Benidorm es Bournemouth: la locura playera de la Inglaterra del Covid

HISTORIAS

El calor, las cuarentenas si se viaja fuera y las ganas acumuladas tras el confinamiento llevan a miles de ingleses a buscar (sin mascarillas) la arena del sur del país mientras suben los contagios

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  • CARLOS FRESNEDA
  • Bournemouth (Reino Unido)

«¿La playa está llena? Vuelve a casa. Salva vidas»… El afán por los eslóganes de Boris Johnson y su acólito Dominic Cummings llega hasta los muelles de Bournemouth, que se ha convertido este verano en algo así como el Benidorm inglés, asediado por decenas de miles de sunseekers(literalmente, buscadores de sol) en cuanto el termómetro subía de los treinta grados.

Ha sido un verano especialmente tórrido en las islas británicas, con tres grandes olas de calor que azotaron las costas a finales de junio, finales de julio y primeros de agosto. En la playa de Bournemouth tuvieron que poner el cartel de too busy (demasiado llena), y la policía se vio obligada a vallar los accesos, y el luminoso de Head home parpadeaba en las carreteras para disuadir a los conductores que llegaron a formar colas de veinte kilómetros para llegar al codiciado rincón estival del sur de Inglaterra, a dos horas de Londres.

«Yo nunca he visto nada así, y mira que mis padres me llevaban a veranear a Alicante», reconoce Greg, un chaval de 19 años que se sacó el título de socorrista a tiempo para la primera oleada en Bournemouth, el 25 de junio. «Desde la silla solo se veían cabezas y sombrillas. Tenías que moverte a saltos entre la arena para llegar a la orilla. Estábamos más pendientes de lo que pasaba en tierra que en el agua. Menos mal que el mar estaba tranquilo».

«Los británicos nos volvemos locos en cuanto el termómetro pasa de los 30 grados y la humedad se vuelve insoportable», esa es la particular teoría de Greg. «La salida del confinamiento provocó también la estampida, la gente tenía más ganas de sol que nunca. Y como nos pusieron la cuarentena al volver del extranjero, no había otro sitio donde ir a disfrutar del verano, aunque fuera solo unas horas».

«¡Rumbo a Bournemouth!», parece que fue la socorrida consigna del turismo doméstico. Otras playas, como Durdle Door, Blackpool Sands, Woolacombe o Summerleaze, se han beneficiado también del verano en casa. Pero ninguna experimentó una marea humana comparable a la que se precipitó sobre los ocho kilómetros largos de arena en Bournemouth, con la herrumbre del muelle en la línea divisoria y la sucesión de pequeños muretes que se adentran en el mar para aplacar las corrientes laterales.

Nadie estaba preparado para la avalancha. De poco onada sirvieron las llamadas a respetar la «distancia social». Al inicio del verano, como ahora, la gente se resistía a usar las mascarillas en plena playa. La policía local acabó declarando aquello como un «incidente mayor» y tuvo que desalojar a última hora del día a los bañistas.

Al finalizar la jornada se recogen 33 toneladas de basura

Al día siguiente se recogieron 33 toneladas de basura de la playa. La líder del consejo municipal, Vikki Slade, condenó la «conducta irresponsable» de mucha gente. El diputado conservador Tobias Ellwood pidió personalmente a Boris Johnson que interviniera para evitar el «diluvio» en la playas inglesas durante el verano, «o el confinamiento no habrá servido de nada»…

ADRIAN DENNIS

Bajaron las temperaturas, la playa recuperó la normalidad, las gaviotas volvieron a incordiar como de costumbre a los bañistas. Pero a finales de julio el termómetro marcó los 33 grados y se produjo un nuevo asedio al castillo de arena. El propio Boris Johnson intervino esta vez ante las escenas de caos en las playas y arengó a sus desmelenados compatriotas: «La única manera de controlar el virus es obedeciendo las reglas de distancia social y trabajando juntos para controlar el número de infecciones».

Ni por esas. La policía del condado de Dorset tuvo que acordonar los accesos a la playa. El superintendente Richard Bell se puso al frente de una «fuerza de choque» para pedir a los visitantes que respetaran el entorno, que esperaran su turno en los hoteles y que consultaran la aplicación local para saber si la playa estaba «demasiado ocupada» o «congestionada», o si el consejo seguía siendo avoid («evitar» a toda costa).

En contraste con las escenas en la playas españolas, donde los socorristas y los vigilantes abordan a los paseantes con el consabido «¡Caballero, mascarilla!», la actitud es bastante más relajada en las playas británicas como Bournemouth. Ni siquiera en momentos de máxima ocupación (como en la tercera ola de calor en la primera semana de agosto) se impuso la mascarilla obligatoria a pie de playa, reservada para el supermercado o para el transporte público.

Las separaciones artificiales de distancia social -o lasparcelitas con las que los españoles marcaban por sí mismos su territorio en la arena- no existen en este reducto playero del sur de Inglaterra, indistinguible a simple vista de cualquier otro año, de no ser por esa presencia extra de veraneantes que en condiciones normales se estarían cociendo en nuestras costas.

«Nosotros teníamos previsto volver este año a Mallorca, y estuvimos pensándolo hasta el último momento», apunta Leila Hensley, una joven que apura la única tarde de sol en toda esta semana junto a su novio, Sam Bingham. «Yo quería ir, pero él sugirió que viniéramos aquí con su familia. Casi mejor, porque tengo una amiga que fue al final y que ha tenido queguardar cuarentena a la vuelta de España«.

«Lo malo aquí es que nunca sabes qué tiempo va a hacer, lo mismo viene el calor que empiezan las tormentas como estos día y no puedes bañarte duante días», reconoce Leila. «Eso y la vida nocturna, ¿para qué nos vamos a engañar?», apunta Sam. «En España sabéis como divertiros, aunque he leído que han cerrado también las discotecas. Tengo la sensación de que nos están robado el verano en todas las partes».

Otro factor que distingue a las playas británicas es la cautela de la gente a la hora de desvestirse. Tal día como hoy, el termómetro se acerca a los 25 grados, y aun así muchos bañistas no se quitan la camiseta ni siquiera cuando están en el agua, que tampoco está excesivamente fría. Ni un solo top less; los bañadores parecen como de otra época.

De Birmingham han venido hasta Bournemouth tal día como hoy Ralph y Zoe Graham, dispuestos a proclamar el último «hurra» del verano con sus dos hijos pequeños… «Nos despertamos pronto, vimos que hacía sol y no nos lo pensamos dos veces. El ocho de agosto tuvimos que dar marcha atrás por la caravana, pero esta vez tuvimos la corazonada y no lo dudamos. Hemos llegado en dos horas y media. Nos quedaremos un par de noches».

Ni un solo ‘top less’; los bañadores parecen como de otra época.

Los Graham vienen además huyendo del fantasma del coronavirus en la segunda ciudad británica: «Ya nos han advertido que si sigue así la cosa nos pueden volver a confinar, como han hecho en Leicester. Parece que hay ya más de 30 casos por 100.000, y a esa cifra se agarran los políticos para volver a encerrarnos. Lo último que queremos es volver a los días oscuros. Aquí por lo menos se te olvida pronto esa sensación. Ves máscaras por la calle y en las tiendas, pero en la playa tienes la sensación de que la vida sigue igual».

La placidez relativa del verano británico, más allá del incordio de las cuarentenas, ha dejado paso en los últimos días a las tormentas y los nubarrones. Los casos de coronavirus han aumentado un 27% en los últimos días en Inglaterra y en Escocia han marcado el récord de los tres últimos meses. El Reino Unido sigue siendo el país europeos con más muertes por la pandemia (41.403) y el que más barreras sigue levantando sin embargo a sus tradicionales destinos turísticos, como España y Francia.

Al mini-Dunkerque del fin de semana pasado, con larepatriación urgente de miles de turistas británicos para evitar la cuarentena al cruzar el Canal de la Mancha,se ha unido este fin de semana la precipitada «operación retorno» desde Croacia. Más de 20.000 británicos disfrutaban allí de sus vacaciones cuando el país fue incluido en la «lista negra» del coronavirus, con la cuarentena obligatoria de 14 días a la vuelta y a partir de las cuatro de la madrugada del sábado.

Menos mal que les queda Portugal, excluido finalmente de la lista en la recta final del verano, gracias a la habilidad de las autoridades locales para reducir las infecciones a 14,6 por 100.000 habitantes en la última semana. Los turistas en Grecia siguen poniendo entre tanto velas a Santa Filotea de Atenas para que el Gobierno británico no les corte las alas y les obligue a pasar por el confinamiento a la vuelta.

«Por favor, tengan en cuenta que las cosas cambian muy rápidamente», ha advertido a sus compatriotas el secretario de Transportes Grant Shapps. «Viajen solo si están dispuestos a aceptar una inesperada cuarentena de 14 días si es necesario a la vuelta… ¡Lo digo por experiencia propia!» (Shapps estaba veraneando en España cuando su Gobierno decidió incorporar a nuestro país a la lista negra el pasado 26 de julio).

La curiosa acampada ‘libre’ de Boris en Escocia

«Si no le importa sacrificar las comodidades de la vida diaria y desea explorar las zonas de Escocia a las que muy pocos acceden, la acampada libre es perfecta para usted»… Boris Johnson y Carrie Symonds debieron haber leído el folleto de Visit Scotland antes de tomar la curiosa decisión de levantar la tienda en la abrupta costa escocesa y apuntarse la moda del verano, el fly camping. Lo que no se sabía hasta ayer (gentileza de The Daily Mail) es que el premier, su novia y su hijo de tres meses, Wilfred, tienen a tiro una casita de campo de tres habitaciones a unos treinta metros de la tienda de campaña. En las fotos puede verse a Boris en camisa de cuadros, con la melena agitada por el viento o potegida por un gorro de nieve, durante su curioso retiro escocés . Downing Street ha mantenido en secreto el lugar exacto de la austera escapada de Boris y Carrie, en contraste con las vacaciones paradisíacas en la isla caribeña de Mustique las pasadas navidades. Petronella Wyatt, ex amante del líder conservador, ha presagiado que la experiencia del camping puede poner al límite la relación: «Boris no sabe cocinar y a Carrie le gustan las estancias de lujo en mansiones privadas»…

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