SALUD

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- INMA LIDÓN
- Valencia
Actualizado Martes, 19 enero 2021
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«Pueden traer todos los respiradores y habilitar espacios, pero el personal está desbordado». Es la reflexión casi unánime de los sanitarios que trabajan a pie de cama en la UCI de los hospitales valencianos, donde se registra la ocupación más alta del país: 48,09% cuando aún no se vislumbra el pico de la tercera ola. Mientras la Generalitat Valenciana reconoce el «estrés hospitalario», en palabras del presidente Ximo Puig, pero advierte de que tienen capacidad de absorber pacientes. Esa versión no es del todo compartida por los profesionales, que lanzan una advertencia: «Ahora mismo ya estamos peor que en abril».
A Eva le pita el monitor de un paciente y se acerca hasta la cama para comprobar qué pasa. Es enfermera veterana en la unidad del Hospital Peset de Valencia, donde a las 16 camas habituales, todas con pacientes Covid, se han sumado ya seis en Reanimación, la mitad también con positivos, y ocho más en la Unidad de Recuperación Postanestésica (URPA) para enfermos sin coronavirus, «que también los sigue habiendo». Alterna turnos en estas salas y aún se están preparando ocho camas más el gimnasio del centro para lo que se les viene. Las cifras de contagios siguen de récord en récord y saben que un porcentaje de esos positivos acabarán bajo sus cuidados. Su trabajo se ha hecho más difícil desde agosto. «Siempre nos han enseñado que lo más importante es el paciente, pero ahora asumen que eso a veces ya no es posible. Estamos haciendo medicina de guerra desde hace demasiado tiempo, y cuando ves sufrir a alguien lo pasas muy mal», explica a El Mundo.
No tienen problemas con el material de protección, la primera gran batalla de la primera ola que la llevó a vestirse con bolsas de basura y botas de agua. Ahora la pelea es cómo atender sin todos los medios que requiere una unidad tan especializada como esta. «Tenemos más respiradores que en abril, sí, pero a los espacios habilitados hay que trasladar el resto de equipos y trabajar sin toda la información que solemos tener sobre el estado del paciente. Ahora viene una compañera de lo que llamamos el ‘Ikea’, una sala de almacenaje donde vamos a montarnos carros de curas con agujas, goteros, apósitos, sondas, jeringas… todo lo que podemos necesitar que en la UCI tenemos y sabemos dónde está, pero en esos espacios nuevos no».https://233aec31d3f55502c3f8e513e6f488c9.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-37/html/container.html
El relato de Eva no le sorprende a Juan Emili, que lleva 16 años en la misma unidad en el Hospital Clínico de Valencia, uno de los primeros en tener que derivar. Vive lo mismo día tras día. A sus 16 camas de UCI sumaron ya en octubre 12 más en seis quirófanos, seis en la unidad de Reanimación y el sábado se habilitaron nueve más en Medicina Interna, «para pacientes en situación crítica intermedia». «Ni esto ni los quirófanos nos hicieron falta en el pico de abril», asegura. Además, en la URPA tienen pacientes sin coronavirus con dolencias coronarias o hemorragias sin coronavirus. «No entiendo cómo pueden decir que estamos al 48% de ocupación. Sanidad va sumando espacios, pero que vengan y vean cómo trabajamos a pie de cama. Desde primeros de noviembre nuestra UCI está al 100%». El porcentaje con respecto a enero de 2020 es peor: un 170%.
Juan describe la pandemia como una M. «El pico bajo lo tuvimos en julio, cuando no había ningún enfermo Covid, pero a mitad de agosto comenzaron a llegar y este estallido postnavideño nos ha cogido con diez pacientes aún de la segunda ola ingresados. Creo que esto se ha ido de las manos», explica. «Habrá sitio, pero no hay personal», se lamenta después de meses compaginando la atención a los enfermos con la formación a los compañeros que se han ido incorporando de refuerzo, contratados de las bolsas o incluso de otros servicios que, después de la suspensión de toda la actividad no urgente, ejercen de apoyo. «Es imposible enseñar en plena pandemia, atendiendo a una ratio altísima de pacientes, con los EPI y con la tensión que se genera. Todos hemos envejecido en este tiempo».
Por eso entiende que no habrá enfermos críticos en los hospitales de campaña. «No veo yo que se pueda salir corriendo por los pasillos de una carpa con un carro de parada cardíaca, porque estos pacientes tienen paradas». De hecho, en los tres hospitales de campaña instalados junto a La Fe de Valencia, el General de Alicante y el de Castellón, que costaron 16 millones de euros, acaban de llegar los primeros enfermos. Se han vestido con 280 camas , los primeros pacientes son casos en la fase final de recuperación, cuyo traslado alivia la carga hospitalaria de cara a los ingresos graves que puedan llegar por Urgencias en los próximos días. Porque se esperan más de los deseados.
«La magnitud de esta tercera ola de la pandemia es mucho mayor de lo que habíamos visto hasta ahora», explica el jefe del servicio de Medicina Interna de La Fe, Álvaro Castellanos. El pico lo estima para finales de enero y su propuesta pasa por habilitar todos los espacios posibles dentro del propio hospital donde se puede disponer de gases medicinales, porque ya empiezan a recibir a pacientes del Clínico o del Hospital de Sagunto «que ya no tienen más capacidad».
Lo sabe bien David Arizo, que sale de su guardia como médico internista en el Hospital de Sagunto. «Tenemos 23 pacientes, 14 de ellos entubados. La capacidad de la UCI es de nueve camas y en los meses más malos no habíamos pasado de seis enfermos. Y ya hay pacientes en los quirófanos y la URPA, y no covid en el gimnasio. Hay días que ves a compañeros llorando, nerviosos o enfadados, porque no damos abasto con la carga de trabajo y tienes la sensación de que los enfermos no están atendidos como deberían, que siempre te queda algo más por hacer», explica después haber pasado la noche enfundado en un EPI que le deja tan empapado de sudor «como si saliera de la ducha».
Su petición es que haya un confinamiento lo antes posible. «Es la única manera. Sales del hospital, donde ves la crudeza de lo que pasa, y parece que el mundo no se entera. Incluso discutes con tus amigos cuando les adviertes de los riesgos, porque parece que nadie los percibe», cuenta. «En marzo tardamos tres semanas en notar que la situación mejoraba. No sé a qué esperan ahora», se lamenta. «La presión es mucho mayor, porque entonces, extrañamente, dejaron de llegar enfermos con otras patologías, pero ahora no».
El único respiro lo tuvieron de mitad de julio a mitad de agosto, un mes sin Covid en la UCI. «Ahora hemos tenido a gente de 40 y 50 años, que corren maratones, una chica de 36 sin patologías previas…Si entre marzo y mayo murieron cinco o seis personas, de los 75 pacientes que hemos tenido desde el verano, la mitad ha fallecido». Ver tanta muerte es algo a lo que no se acostumbran. «La gente ha normalizado las cifras altas de contagios, pero nosotros tenemos que llamar por teléfono a los familiares y decirles que su ser querido va a morir, que no sabemos por qué él sí y no el de la cama de al lado, que con el mismo tratamiento va mejorando. Y, sobre todo, que no pueden venir a despedirse. Eso te deja el cuerpo roto…», confiesa David.
A Juan Emili tampoco se le olvida aquel hombre de apenas 60 años que entró por Urgencias y ni siquiera llegó a la UCI. «Con las llaves del coche y el móvil en las manos se lo llevó la funeraria». Ese es el golpe del Covid que solo ellos parecen ver