
Un retén permaneció de guardia durante semanas en el centro de mayores Casablanca Villaverde de Madrid doblegando la primera embestida del Covid-19. Perdieron a 18 ancianos y han aprendido la lección, pero están en alerta máxima. ABC lo visita
Actualizado:15/11/2020
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En la segunda ola de esta devastadora pandemia, las residencias de ancianos se han quedado en la orilla. Están «a la expectativa, en alarma todo el tiempo». Como dicen los modernos, 24-7 (24 horas del día las 7 jornadas de la semana). Así lo hicieronAndrés Fernández Manrique, director de la residencia Casablanca Villaverde, y seis compañeros (médico, auxiliares de enfermería…) el pasado marzo. El director de este centro privado situado entre los barrios madrileños de Usera y Villaverde interrumpió unas vacaciones postergadas para regresar e «incrustarse» con ese retén de guardia en un centro que acumuló «tres cadáveres durante tres días». «Tenemos un tanatorio, pero en este caso no nos dejaban ni tocar los cuerpos y esperábamos a la
funeraria, que no llegaba. Se hacía eterno».
A Andrés le cuesta un mundo hablar de fallecidos, porque perdió a 18 (confirmados por PCR solo 7 «porque no había test», aclara) en ese momento. «Para nosotros son el señor Pedro, la señora Petra… Son nuestra familia». En este centro computaron 80 personas con síntomas de Covid; ahora el 70% de los 135 residentes tienen anticuerpos, lo que significa que han pasado la enfermedad en los últimos tiempos. «Nos da cierta tranquilidad». Pero el director del Casablanca Villaverde no quiere decir que estén calmados ante la siguiente acometida del coronavirus. Están en guardia, «preparados». Cuando el virus rompe contra esta orilla, Andrés sabe que arrasa con todo. «Los ancianos estaban bien, salían andando de la enfermería del centro y en cuatro horas, los veías en una ambulancia o muriendo en sus habitaciones». El virus ofrece este otoño una cara algo más apacible. «De provocar gravísimas “crisis” a los mayores, convulsionaban, se ahogaban, los bajábamos a enfermería, les poníamos suero y oxígeno, pero muchos se quedaban sin fuerzas»; ahora –contrapone Andrés–, ya sea por la inmunidad conseguida en este oasis de la limpieza, por la mejora del tratamiento y la resistencia desarrollada, lo cierto es que, añade, «tenemos cero fallecidos y los casos positivos suelen ser asintomáticos».

Andrés asume que hubo que aplicar medicina de guerra con los recursos limitados que se tenían, tanto aquí como en el hospital.Y disuade la polémica: «Claro que nos negaron derivaciones. O intuías cuando salían enfermos por la puerta que no volverían porque iban camino de la sedación. Algún técnico de ambulancia llegó a decir que los estábamos llevando al mortuorio». Todo eso sucedió en una ola de desprotección del Gobierno y de acusaciones cruzadas buscando culpables. Pero en lugares como éste había un escuadrón de resistencia sin medios, ni equipamientos, que se batían el cobre contra una plaga del todo desconocida. En la primera ola hubo en España 20.268 decesos en las residencias, según un informe del Gobierno que no ha publicado. El país cuenta con una oferta total de 381.000 plazas; en 2050 serán más de 500.000 los ancianos en centros, recogen las previsiones más optimistas.
El riesgo, en los domicilios
«El riesgo hoy por hoy está en los domicilios –sentencia Fernández–. Tenemos más de 70 trabajadores, salen solo para dormir en sus casas; cualquiera, ya sea residente o trabajador, que esté fuera durante un tiempo tiene que pasar por un circuito de desinfección». De la primera batida de improvisación, este lugar brilla como una patena. Hay zonas de aislamiento, habitaciones en colores rojos, amarillo o azul en función del estado de salud de cada usuario; circuitos rojo y verde de salida y entrada, separación por ascensores y mucha, muchísima limpieza. «Cada dos horas, les ponemos gel, repasamos los pasos básicos, hemos aprendido y nos hemos vuelto muy extremistas», anota Andrés, que, después de aprovisionar a ABC del equipo necesario para la visita, vuelve a ponerse gel.
En estos centros se está detectando otro caso y es el de residentes que salen negativos a pasar una revisión o por prescripción médica, pero tienen que retrasar su retorno porque, tras recibir la visita de un familiar, les contagia y salen positivo en PCR.

Aquí, como en cualquiera de los más de 5.600 geriátricos en España, hay internos con todos los tipos de patologías posibles. Algunos, sobre todo los que padecen demencias, no duran con la mascarilla puesta, obligatoria en el centro, ni media hora. Vicente Bernal les regaña cuando se desproveen de ella. El director dice que la mayoría son disciplinados. «Lo peor para ellos es la soledad, mucho más dura» que el agente infeccioso o el rigor de las nuevas normas. Al salir de la primera pesadilla, encerrados en las habitaciones sin más contacto con el exterior que las videollamadas a los parientes, descubrieron que sus compañeros de habitación, sus amigos, ya no estaban. Algunos, como A., desistían de salir del cuarto. Fue un síndrome de la caverna, dentro de la burbuja.
En esta nueva batida del virus, para mitigar la sensación de añoranza, se ha diseñado «la valla» (bautizada como la serie de televisión) para que los familiares observen tras el muro del recinto cómo los ancianos disfrutan del otoño soleado en Madrid. Los de dentro se derriten y afuera se consuelan.
Ha habido momentos muy ingratos, confiesa Andrés, porque «mientras estabas aquí luchando por la vida, los familiares colapsaban la centralita y decían que nunca cogíamos el teléfono. ¡Pero si estábamos luchando porque se quedaran un tiempo más con nosotros! Alguno recriminó que a su padre no le ponían la tele», lamenta. Fueron los menos. La guerra intestina que se libraba espoleó la solidaridad de otros familiares, que han regalado una placa de agradecimiento que luce a la entrada del centro. Los rayos de sol penetran en el corazón de residentes como Vicente. Los nombres de quienes se fueron y los de los vivos aparecerán en un mural de recuerdo en el Casablanca Villaverde, que seguirá lavándose las manos cada dos horas, vigilante ante el primer síntoma de esta nueva enfermedad que tampoco descansa.

El hombre que «dio duro» al virus
No tiene voz. Pero no se la arrebató el dichoso patógeno, sino el tabaco. Hace veinte años el fontanero Vicente Bernal se quedó sin una cuerda vocal. Tiene 92 años y ha superado trece días de angustia frente al bicho en la UCI del Doce de Octubre, a quince minutos del sillón donde reposa ahora. «Le di duro», gesticula en señal de paliza. Sus hijos lloraban su pérdida en el pasillo. Como dice Vicente, uno le tiraba besos para despedirse a distancia, pero luego le dejaron subir con sus «zapatillas de estar por casa». «Estuve trece horas esperando una cama», reprueba, severo. Vicente había pedido en la residencia que «no le dejaran solito». No podían ver a sus familias y el virus atacó con fiereza. «Me salvaron la vida estos» y mira a Andrés, el director. Cierra los ojos y respira por su compañero de habitación, Antonio, con quien eran uña y carne y que no tuvo suerte. Vicente «no dejaba de llorar» cuando se enteró de que Antonio había perecido. Se pusieron mal al mismo tiempo. «Antonio estaba muy mal. Tenía cáncer y le subía el dolor». Vicente habla y baja la vista. Comparte la última foto juntos, del Día del Padre, que les hizo el personal de guardia. «No podía entrar nadie, pero confinados celebramos los eventos», recuerda el director. El nonagenario alardea: «Estoy mejor que nunca. Por las mañanas desayuno, me abrigo y voy a los pedales en el patio. Me tratan como un rey hasta las gobernantas –ríe–. Eso sí, porque respeto las normas»