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Antonio y Hortensia, los novios acribillados por ETA el día de Reyes: «El claxon de su coche sonó 27 minutos y nadie les auxilió»

El 6 de enero de 1979, ETA mató a tiros a un guardia civil y a su novia. Tenían 24 y 20 años. Iban a casarse en verano. Mientras se desangraban, el claxon sonó 27 minutos. Nadie fue a auxiliarles. Ella fue la primera mujer asesinada por la banda por ser pareja de un agente

Los dos asesinados en Reyes de 1979.
Los dos asesinados en Reyes de 1979.Álbum familiar

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PREMIUM

Actualizado Miércoles, 11 enero 2023 – 

Para Antonio Hortensia, no podía haber mejor día de Reyes que aquel 6 de enero de 1979.

No sólo es que esa noche se comprometieran en matrimonio. Es que han decidido casarse ese mismo verano.

Es que acaban de entregarse unas alianzas y un broche con un corazón.

Es que nada más que tienen 24 y 20 años respectivamente.

Es que él tiene su puesto fijo como guardia civil destinado en Villafranca de Ordicia (Guipúzcoa) y ella se ha sacado el graduado y cuida de una niña.

Es que bailan y bailan en el primer día de compromiso (acaso diciéndose cosas al oído, cosas de los enamorados, ya saben) en la discoteca Sunday de Beasain.

Casi parece una de esas escenas crepusculares de película en una sala de fiestas con bolas de cristal. No podía haber día mejor, decíamos. Ni más corto: la felicidad de Antonio y Hortensia condensada en aquel día de Reyes estalla como una fina copa de cristal a las dos horas y 45 minutos.

Efectivamente, son las tres menos cuarto de la madrugada cuando todo acaba. La chica de San Roque y el chico de Tarifa (ambos de Cádiz) están de regreso a casa en un Renault 5 naranja que conduce él. Los novios paran en un stop. Unos pistoleros de ETA les abordan. Suena una ráfaga de disparos. Ella recibirá diez balas y él recibirá ocho. Mientras se desangran, el claxon del coche suena durante 27 minutos. Esa media hora sin que nadie vaya a socorrerlos es el aguafuerte de una sociedad. Aquella joven se convierte en la primera mujer asesinada por la banda terrorista por el mero hecho de ser pareja de un guardia civil.

«Aquella noche me quedé poniendo los regalos, porque hasta que ella no llegaba, yo no me acostaba», cuenta Aurora González, hermana de Hortensia, desde Algeciras. «De pronto empecé a escuchar gritos en el patio. ‘¡Un atentado! ¡Un atentado!’. Me asomé al balcón y vi a la gente corriendo. Había dos vecinos en el portal. Uno decía: ‘¡Han tiroteado a Gallardo!’. Porque su nombre era Antonio Ramírez Gallardo. Y yo: ‘¿¡Mi cuñado!? Ay, dios mío… ¿Y mi hermana? ¿Qué sabéis de mi hermana?’. Luego un compañero suyo se me abrazó, y me contó que a ella también la habían acribillado», prosigue. «El claxon sonó media hora y nadie les socorrió. Siempre me he preguntado si alguno de los dos se habría salvado… en el caso de que alguien hubiese acudido a auxiliarlos«.

Aurora González, hermana de la asesinada, posa junto a su marido con sendas fotos de los asesinados.
Aurora González, hermana de la asesinada, posa junto a su marido con sendas fotos de los asesinados.Cata Zambrano

Pero nadie acude. Pasan 27 minutos y nadie acude. Un claxon de un coche humeante suena media hora en mitad de la noche y nadie tiene ojos ni oídos ni boca.

Son sus amigos que salen de la discoteca los que se reconocen el Renault 5 como un colador y los que dan la voz de alarma.

Todo lo que se logra saber después del doble asesinato es que se utilizaron balas del calibre nueve milímetros Parabellum, que fueron dos los pistoleros que apretaron el gatillo y que hubo un tercer etarra que los recogió en un vehículo robado.

Nunca nadie fue interrogado ni imputado por aquello. La causa fue reabierta en 2017 al encontrarse un arma que podría ser la de los asesinatos. A día de hoy, sus casos son dos de los 379 crímenes de la banda sin resolver.

Hortensia podría haber sido cualquiera en aquella España de los setenta. Hija de un albañil que trabajaba en todo lo que le salía en Gibraltar y de una ama de casa que limpiaba y cocinaba en casas de particulares, fue la sexta de siete hijos en una familia humilde.

Guardaba una estrecha relación con su hermana mayor Aurora, cuyo marido también era guardia civil destinado en el País Vasco. La pequeña se había mudado desde Cádiz hasta Guipúzcoa al rebufo de esta y para estar cerca de su novio. Se instaló con la hermana en Beasain. Aquel día de Reyes llevaba más de dos años de relación con Antonio. Cuando los acribillaron, los dos llevaban puesta la alianza recién estrenada. Hoy tendría 64 años.

«Mi madre murió aquel día en vida lo mismo que Hortensia. Nunca más se volvieron a celebrar las Navidades ni el Año Nuevo. Mi madre nunca más volvió a ir a ninguna boda, a ningún bautizo, a nada. Yo por entonces tenía 24 años y me pasé hasta los 30 sin salir de casa. Todavía sigo con pastillas que me mandó el psiquiatra. Siempre que llega noviembre, estoy deseando que estemos en mitad de enero. Doy los regalos de Reyes con antelación, porque no soporto ese día… Con todo, lo peor fue lo de mi padre: se vino abajo por completo, acabó en una residencia y, al volver a casa a los seis años después su muerte, vio sus fotos allí en el salón nada más entrar, dijo varias veces ‘mi niña, mi niña’ y sufrió una angina de pecho que lo acabó matando«.

(…)

Antonio era el pequeño de dos hermanos. Hijo de un brigada de la Benemérita y de una madre que se ocupaba de las cosas de la casa, no tardó en mostrar la misma vocación que su padre. Era la historia de muchas familias: un padre guardia civil, y dos hijos que también.

«Yo estaba destinado en Zaragoza como guardia de Tráfico», recuerda Diego, el hermano mayor, que hoy vive en Sabadell. «Pero el día antes de que los mataran recibimos un telegrama donde nos decían que mi cuñado (un hermano enfermo de mi mujer) estaba muy grave en Cazorla y allá que fuimos. Nada más amanecer al día siguiente, llamaron a la puerta de mi suegro y eran dos guardias a los que conocía, porque yo había estado destinado allí. ‘Diego, tu hermano ha sufrido un atentado’. Y otra vez que cogimos el coche, con mi mujer embarazada de seis meses, casi mil kilómetros, íbamos destrozados», rememora. «Entrando al País Vasco, había una caravana enorme, entonces me bajé, avisé a los compañeros del Cuerpo y me abrieron paso. Al llegar allí, ya había salido la comitiva rumbo a Sabadell, que es donde vivían mis padres».

«Entonces fuimos al cuartel de Villafranca de Ordicia y vimos el R-5 allí en el patio. Con la luna destrozada, los asientos acribillados, la chapa llena de agujeros… Imagina la impresión. Dijimos de continuar en coche costara lo que costara para cogerlos antes de Sabadell. Pero un guardia compañero nos dijo que no nos podíamos ir así, que al menos tomáramos un caldo para que nos arreglara el cuerpo. Eso hicimos y volvimos a conducir. Al final, no alcancé a la comitiva hasta 15 kilómetros antes de llegar a Sabadell. Pero lo que no olvido es el nombre del guardia que nos dijo que nos quedáramos a cenar: se llamaba José Miguel Maestre, y el buen hombre fue muerto a tiros también en el mismo sitio unos meses después».

Diego está ya jubilado, tiene dos nietos de siete y cuatro años, lleva mucho dolor encima, verán.

Todavía tiene tiempo para contarnos una historia muy triste y otra muy hermosa.

Empezamos con la historia más triste. «Yo tuve dos hijos, unos hijos que le dieron la vida a mis padres. A uno le puse Antonio, como mi hermano muerto. Nunca lo conoció, pero el chico siempre estuvo obsesionado con su tío… Se hizo mosso d’esquadra y todo. No estaba bien mi hijo. Enfermó. Desarrolló problemas de salud mental. Cada vez que veía una palabra terminada en eta, la recortaba. Por ejemplo: leía Zubizarreta y la recortaba… Era un trastorno obsesivo compulsivo. Fue a peor. Se suicidó en 2005«.

Terminamos con la historia más hermosa: «Mis padres estuvieron yendo todos los días al cementerio durante diez años por lo menos, con aquel R-5 naranja que mi padre mandó arreglar. Era el único coche en que no se mareaba mi madre. Hoy lo tengo yo. Tiene 46 años y lo cojo muy poco. Está en el garaje. Solo lo saco para llevarlo a pasar la ITV. En el salpicadero están las fotos de todos: de papá, de mamá, de Antonio, de Hortensia… Antes de arrancarlo, simplemente cierro los ojos un rato y empiezo a rebobinar«.

(…)

Entre Algeciras (donde está enterrada Hortensia) y Sabadell (donde está enterrado Antonio) hay 1.130 kilómetros de distancia, pero sus familias viven juntas en el mismo día.

Y entonces amaneció en casa de Aurora aquel 6 de enero de 1979.

La gente abría sus presentes y los cuerpos de los novios yacían sin vida en la clínica San Miguel. Antonio entró cadáver, dice. Al poco rato, murió ella.

Y a la vuelta, ya en casa de la hermana viva, a la familia le esperaba el árbol aquel de Navidad. Con sus adornos alegres. En el cuarto de estar. Albergando los regalos envueltos de cada cual. Unos Reyes terribles.

Aurora no olvida ese día. El pasado viernes (la efemérides) hizo lo de siempre. O sea: nada de nada, como una forma de antiguo respeto 44 años después.

«Cuando llega una noche de Reyes, me quedo sola en el salón, sentada allí, despierta hasta las tres menos cuarto, que fue cuando a ella la mataron. Y entonces, cuando llega justo ese momento, me digo: ‘Bueno, Aurora, ya está, ya ha pasado, ya te puedes acostar’. Pienso en ella. Y entonces sí me voy a la cama».

Aurora le había regalado a su hermana Hortensia un jersey y unas botas.

Hortensia le había regalado a su hermana Aurora un estuche de colonia que dejó envuelto bajo el árbol de navidad.

Fue lo primero que cogió al regresar a casa, cuenta.

-¿Pero por qué no ha abierto jamás el frasco de colonia? ¿Por qué no lo ha utilizado jamás? -le preguntamos.

-Será una tontería -contesta Aurora como si fuera una chiquilla de 68 años-. Pero es lo último que me queda de ella