Una UCI, tres olas: el precio de seguir con vida

SOCIEDAD

 REPORTAJE GRÁFICO: IGNACIO GIL / MATÍAS NIETOHOSPITAL GREGORIO MARAÑÓN DE MADRID

El 80 por ciento de los enfermos graves de Covid salen adelante tras cuatro semanas de ingreso, los cuidados de un mínimo de diez profesionales y un coste de entre 66.000 y 115.000 euros

Nuria Ramírez de CastroNuria Ramírez de Castro

Actualizado

NOTICIAS RELACIONADAS

Hoy es un buen día en la UCI del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, el mejor desde que se encrespó la tercera ola. Solo hay 27 personas ingresadas donde hace unos días había 60. Es el mejor síntoma de que la curva se aplana. Primero caen los contagios, después los ingresos y 10-15 días después, las UCI empiezan a respirar. Puede que solo sea un alivio pasajero. En estas unidades, donde más se siente el rastro de sufrimiento del virus, prefieren no hacerse ilusiones. No ha acabado casi la tercera y ya temen la cuarta oleada. Lo aceptan casi con la resignación de a quien ya no le quedan ni fuerzas para protestar.

En este hospital, donde llegaron

 los primeros casos de Covid antes del gran estallido del virus, las oleadas de la epidemia se han sucedido como una línea continua. Hay un principio pero aún no se ha visto el fin. Desde que empezó la pesadilla hace un año, no han tenido un solo día sin un paciente ‘sucio’, como llaman a los pacientes de Covid, esos a los que deben atender con todas las precauciones posibles, envueltos en un buzo EPI, con calzas, gafas y mascarillas. En doce meses, el ejército de profesionales que sustentan esta u otras UCI del país han sufrido como nunca antes lo habían hecho. Han tenido jornadas maratonianas, no se han permitido descansos, se han infectado con sus pacientes, han llorado, pero también se han enfadado mucho.

Un cartel avisa del ingreso de un paciente con la variante británica del virus, más contagiosa
Un cartel avisa del ingreso de un paciente con la variante británica del virus, más contagiosa

Tensa calma

Ahora se respira tranquilidad, una tensa calma apenas interrumpida por los pitidos de los monitores que marcan las constantes y el sonido de los respiradores. La nueva UCI que ha estrenado el hospital en plena pandemia es luminosa, un recinto que parece casi estéril, aunque el virus podría estar en cualquier lado, ramoneando por las paredes o el suelo. Por eso, no sobran las precauciones. Aunque todos están ya vacunados, nadie entra en un box de un paciente sin antes enfundarse un buzo de protección. No importa el cometido. Ya sea para manipular a algún enfermo o limpiar y matar el ‘bicho’, como hace Carmen.«Muchos enfermos están sedados e intubados. Sus pechos se hinchan y desinflan al compás del respirador»

Celadores, médicos, enfermería… el color que iguala a este batallón de profesionales al servicio del enfermo es el naranja. Un chillón cítrico que distingue al equipo de críticos. La luz tenue se reserva para los enfermos alojados en boxes con unas mamparas de cristal ahumado que ofrecen una ilusoria intimidad a los pacientes. La mayoría de sus moradores son varones de unos 60 años de edad y con tendencia a la obesidad. Algunos yacen boca abajo, sedados e intubados. Sus pechos se hinchan y desinflan al compás del respirador. Es el patrón de la tercera ola con alguna excepción, como la del box 21 donde juguetea con su móvil una mujer joven que debe rondar la treintena y parece extrañamente recuperada. No encaja con la imagen de un enfermo de UCI. «Está a punto de que le demos el alta. Llegó aquí por un trombo provocado por el Covid. No ha necesitado respirador», apuntan desde la enfermería. El teléfono móvil o la tableta son los bienes más preciados. Con ellos, los enfermos en mejor estado matan el tiempo y se conectan con el mundo del que les ha privado el virus.

Esta mañana no se respira drama en la unidad. Aunque a todos se les ensombrece el rostro cuando se les pregunta cómo están y cómo fue el comienzo de la epidemia en el hospital. El recuerdo de marzo de 2020 es solo dolor, muerte, sufrimiento y deshumanización. Son los primeros sentimientos que le brotan, casi sin pensar, al jefe de la UCI del Gregorio Marañón, José Eugenio Guerrero, también responsable de las UCI del grupo de hospitales HM. Este médico intensivista, bregado con cuatro décadas de ejercicio, no lo duda: «La primera ola fue terrorífica. Nada supera lo que pasamos entonces. Yo he vivido la época del VIH, la de la intoxicación por la colza o el atentado del 11-M y nada siquiera lo iguala. No teníamos de nada, no sabíamos nada y no estábamos preparados para algo así». No hay dramatismo en su relato. El médico de la voz tranquila lo cuenta como un suceso del pasado del que intenta pasar página.José Eugenio Guerrero, jefe de la UCI: «Yo he vivido la época del VIH, la de la intoxicación por la colza y el atentado del 11-M. Nada siquiera lo iguala»

El segundo embate fue un «juego de niños comparado con la primera». Los sanitarios se enfrentaron a ella con la lección aprendida y con material sanitario a disposición. Pero la tercera ola «volvió a ser terrible», comenzó cuando aún había muchos enfermos ingresados. Por eso, solo pensar en una cuarta ola hace temblar a los 282 profesionales que integran la UCI del Marañón. «El agotamiento físico y mental es tan grande que no sé si aguantaremos. Luchar contra el cansancio extremo está siendo lo más duro de gestionar», confiesa el doctor Guerrero.

En su UCI se ha tejido una relación casi familiar. Algunos se conocían desde hace años; eran ya uña y carne antes de este tsunami. Otros llegaron para reforzar la unidad y han formado un equipo muy compacto que les ha permitido seguir adelante en los momentos más duros. El cansancio y el dolor se han exorcizado compartiendo penas en el desayuno, alguna charla, unas risas… aunque eso no siempre ha bastado. Muchos se reconocen aún «tocados».

Mascarillas, calzas, buzos EPI...todos están ya inmunizados pero se protegen como si pudieran volver a infectarse
Mascarillas, calzas, buzos EPI…todos están ya inmunizados pero se protegen como si pudieran volver a infectarse

«Hubo mucha angustia y miedo. A mí me salvó cogerlo durante la primera ola. Lloraba cada tarde al llegar a casa. Durante la baja laboral tomé fuerzas para recuperarme emocionalmente», recuerda Javier Álvarez, técnico de rayos, el profesional que vigila la evolución de los pulmones Covid.

El golpe de la tercera

El hospital implantó un protocolo de atención psicológica para apoyar a todos los sanitarios del centro, a los enfermos y a sus familiares. «Supongo que algunos habrán ido a pedir ayuda. No lo sé ni necesito saberlo. Lo que sí sé es que muchos estábamos para ir, aunque no hayamos ido», se sincera el responsable de la unidad. Por eso, cuando en esos desayunos en los que se comparten penas y risas se habla de fiestas ilegales de fin de semana, de cómo hay quien aún quiere salvar la Semana Santa o de restricciones que no se cumplen, «solo queda cagarse en la leche puta», le sale del alma al doctor Guerrero, un exabrupto del que enseguida se arrepiente y pide disculpas.

José Eugenio Guerrero, jefe de la UCI del Hospital Gregorio Marañón
José Eugenio Guerrero, jefe de la UCI del Hospital Gregorio Marañón – IGNACIO GIL

Las UCI son hoy el único tratamiento posible para los casos más graves de Covid. Acceder a ellas marca la diferencia entre la vida y la muerte de un enfermo de coronavirus. Cuando los pulmones colapsan, no hay nada que funcione. Los intensivistas han aprendido «a palos», con pruebas de ensayo y error para averiguar sobre la marcha cómo atacar a un virus que cada día muestra una cara, una nueva manifestación. Mientras en un box un paciente se ahogaba, otro sucumbía con una embolia o una arritmia cardiaca.

Extintores para un incendio

Un año después, el resultado sigue siendo deprimente. Aún no hay ningún medicamento específico con el que contar, salvo un antiguo y barato corticoide llamado dexametasona, otros antiinflamatorios (tocilizumab) y anticoagulantes que actúan como los extintores en un incendio.

Pero también se cuenta con herramientas que salvan vidas como los respiradores o los sistemas de oxigenación extracorpórea que limpian la sangre y realizan la función respiratoria mientras los pulmones se recuperan. O maniobras que modifican la postura en la cama de los pacientes sedados e intubados para que circule mejor el oxígeno. En la jerga sanitaria se llama alternar el decúbito prono (boca abajo) con el supino (boca arriba). Todos los tratamientos son paliativos, no curan, pero ayudan al organismo a sobrevivir mientras el cuerpo se mide con el coronavirus. Este es el objetivo de estas unidades.

Más que una cama conectada

Las UCI son mucho más que una cama conectada a un respirador, como suelen repetir los intensivistas. Las terapias que se realizan son complejas y requieren de un equipo multidisciplinar, bien entrenado para atenderlo. Detrás de cada uno de estos enfermos hay, al menos, un equipo de una decena de profesionales diferentes: médicos intensivistas, enfermería especializada, expertos en infecciosas, técnicos de rayos, fisioterapeutas y rehabilitadores, neumólogos, cardiólogos o nutricionistas, entre muchos otros. José Eugenio Guerrero no se atreve a ponerle cifra al coste de un tratamiento de estos enfermos tan graves que llegan a una UCI. Aunque existen cálculos que lo establecen entre 66.000 y 115.000 euros, según el tiempo de estancia y los problemas que surjan.«La evolución de los enfermos Covid es larga y su recuperación es imprevisible. De la noche a la mañana te encuentras con pacientes que iban bien y necesitas intubarlos y sedarlos»

La horquilla es amplia porque también lo es el abanico de complicaciones que pueden plantearse. Sus estancias son largas. De media pueden necesitar cuatro semanas en esta vigilancia tan estrecha, aunque en este hospital de Madrid ha habido pacientes que han permanecido ingresados más de cien días, como Pedro, o diez meses, como Elsa, a la que acaban de dar el alta hace unos días. De esos diez meses de ingreso, Elsa pasó la mitad de su tiempo en la UCI; la mayor parte del tiempo sedada, con ventilación mecánica y un sistema de oxigenación extracorpórea para seguir respirando.

La evolución de los enfermos graves de Covid es muy lenta y su evolución es muchas veces imprevisible. «De la noche a la mañana, te encuentras con pacientes que iban bien, habías conectado con ellos, y de repente necesitas intubarlos y sedarlos. Es muy duro», reconoce Berta Rojo, una enfermera de 27 años a la que le han caído años de veteranía de golpe por la pandemia. Aunque al revés también sucede, hay quien se recupera de forma repentina «y entonces mola un montón», le apunta Lorena Lesme, una de las auxiliares de enfermería.

Berta ha pasado su experiencia laboral más dura desde que entró en marzo en la UCI y no llegaba de un lugar fácil. Antes de que estallara el coronavirus estaba asignada a la planta de oncología infantil. «¡Bah! Los niños son la pera, aunque estén malitos, tienen una energía brutal. Aquí todo es mucho más triste porque los enfermos son conscientes de lo que les puede ocurrir».

Un sanitario prepara la medicación en un box de la UCI
Un sanitario prepara la medicación en un box de la UCI

Berta, enfermera, 27 años: «¿Cómo es posible que yo me esté partiendo la espalda cada día y haya gente de fiesta sin pensar en las consecuencias?»

La intubación es el momento más temido. «¡Por favor, no me intubéis!» es el ruego que más ha oído el equipo de enfermería estos meses. Están asustados por perder el control. Saben que pueden dormirse y quizá no volver a despertar. «Yo he tenido que mentir a alguno de mis pacientes para que no se inquietara», confiesa Lorena, la auxiliar de enfermería. La estadística, sin embargo, juega a favor de estos enfermos. Al menos en la UCI del Gregorio Marañón, el 80 por ciento de los pacientes Covid logran salir adelante y superar la batalla contra el virus.

Cada uno de los pacientes sedados supone un esfuerzo extraordinario para el equipo de profesionales. Se necesitan hasta cinco personas para movilizar estos cuerpos yacentes rodeados de cables y máquinas. La movilización es un ejercicio que va más allá del aseo diario; se debe repetir cada dos o tres horas al día porque la posición del organismo es clave en la recuperación. Mejora a los enfermos, pero es agotador para los profesionales que los cuidan. «Es un trabajo físico muy duro». Por eso, Berta, cuando sale de su turno y ve las terrazas a tope con gente sin mascarilla, se tiene que contener para no tirar de móvil y llamar a la policía para denunciar. «¿Cómo es posible que yo me esté partiendo la espalda cada día y haya gente de fiesta sin pensar en las consecuencias?», se pregunta.

Medicina y consuelo

Con 23 años, Eva del Moral también se ha convertido en la aguafiestas de su grupo de amigos. Celadora, aún sueña con los peores días de marzo en los que llegaba a poner hasta tres sudarios a los fallecidos en un solo turno. «Mis amigos me dicen que ya nunca quiero hacer planes, pero viendo lo que vemos aquí es difícil salir y no pensar en las consecuencias». El celador también tiene un contacto estrecho con los enfermos. No son solo los que pasean camillas y historias clínicas. Son los primeros en recibir a los pacientes, conducirlos a la cama, ayudar a movilizarlos cada día, trasladarles a hacerse pruebas y ofrecer consuelo a sus familiares.

En el aislamiento, todo el personal ofrece mucho más que cuidados sanitarios. Hasta los tratamientos de rehabilitación y fisioterapia respiratoria se convierten en sesiones de alivio. «No te vayas», «Quédate un poco más», «Eres la única persona que puede estar conmigo».., le ruegan a María, la ‘fisio’ encargada del ‘destete’ de los intubados. Tacto cálido y terapéutico que funciona como un bálsamo en unos cuerpos exhaustos en la batalla contra el virus.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar