Benidorm

De la Francia medieval al desembarco de Normandía

Autocaravana Vivi

Necesitaba alejarme para coger perspectiva. Son tantos los momentos vividos en estos dos últimos días, que he llegado a imaginar mil artículos diferentes, cada uno de ellos realzado por el último capítulo de luz. Y aquí estoy, sentado dentro de Autocaravana Vivir, haciendo lo que más me gusta y me da vida, en el parking de un supermercado, dios sabe donde. Sólo sé que abandoné las tierras del desembarco hace escasos minutos y mi destino es, en principio, Mont Sant Michel. Y subrayo lo de en principio, porque también lo era el otro día y lo esquivé.

Salí de Doué-en-Anjou, ese mágico pueblecito a mitad de camino entre rutas de mapas, que me premió con la que posiblemente pueda ser la mejor noche del viaje, para reiniciar el camino hacia el norte, haciendo escala, según también mis lecturas y apuntes, en un par de villas medievales que, dicen, apuntan maneras, Vitré y Fougéres. No se equivocaban aquellos viajeros que me precedieron y a los que agradezco el acierto de haberlo escrito e insistido en remarcarlo como visita obligada. Pero vayamos por partes.

Si algo voy aprendiendo es que viajar en Autocaravana ha de ser algo que se haga sin prisa, sin mirar el reloj. Llegué a Vitré entrada la tarde, parece que Doué-en-Anjou me tenía atrapado entre sus campos verdes y su permanente lluvia fina. Tras dar una vuelta de más, aparqué sin hacer mucho caso de los consejos, cada vez menos aconsejables, en un lugar perfecto, alejado del centro histórico, algo esencial para que viajar en un vehículo de este tipo no se convierta en una odisea cada vez que llegas a un lugar desconocido.

Acercarse al centro histórico y percibir el bullicio de vida, iban de la mano. Me fijé en si era fin de semana, pero no. Multitud de gente en las terrazas, mercadillos con todo tipo de cosas, grupos de música callejeros y unas vistas tan espectaculares, que ya anunciaban la historia por los poros de la ciudad. No recordaba haberme atropellado nunca a mí mismo y en Vitré lo hice. La cabeza y las piernas no se ponían de acuerdo, el espectáculo visual y la ingente cantidad de cosas por ver, me convertían en una especie de pato mareado. Subir en dirección al castillo era penetrar en el escenario de una película templaria. Aquí se gana vida por los ojos. Un paseo por las callejuelas de Vitré debería ser de obligado cumplimiento en cualquier ruta turística.

Al volver al centro de la villa una imagen me dejó, literalmente, anestesiado. En un gran letrero con el nombre de varias ciudades de renombre internacional destacaba el de… ¡Villajoyosa! Tras unos momentos en los que me habría gustado saber como me observaban los demás, certifiqué que Vitré y Villajoyosa son ciudades hermanadas desde hace muchos años, a pesar de los 1.450 kilómetros que las separan. Un acierto.

No sé si será la edad o la experiencia que voy cogiendo, pero ya no me conformo con dormir en cualquier lugar. Nada tengo en contra de una buena zona habilitada para Autocaravanas, aunque prefiero una parada con vistas al mar, un campo infinito en lontananza o el ruido de un lago a tus pies. Y visto el éxito de Doué-en-Anjou, volví a jugar con el destino y recorrí algunos kilómetros antes de llegar a Fougéres. Volví a acertar. Un espectacular estanque, sin un alma a su alrededor, me esperaba en Chatillon-en-Vendelais. Era tan enigmático lo que estaba viviendo, acompañado de un frío que hacía meses no recordaba, que me abrigué, inauguré mi bolsa de pipas y ambos nos hicimos compañía hasta que oscureció sentado al borde del lago. Espectacular.

La ruta verde que me encontré al madrugar, puso la guinda a un lugar que, aunque tampoco estaba en la previsión inicial, son de esos que al final abarcan los mejores recuerdos y se entrometen en las conversaciones con los demás. 26 kilómetros de vía entre Vitré y Fougéres, que yo inicié en Chatillón, en los que sólo se escuchaba el silencio mientras los prados verdes llenos de vacas y todo tipo de aves, se iban relevando en el camino. Tocaba ir a Fougères, otra de esas villas aconsejadas, con el temor de un listón cada vez más elevado.

Junto a Vitré, hacen un conjunto de lugares en los que bien vale pasar un día completo. Por la mañana uno y por la tarde el otro. Fougéres no te sorprende hasta que entras en su casco antiguo, pero a partir de ahí te atrapa durante un recorrido sin igual que te lleva por calles llenas de historia, iglesias y edificios que evocan un pasado histórico y unos jardines que proyectan la visión de una fortaleza de tal belleza que, a pesar de la distancia y lo complejo del recorrido, sin duda lo recorres. Otra joya arquitectónica digna de nuestros ojos.

¿Lo mejor estaba por llegar? Eso lo decides tú después de leer. Pero te adelanto que todo lo vivido en la amplia zona donde se desarrolló el Desembarco de Normandía, en mayúsculas, me tuvo con el bello erizado y la emoción contenida de una forma muy especial. Por el camino dejé pasar la posibilidad de visitar el Mont Saint Michel, un aconsejado lugar que si al final visito te contaré, para llegar hasta Omaha Beach, particular forma de bautizar por los americanos a una de las cinco playas donde pasadas las 6.30 h de la madrugada del 6 de Junio de 1.944, se produjo el histórico Desembarco de las tropas aliadas de estadounidenses, inglesas y canadienses, con el objetivo, finalmente conseguido, de eliminar a los nazis e iniciar la reconquista de una Europa sometida, algo que se culminó 11 meses después, en mayo de 1.945.

Una zona tan llena de historia que hacía obligatorio el organizarse. Y así lo hice. Decidí que Omaha Beach, Collervile-sur-mer, Pointe du Hoc y La Cambe, serían los 4 lugares que de ninguna manera dejaría escapar. Llegué con Autocaravana Vivir a Vierville-sur-mer, uno de los tres pueblos que abarcan los 8 kilómetros de Omaha Beach, donde murieron más de 4.000 soldados en la mañana del día D y lugar que da origen a películas como Salvar al Soldado Ryan. Junto con Utah, fueron los dos nombres clave que se dieron a las playas donde desembarcaron las tropas de los estados Unidos.

Me sorprendió ver la facilidad con la que se podía aparcar en el mismo borde del mar, junto a otros tantos viajeros y sin restricción alguna. Pronto entendí que, a pesar de la belleza de la zona, turísticamente estaba herida de muerte, al menos para el sol y la playa. Es un lugar que transmite tanto respeto que hace casi imposible entenderlo como lugar de ocio. Al ser la noche del 5 de agosto, todavía me hipnotizó más la situación, pues me iba a despertar de madrugada un día 6, justo 78 años y dos meses después, en el mismísimo escenario de una batalla que cambió el destino del planeta. Casi 35.000 hombres llegaron por sorpresa desde Gran Bretaña hasta estas costas.

Decidí caminar en dirección al Cementerio levantado en homenaje a los soldados americanos fallecidos durante la invasión en Collerville-sur-mer. Lo que no me esperaba era poder llegar a través de unos bosques tan sinuosos como misteriosos. Me sorprendió leer que toda esa zona había sido donada por el gobierno francés “a perpetuidad” al pueblo americano. Al entrar en el inmenso recinto, que sólo recordaba por las famosas películas de guerra, me sentí extraño. Creía no ir arreglado adecuadamente, incluso me quité la gorra a pesar de estar al aire libre. Qué sensación tan extraña. La inmensidad del caos humano reflejado en miles de cruces, todas y cada una con el nombre de su soldado, fiel reflejo de la más absoluta insensatez. Un amplio paseo en silencio y anonadado certificaba el absurdo de esas miles y miles de vidas perdidas de jóvenes muchachos, más de 9.000 en ese mágico lugar, rehenes de la locura de un solo ser humano, enfermo y megalómano pero con gran capacidad de convencimiento como fue Adolf Hitler.

Todavía impactado, agradecí la hora de camino que me restaba hasta llegar a mi querida casa con ruedas, necesitaba asimilar lo vivido. Ducha, desayuno y hacia Pointe du Hoc. Otro de esos lugares que, con perspectiva y capacidad de reflexión, demuestran la valentía y la locura a la misma vez. Acantilados escalados por los rangers estadounidenses a los que esperaban, en sus bunkers, unos nazis bien pertrechados que acabaron con el 70 % de ellos.

Como era lógico para mí, rendí visita también al cementerio militar alemán levantado en La Cambe en homenaje a sus caídos. Una rápida lectura encogía el corazón al comprobar que muy pocos de los allí enterrados, también hijos de sus padres, pasaban de los 18-20 años. Lo cual demuestra, una vez más, que en las guerras sólo mueren los inocentes de una película en la que no habían decidido formar parte. Enhorabuena a la Francia que, reconciliada y en paz, permitió la existencia de este cementerio de las tropas enemigas.

Y aquí sigo, en el parking de un supermercado, recién comido y mucho más libre después de haber dejado salir de mí estas poderosas palabras. Supongo que voy en dirección al Mont Saint Michel. Ya te contaré si llegué o no. Todo lo que sobre él leo, es que está rodeado de una masificación desmesurada. Y eso no me gusta, aunque tampoco me dejo guiar por todo lo que otros cuentan. Tú tampoco lo hagas y vive tus propias historias. Un abrazo.

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