López Burniol: «España es un país anarcoide que necesitaría un modelo federal»

LOS INTELECTUALES Y ESPAÑAOpinión

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  • IÑAKI ELLAKURÍA

Viernes, 1 enero 2021

El jurista y articulista catalán defiende un pacto que blinde el reconocimiento de Cataluña como nación y su modelo fiscal

PARA LA SERIE DE INTELECTUALES SANTI COGOLLUDO 17.12.2020 Barcelona,...
El notario Juan José López Burniol Santi Cogolludo MUNDO

El jurista y articulista Juan José López Burniol (Alcanar, 1945)es uno de los analistas políticos más respetados y leídos por la élite catalana. Fue uno de los redactores del controvertido editorial conjunto en favor del Estatut y durante el arreón independentista de 2017 formó parte del pequeño grupo que se vio en secreto e Vitoria con el lehendakari Iñigo Urkullu para evitar que Carles Puigdemont proclamara la independenciaUna década después del inicio del procés, Cataluña está hundida económicamente y divida política y socialmente. ¿Cómo y por qué una sociedad próspera se coloca al borde del abismo?Por la confluencia de diversos factores. Está el histórico, que Cataluña ha sido y es una comunidad humana con conciencia clara de poseer una personalidad histórica diferenciada y la voluntad firme de proyectar esta personalidad hacia el futuro mediante su autogobierno, entendido como autogestión de los propios intereses y autocontrol de los propios recursos. Luego está el factor circunstancial, como es la emergencia de los populismos, en los que se encarna la indignación de todos aquellos que se quejan, la mayoría, clase media, de un injusto reparto de la crisis financiera de 2008 y de un creciente aumento de la desigualdad. Y por último, el factor humano, con el error de unos (los independentistas), por una sobrevaloración de sí mismos y una denigración sistemática de los adversarios, que son convertidos en enemigos. Así como el silencio de los otros (los no independentistas) y la dificultad de que la gente en Cataluña diga en público lo mismo que dice en privado. Es el silencio de los cultos del que hablaba Victor Klemperer sobre la sociedad alemana.¿Usted fue uno de los redactores del célebre editorial conjunto La dignidad de Cataluña, con el que doce diarios catalanes alertaban/presionaban al Tribunal Constitucional sobre las consecuencias de una sentencia adversa al nuevo Estatut. Visto que supuso la antesala del procés, ¿se arrepiente?Voy a hacer referencia aquí por primera vez a la génesis de este editorial por lo que a mí respecta. Mi amigo Rafael Nadal, a la sazón director de El Periódico, donde entonces yo escribía, me informó de la iniciativa y me pidió que redactase un primer borrador -que no sería el único a tomar en cuenta- del editorial conjunto. Así lo hice, creo recordar que bajo el título «La sentencia de nunca acabar» y se lo entregué a Nadal. La redacción definitiva que salió publicada en los diarios incluye algún pasaje de mi texto. Asumo, por tanto, mi responsabilidad solidaria con la versión definitiva del editorial. Dicho esto, debemos tener en cuenta que el catalanismo como conciencia de ser es tan antiguo y permanente como cualquier otro sentido de permanencia, pero se reafirma como movimiento cultural en el siglo XIX con la Renaixença, manifestándose como doble objetivo: la defensa de la lengua y la cultura propia y la regeneración de toda España. No es hasta el desastre del 98, al perderse Cuba, cuando se convierte en movimiento político y reivindica más autogobierno, sin aspirar nunca a la independencia, posiblemente por considerarla inalcanzable, como dijo Santos Juliá en la Historia de las dos Españas sobre Prat de la Riba. El regeneracionismo catalanista fue muy importante. Recuerdo una frase de un catedrático de historia al que yo tuve gran veneración, que era Vicente Cacho, que decía que en el fondo había dos regeneracionismos en España, el madrileño, vertebrado a la Institución Libre de Enseñanza, y el catalán.Esa tradición no estuvo exenta de la pulsión secesionista, con Francesc Macià y Lluís Companys, y también con un Jordi Pujol que preparó el terreno para que sus hijos políticos culminen la independencia…Debemos entender que las raíces más profundas delprocés son muy anteriores a Pujol, un personaje político de una enorme magnitud. No entender o no aceptar este hecho, minimizándolo como si lo ocurrido hubiera sido un calentón de la burguesía catalana, es el motivo más frecuente de la incomprensión del problema catalán. Un problema que condiciona la vida española desde hace más de cien años. En 1959, en la necrología que Antonio Tovar escribió del poeta Carles Riba, nos dice que fue gracias a «la formidable voluntad del pueblo», junto con «una admirable serie de poetas», como «el siglo XIX presencia el resurgimiento de esta lengua que el pueblo había seguido hablando». Ahí radica la fuerza del catalanismo, en un impulso popular que antecede a los políticos.¿Y el pujolismo? ¿No fue un factor decisivo en la conversión al independentismo de una parte importante de la sociedad catalana?Jordi Pujol convirtió al catalanismo regeneracionista en nacionalismo, sin llegar de forma explícita hasta las últimas consecuencias. Es cierto que ese cambio que impulsa varía la visión política y social que hay en Cataluña, pero sin llegar a reivindicar la independencia, seguramente porque la seguía viendo imposible. De ahí que las pautas de su mandato fueran potenciar la personalidad diferenciada de Cataluña a través de sus señas de identidad como la lengua, utilizando a TV3 como factor importante. La idea del «peix al cove«, asumir cuantas más competencias se puedan para evitar que los asuntos catalanes se decidan en Madrid, y por último su obsesión, con una dialéctica de choque constante con el resto de España, de no participar nunca en el Gobierno central. No permitió que llegar a ministros ni a Miquel Roca ni a Josep Antoni Duran Lleida, como abortó la posibilidad de que Joan Rigol presidiera el Senado. Todo con una aspiración futura, bien dibujada en la frase: «Hoy paciencia, mañana independencia».El Gobierno de Sánchez da por enterrado el proceso independentista, ¿comparte el diagnóstico?No, en absoluto. El nacionalismo catalán, henchido de indignados, es un nacionalismo romántico, herderiano. Es inasequible al desaliento. Por eso pienso que en las próximas elecciones catalanas del 14-F los independentistas van a ganar con facilidad y pueden conseguir una mayoría social.¿No ve entonces solución al problema catalán?En los procesos históricos hay etapas de expiación en las cuales cuando las cosas no han salido bien, se asumen las consecuencias y, con el tiempo, se saca la cabeza del pozo para llegar a un acuerdo, al que podrías haber llegado mucho antes y con condiciones más beneficiosas para todos. Yo siempre digo que estamos en la península inevitable. Este trozo de tierra, que va de los Pirineos a Tarifa y de Finisterre al Cabo de Creus, y que sólo se puede articular como un estado federal, en el que en algunos asuntos se siga imponiendo el interés general al particular.Un federalismo que ya defendió Pasqual Maragall hasta que llegó al poder y pactó sin problemas con ERC, como podría hacer el PSC tras el 14-F. ¿No es el federalismo la coartada de todo nacionalista?Maragall apostó por el federalismo como fórmula apta para el encaje de Cataluña en España y concibió un nuevo estatuto como la piedra angular del sistema. La idea era buena, pero se ejecutó mal al dejar la redacción del texto a la iniciativa de una comisión del Parlamento catalán, convirtiéndola en una subasta de radicalismos. Esto hizo que se concibiera como una reforma de la Constitución y que se articulara la relación de Cataluña con España como un vínculo confederal. Luego llegó el error garrafal de recurrir al Tribunal Constitucional un texto aprobado en los dos parlamentos. Yo, que he sido presidente del Constitucional de Andorra, sé que su función no debe ser la de enmendar leyes aprobadas en referéndum.Así, ¿qué propone usted exactamente como salida de la crisis catalana?Es preciso un acuerdo sobre las metas a alcanzar mediante la necesaria reforma. Y la oferta del contenido de esta reforma debería partir del Gobierno central. Debe formalizarla cueste lo que cueste, habida cuenta de que la inacción, lejos de resolver el problema por consumición, lo agravará al límite. Y hay que hacer esa propuesta partiendo de la base de que la reforma federal hoy es imposible.¿Entonces?Hay que buscar otro camino: una reforma del estatuto y de la Lofca que abarque estos puntos: reconocimiento de Cataluña como nación, competencias exclusivas de la Generalitat en lengua, enseñanza y cultura dentro del marco definido por la Constitución y el TC. Fijación de un tope a la aportación catalana al Fondo de Solidaridad y el establecimiento de una agencia tributaria compartida, la diferencia de que te paguen o pagar tú. Una vez planteadas y acordadas estas medidas, la convocatoria de un referéndum en Cataluña para la aprobación del acuerdo.Habla como si la Generalitat mostrara un mínimo sentido de Estado y de lealtad institucional. Como si hubiera respetado las leyes o la pluralidad que existe en la sociedad catalana…La objeción que me hace es muy digna de ser tenida en cuenta. Pero si el Gobierno central hace esa oferta que yo concreto y es aceptada, la ley habrá que cumplirla a rajatabla. El peor rastro que dejan las dictaduras es la creencia de que las leyes no tienen que cumplirse. Hay que tener y exigir, además, lealtad constitucional y a los pactos alcanzados. La alternativa al imperio de la ley es el enfrentamiento civil, la decadencia económica…¿Y cumplir las sentencias? ¿Es partidario de excarcelar a los líderes separatistas?La excarcelación de los presos no resolverá el problema, pero tal vez ayude a apaciguar la extrema polarización de la sociedad catalana. Soy partidario de un indulto por razones de interés general, en ningún caso se debe dar una amnistía. Y cuanto antes se produzca el indulto, mejor.¿Cree que el procés, su política de división social, enfrentamiento y puesta en duda de nuestro sistema democrático, ha saltado a la política española?Cataluña no tiene suficiente fuerza para independizarse unilateralmente, pero sí para desestabilizar a toda España. Y eso es lo que está ocurriendo, con la irrupción en política de los indignados y populistas. España es un país anarcoide en la que los extremistas se están yendo a Podemos y a Vox. Ahí tenemos a Pablo Iglesias, que es un neocomunista y representa un izquierdismo radical que conecta con un sector del PSOE, la corriente largocaballerista que siempre ha convivido en tensión con la socialdemócrata.Por primera vez desde la restauración de la democracia, un Gobierno de España, o al menos algunos de sus más destacados miembros, pone en duda nuestro sistema de convivencia.Siempre repetiré hasta que me muera que este país hizo una transición modélica, por el miedo y el rechazo de todos los españoles a repetir la barbarie de la Guerra Civil, y se hizo sobre la base del olvido. Pero al llegar Podemos a la vida pública se empieza a cuestionar la Transición, diciendo que es el franquismo puesto al día, puro continuismo. Eso es muy peligroso. En la coalición de gobierno, Podemos cuestiona el «régimen del 78» desde dentro, mientras que desde fuera, partidos como ERC o Bildu que le dan apoyo, tienen como razón de ser quebrar el Estado. Es una coalición legítima, pero provoca una debilidad e inestabilidad del Gobierno, lo que es para los intereses de España algo muy contraproducente. Además de improcedente con los fines de un Estado, que es su subsistencia como tal.¿Hubiera sido partidario de una gran coalición PSOE-PP-CS por la pandemia?Antes de las elecciones de abril de 2019, defendí que Ciudadanos debía pactar con el PSOE. Después también insistí en el acuerdo del PSOE y los liberales, pero todo se fue a hacer gárgaras por Albert Rivera. Ahora, con la crisis política y económica por la pandemia, creo que los acuerdos entre los grandes partidos son imprescindibles. Si los actuales dirigentes tuvieran carácter y una vista larga y profunda, habría un Gobierno de coalición para llevar a cabo las reformas a fondo y la renovación de las instituciones que España necesita. No puedo creerme, o no quiero, que la legislatura continúe con este nivel de crispación en el debate político.¿Otro debate abierto por el Gobierno es el de continuidad de la Monarquía?Los que atacan a la Monarquía lo hacen para erosionar la clave de bóveda de nuestro sistema y cargarse lo que ellos llaman el régimen del 78. Unos, como Podemos, para instaurar una república de contornos difusos y fronteras inciertas. Los otros, como los partidos nacionalistas, para debilitar al Estado y ver si así tienen más fácil la independencia. Dicho esto, es indudable que algunos hechos protagonizados por el Rey don Juan Carlos suponen un duro golpe a la autoridad moral y a la imagen de la Monarquía española, que ha prestado un extraordinario servicio al país. Debemos separar los aspectos personales, la necesidad de que el Rey emérito rinda cuentas con arreglo a la ley ante la administración Tributaria y los tribunales, de la gran labor que ha prestado y sigue prestando la institución y el Rey actual a nuestra democracia. Fue un error que don Juan Carlos se marchase de España, debería regresar y residir aquí con toda discreción, mientras se substancien los procedimientos abiertos o los que se puedan abrir.Para acabar, ¿hacía falta una ley que regulara la eutanasia?Esta materia no puede regularse exclusivamente sobre la base de los derechos individuales, sino que han de tenerse en cuenta una serias limitaciones impuestas por razones de interés general, así como el riesgo, siempre latente en todo tipo de sociedades, de que se haga un mal uso de ella. Por lo tanto, la legislación debería ser extraordinariamente garantista, que se permitiera sólo en una serie de casos clara y rígidamente tipificados. Y ha de fundamentarse exclusivamente sólo en la voluntad, que puede ser anticipada, de quien quiera someterse a ella.

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