría ser de esos amargados que sólo piensan en jubilarse, pero le encanta su trabajo y casi siempre trae de casa una sonrisa contagiosa. Digo casi porque a veces llega alguien con ganas de gresca. Por la puerta aparece un individuo que, nada más sentarse, ya está levantando la mano y silbando para llamar la atención del camarero, como si de un caniche se tratara. Miguel resopla, hoy toca ración de sobradito. Al sentirse ignorado (el local está repleto), empieza a gritar ‘jefe, ¿aquí no viene nadie? Miguel se apresura en atenderle y llevarle el café que ha pedido. “¡Qué mierda de café es éste, hazme uno nuevo¡”, le espeta el cliente cabreado. Lo que sigue te lo puedes imaginar. Ahí estaba yo, a escasos dos metros de la escena, intentando contenerme para no darle una buena mano de hostias. Como dice mi amigo Fredy, “la violencia no conduce a nada, pero mola”.La soberbia y la arrogancia son dos términos que detesto, sobre todo cuando se camuflan con la manida frase de que el cliente siempre tiene la razón, que para eso es el que paga. Ya no sé si es por los dos años de pandemia o la crisis que nunca acaba, pero cada vez veo a más gente cabreada con el mundo que llega a bares y restaurantes y acaban desahogándose con los camareros. Parece que la educación no vaya con ellos y tratan a los camareros como sirvientes en su vertiente más peyorativa. Palabras tan simples como por favor o gracias han quedado sepultadas en la zona del cerebro que nunca utilizan.Hablar de empatía a esta gente y conseguir que lo entiendan es tan difícil como lograr que las patatas suflé te salgan a la primera. Cuesta lo mismo ser amable con un camarero que comportarte como un perfecto estúpido. La diferencia es que él se tiene que aguantar las ganas de partirte los nudillos con un martillo y el susodicho puede dar rienda suelta al psicópata maleducado que lleva dentro. Pero también existe otro tipo de individuos, aunque estos son más sibilinos. No abren la boca en el restaurante y después en casa sacan las uñas frente al ordenador para echar por tierra hasta el color de las sillas en Tripadvisor.Por si esto fuera poco, los realitys de cocina que se prodigan en televisión nos están volviendo todavía más gilipollas. Nos creemos que por ver los programas de ‘Pesadilla en la cocina’ nos convertimos de un día para otro en expertos críticos gastronómicos pese a no distinguir el pollo del conejo. O que podemos sacarle los colores a un cocinero de la misma forma que Pepe Rodríguez le suelta un rapapolvo a los concursantes de Masterchef. Cuánto daño están haciendo la tele. Yo seguiré tratando con respeto a todos los ‘migueles’ que sirven en bares y restaurantes. La amabilidad es una actitud, una decisión que tomamos cada día, no una forma de ser.

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