Benidorm

Urdangarin, Íñigo Onieva, Piqué… La insoportable infidelidad del ser

Gerard Piqué, Iñaki Urdangarin e Íñigo Onieva.
Gerard Piqué, Iñaki Urdangarin e Íñigo Onieva.

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PREMIUM

  • JORGE BUSTOS
  • ILUSTRACIÓN: LUCÍA MARTÍN

Actualizado Viernes, 23 diciembre 2022

Empezó como el año de los dos patitos y termina como el de los machos cabríos. Recordaremos 2022 como el periodo en el que se despenalizó todo género de fechorías -de la sedición a la malversación- menos la furtiva imposición de los santos tochos. ¿Trabajará ya el Ministerio de Igualdad en una enmienda al código penal para combatir la infidelidad? ¿Nos encontramos ante una lacra social, favorecida por los nuevos usos tecnológicos, que afecta por igual a hombres y mujeres o queda todavía mucho camino por recorrer? Y si no es así y la convergencia cornúpeta está lograda, ¿no deberíamos felicitarnos todos y todas de la crecida paridad entre cornudos y cornudas, entre cabrones y cabronas, que vendría a demostrar un grado de emancipación sexual con el que no pueden soñar las iraníes?

Tres infieles notorios han destacado este año sobre las tablas de la comedia humana: Iñaki Urdangarin, Íñigo Onieva, Gerard Piqué. Se trata de ejemplares ambiguos, de profesión poco esclarecida y hábitos consecuentemente opacos. Urdanga fue deportista de mano larga antes que duque corrupto, Onieva relacionaba pijos en discotecas y Piqué trataba de compensar en los despachos lo que perdía en el césped. ¿Significa eso que no hay padres de familia con horario de ocho a tres que programen servicios extras en un motel de carretera o en el húmedo nido de un contacto de Tinder? En absoluto: la fauna infiel es varia y rica, y hay cuernos para todos los disgustos. ¿Duele lo mismo un beso que un revolcón en carne ajena? Me temo que lo importante no es el hecho en sí sino el sonido de la confianza haciendo crac.

Los cuernos son tan viejos como el cuestionamiento recurrente de la monogamia o la monoandria. Ser fiel no es natural, protestan los infieles hasta que se enamoran de otros infieles, momento en que dejan de protestar por la falta de límites de uno mismo para empezar a quejarse de la falta de límites de los demás. Esto del poliamor es como los podcast: una fiebre adanista que se apodera de cada nueva generación de ingenuos que desconocen que la radio está ya inventada, que el Mediterráneo fue descubierto hace tiempo y que el poliamor es tan insostenible como las hogueras en Alaska. Cosa bien distinta son las parejas abiertas, especímenes extraños con más alma que cuerpo que han logrado domesticar el natural instinto de la exclusividad física, y han determinado su libre autodeterminación hasta el punto de acordar con transparencia sus desahogos. Son como magistrados sin afiliación capaces de consensuar sus disensos y pactar sus desconfianzas puntuales: una cualidad rarísima en España.

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Pero el primer infiel del reino sigue siendo don Pedro Sánchez. Dios me libre de meterme en su currículo sentimental, sobre el que corren rumores tremebundos: solo me interesa el político. Sánchez ha inventado los cuernos programáticos contra Sánchez, esos cuernos que le ponemos a nuestro olvidado yo de ayer y sus traicionadas promesas. Y era lógico que inventara los autocuernos alguien tan narciso que solo puede compartir el amor consigo mismo. El amor propio no es exactamente el onanismo, maniobra más fisiológica que emocional, sino la triste revelación de un corazón estéril en el que nadie entró nunca con verdadera pasión, al menos con esa pasión con la que Sánchez entra en cada institución del Estado. Se puede pasar del no es no al sí es sí sin renunciar a que los adverbios prosigan su baile eterno de significantes vacíos hasta sumergirnos a todos en la promiscuidad de poderes.

Ahora bien. Algo habrá que hacer con el daño de los cornudos. En coherencia con la edad de oro del victimismo falta un partido que politice el sufrimiento de los engañados por su pareja. Una formación revolucionaria que en vez de una rosa o un charrán exhiba orgullosamente una cornamenta en su logotipo. Contra un partido así, ¿quién se atreverá a gritar que no le representa? ¡Que levante la mano el ciudadano o la ciudadana que ponga la mano en el fuego por la tersura de su cráneo! Con la indignación agrupada de los cornudos el Partido Cornúpeta Español (PCE) no tardaría mucho en conseguir representación parlamentaria. A pesar de las analogías forzadas por sus adversarios con el trumpista que asaltó el Capitolio ataviado con pitones de bisonte, no estaríamos promoviendo en este caso una formación antisistema sino todo lo contrario, puesto que la infidelidad a las propias promesas es la esencia misma de esta democracia. Más bien el PCE perseguiría restaurar la dignidad de los de abajo, los corneados, contra los de arriba, los corneadores. Con las subvenciones recabadas se pagarían orgías tumultuarias, pero no a espaldas del contribuyente como en la Andalucía socialista sino públicas y orgullosas bajo el lema fundacional: «Donde las dan las toman».

Total, un populismo más no puede hacernos daño. A cambio, seguramente, bajaría mucho la tensión no resuelta en el hemiciclo