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Por qué no sabemos hacer el amor: guía filosófica para conseguir el polvo perfecto

SEXO

El pensador Alexandre Lacroix achaca el declive de nuestras dotes amatorias al porno y el influjo de Freud. Y dedica su nuevo libro a una ambiciosa misión: «Describir filosóficamente cómo es el polvo perfecto»

Boceto de 'Beethoven Frieze'  de Gustav Klimnt (1902)
Boceto de ‘Beethoven Frieze’ de Gustav Klimnt (1902)

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Se besan más o menos apasionadamente durante un rato. Luego, casi al unísono, se meten mano el uno al otro por algún lado, seguramente los clásicos, para qué nombrarlos. A un cierto punto alguien decide que ya vale de arrumacos, que hay que ponerse la pila, que aquí hemos venido a lo que hemos venido. Puede que haya algo de sexo oral que, por supuesto, será debidamente correspondido y, luego, al lío.

Presentación, nudo y desenlace. Preliminares, penetración y orgasmo.

No pasa nada por admitir que, a menudo (o casi siempre) tenemos un sexo clásico, nada vaporoso ni exaltado sino aprobado socialmente, lo que se entiende que debe ser hacer el amor en estos tiempos, que no incluye cortejos ni carabinas ni gradualidad ni tempos sino un sistema arraigado en nuestra carne y nuestros huesos que repite el guion día tras día, o semanalmente, o cuando quiera la vida dar 10 minutos para relajarse. (Debe saber que hasta la sexología reconoce que ese tiempo puede llegar a ser suficiente para satisfacernos).

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Y la culpa de todo esto la tiene Sigmund Freud, del que suelen también quejarse los sexólogos pero la situación es tal, sostiene el filósofo francés Alexander Lacroix, que ha llegado la hora de que la filosofía se adentre en el asunto porque si nuestra sexualidad corre peligro, también corre peligro la humanidad. Si la filosofía, desde Sócrates, se ha dedicado a explicar cómo es una buena vida, ¿cómo no analizar desde su perspectiva cómo nos relacionamos, íntimamente, los unos con los otros?

Lo cuenta Lacroix en Aprender a hacer el amor (Arpa) y no se deje llevar por lo naif del título. Porque lo hacemos mal, porque repetimos la tríada que Freud nos enseñó en sus Tres ensayos sobre la sexualidad, publicados en 1905. Y porque a esto le hemos sumado el pim pam pum de la pornografía, que viene a ser lo mismo. Preliminares, penetración y orgasmo. Lo que Lacroix ha dado en llamar «guión o escenario freudporno» (al fin y al cabo eso hacen los filósofos, generar conceptos nuevos) y del que nos conmina a escapar a la voz de ya.

«Existe la necesidad de una nueva representación del sexo, una que no esté basada en la pornografía porque a los jóvenes les está llegando ésta a través de vídeos y páginas web en los que la mujer ni siquiera siente placer, porque ésta es la realidad y la generalidad, vídeos donde hay brutalidad de hombres a mujeres y hasta racismo, porque los negros se presentan como personas más sexuales, y las mujeres son sumisas…».

Marte y Venus (Alegoría de la Paz) (1770)
Marte y Venus (Alegoría de la Paz) (1770)Museo J. Paul Getty Museum,

Tampoco piense que del título naif se derivarán reflexiones cursis. Porque el mismo Lacroix, director de la revista Philosophie Magazine y profesor de escritura en Sciences Po, dedica un capítulo entero a la brutalidad entre partenaires heterosexuales. Es decir, defiende que, en la intimidad de dos, perfectamente caben azotes o zarandeos, nalgadas o vaya usted a saber. Lacroix diferencia esto del sadomasoquismo y, por supuesto, de unas relaciones sexuales entre hombres y mujeres basadas en la desigualdad o sin consentimiento expreso.

Nuestro autor se presenta así: «El punto de vista que dominará estas páginas es masculino y heterosexual. Aquí no hay ostracismo, ni hacia las mujeres heterosexuales, ni hacia las lesbianas, gais, bisexuales o queer. Al contrario. Lo que ocurre es que, en este campo, los conocimientos solo se adquieren marginalmente a través de los libros, y solo se puede mantener un discurso creíble y bien fundamentado si se habla desde la experiencia. Por lo tanto, es sobre la base de mi propia experiencia, de mis observaciones, sobre las que he desarrollado la esencia de estas reflexiones. Resulta que soy un hombre y además heterosexual. A pesar de ello, quiero creer que la mayoría de las cuestiones que voy a explorar o de las tesis que voy a sostener pueden trasponerse a registros de sexo o género distintos del mío. No todo, pero sí una gran parte».

En entrevista a través de Zoom, este escritor cuenta que «el libro ha sido muy aplaudido por las feministas francesas» (por si se lo preguntan). Y es interesante recordar que, en los últimos meses, en nuestro país se han publicado varios libros sobre sexualidad, todos ellos escritos por féminas. Por ejemplo: Pussypedia, la guía total (Zoe Mendelson, Larousse editorial), Guía de la masturbación femenina, (Julia Petri, Los libros de la catarata) y La revolución feminista en las aulas, también editado por Catarata y que aborda cómo hablar en los colegios de igualdad y amor romántico, entre otros asuntos. Pero ninguno, hasta ahora, escrito por un hombre. Pero ninguno, hasta ahora, que aborde cómo viven ellos este mecanismo rutinario de quererse.

El libro de Lacroix, además, lleva un subtítulo: Reflexiones de un filósofo sobre la sexualidad en la era del porno. En conversación amable sobre el asunto, ahonda: «El arte erótico es otra cosa, Ovidio era otra cosa, el arte del amor es otra cosa…». ¿Cómo se escribe sobre sexo desde un prisma filosófico? «Con intención humanística, desde un ángulo pro sex, este era el reto del libro», cuenta este francés que no tiene problema en poner por escrito «su definición o, mejor dicho, una descripción filosófica completa del buen sexo, es decir, del polvo perfecto, alejado de la sexualidad hegemónica de nuestras sociedades occidentales», es decir, el sistema o guión freudporno. Y aprender, a cambio, a quererse como Emmanuel Levinas nos dijo -con ternura y cuidado-, y entender que, en cuestiones sexuales, Michel Houellebecq acertaba cuando decía, en sus novelas de los 90 del siglo XX, que «existe un capitalismo sexual y, por tanto, personas que no tienen acceso al sexo, por diversas razones»: aspecto, discapacidad, personalidad… El sexo podrá ser un derecho, pero no todo el mundo lo disfruta.

La noción de los preliminares la inventó Freud y es un cajón de sastre

Para empezar, Lacroixe sustenta la realidad de este guión freudporno en las investigaciones de los sociólogos William Simon y John Gagnon, quienes el siglo pasado (1973) propusieron la teoría de que, en realidad, no somos tan instintivos como nos gustaría, ni tan espontáneos y, en ocasiones, ni siquiera imaginativos. «Nuestro comportamiento sexual no es impulsivo ni específicamente subversivo sino que está sujeto a una codificación social».

Y acabamos haciendo el amor como quien pide un café con leche a las ocho de la mañana en el bar de abajo, siempre igual, siempre monocromo, caliente sí, pero aburrido hasta el infinito. Nada de creme caramel, nada de cookies, nada de nata… «No hacemos lo que nos da la gana sino que obedecemos a escenarios precisos y delimitados, en los que se esperan ciertos gestos y desaconsejan otros, que incluso están prohibidos», ahonda el filósofo.

Si comenzamos por el principio, no queda otra que analizar los consabidos preliminares, todas esas cercanías que la sexología también ha calificado de imprescindibles antes de una relación sexual completa. «La noción la inventó Freud y es un cajón de sastre», cuenta Lacroix en su ensayo. «En la mente del fundador del psicoanálisis los preliminares incluyen una variedad de gestos y posiciones que van desde los besos hasta las caricias, pasando por la felación, el cunnilingus y el sesenta y nueve«.

Pero Lacroix, además, nos descubre que «para Freud los preliminares son negativos porque incluyen casi todos los actos realizados durante la intimidad erótica que no entran en el ámbito de lo que él llama, poéticamente, ‘unión de los genitales'». Aquí viene la clave; Freud sostenía que el tiempo dedicado a un preliminar en concreto determina la perversión del sujeto. Es decir, si su pareja adora lamerle los pies y, en lugar de penetrar a los 20 minutos de intimidad, se tira una hora con el fetichista asunto… Mal, diría Freud, mal, avance, penetre y orgasme (él).

Así que, básicamente, lo que habría que hacer para tener mejor sexo y, por tanto, una buena vida, es darle la vuelta a este guión socialmente impuesto. «Abramos el script, no hay por qué tener penetración tras los preliminares, no hay por qué penetrar de hecho, ni tener un orgasmo; se puede parar, tomarse un vino, seguir luego o no… y, sobre todo, ser más libre en el sexo».

Porque durante las dos últimas décadas, además de repetir el guión freudiano y pornográfico «han surgido aplicaciones que permiten relaciones sexuales basadas en el consumo y en los individuos como productos». «Cuando estás en Tinder, tienes un precio fijado por el algoritmo, que determina tu deseabilidad. Si otro con precio alto se interesa por ti, tu valor sube y viceversa, así que considera que eres un producto y que, cuando chateas, das la ficha o descripción del mismo. Considera que Tinder es Amazon, entras, compras, como en Uber Eats, que te permite pedir una pizza a las tres de la mañana y, luego, a las cuatro, sientes casi asco por esos champiñones que te acabas de comer».

Pero no nos quedemos con mal sabor de boca… Enumeremos, por ejemplo, eso que llaman zonas erógenas: boca, oreja, seno, ¿axila?, pie, ingle… Un momento, un momento, un momento, olvídelo todo y piense en la piel. Al fin y al cabo, es el órgano más extenso que tiene el cuerpo humano.